La enfermera de los ojos blancos dio un paso hacia mí, levantando la jeringa gigante. El líquido dorado brillaba tanto que me lastimaba los ojos y me daba un miedo terrible.
Sentí un vacío en el estómago muy grande, una sensación de mareo que me hacía querer salir corriendo de ese vagón azul. Pero las puertas estaban cerradas y no había ningún lugar donde esconderse.
—¡Aléjate de mí, monstruo! —grité con todas mis fuerzas, echándome hacia atrás hasta que mi espalda chocó contra la pared fría de