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Capítulo 4: El show de mi humillación

El grito de Victoria me dio un susto tan grande que salté sobre las sábanas de la cama. Sentí un vacío en el estómago horrible, como si me fuera a caer por un barranco.

Victoria me miraba con unos ojos llenos de puro odio. Sus uñas largas y rojas temblaban de la rabia mientras me apuntaba.

—¡Contéstame, Alexander! —chilló ella de nuevo, caminando con sus tacones altos hacia la cama—. ¿Quién es esta igualada y qué hace usando tu ropa? ¡Huele a pobreza desde aquí!

Yo me encogí en mi lugar. Agarré la sábana de seda con mis manos temblorosas y me tapé las piernas desnudas. Quería que la tierra me tragara viva en ese mismo instante.

Me sentía tan pequeña y tan fea al lado de ella. Victoria tenía joyas brillantes, un vestido rojo carísimo y olía a un perfume de flores que inundaba todo el cuarto. En cambio, yo solo era una chica con la cara sucia de tanto llorar.

Alexander no se movió ni un milímetro. Se quedó parado con una mano metida en el bolsillo de su pantalón gris, totalmente tranquilo.

—No le grites en mi habitación, Victoria —dijo Alexander.

Su voz profunda y gélida retumbó en las paredes. Era una voz tan fría que hasta a mí me dio escalofríos en la espalda, pero a Victoria pareció no importarle.

—¡Cómo no voy a gritar! —Victoria se acercó más a mí y me miró con asco—. Espera un minuto... Yo te conozco. Tú eres la muerta de hambre que arruinó mi fiesta de cumpleaños hace años. La actriz fracasada que servía las mesas.

Sentí un nudo gigante en la garganta. Ella se acordaba de mí. Hace tres años, yo trabajaba de mesera y ella me acusó falsamente de robarle una pulsera solo para divertirse con sus amigas ricas. Por su culpa, me despidieron y no pude pagar la renta ese mes.

—Veo que sigues siendo una basura que se mete en las camas de los hombres ricos para robarles —me escupió Victoria con una sonrisa cruel—. Eres una maldita recogida de la calle.

Mis lágrimas amenazaron con salir otra vez. Me dolía mucho el pecho de tanta humillación.

Pero entonces, recordé el contrato. Recordé el cheque de cien mil dólares que estaba debajo de la almohada y que iba a salvar la vida de mi hermanita Lily.

Alexander me había comprado para esto. Me había comprado para ser su bufón, para actuar como una tonta y hacer que su familia y sus conocidas se volvieran locas de la rabia. "Tengo que hacerlo", me dije a mí misma. El show tenía que comenzar ya.

Me sequé las lágrimas rápido con la manga de la camisa gigante y respiré profundo. Cambié mi cara triste por una sonrisa exagerada y fingida.

—¡Ay, hola, mi amorcito! —dije con una voz muy chillona y corriente, imitando a las mujeres que salían en las telenovelas de la tarde.

Me bajé de la cama de un salto, dejando ver mis piernas desnudas. Caminé de una forma muy torpe, tambaleándome a propósito, hasta llegar al lado de Alexander.

Victoria se quedó con la boca abierta, completamente sorprendida por mi actitud.

—¿Amorcito? —repitió Victoria, como si hubiera escuchado una maldición.

—Sí, su amorcito —dije yo, dándole un golpe juguetón con mi codo en el brazo sano de Alexander—. Alex de mi vida, ¿quién es esta señora tan gritona que entró a nuestro nido de amor sin tocar la puerta? Qué mala educación, de verdad.

Sentí que Alexander se puso completamente duro como una piedra al lado mío. Su cuerpo musculoso se tensó tanto que pude notar cómo sus hombros anchos se elevaban.

Lo miré de reojo. Él me estaba mirando desde arriba con sus ojos grises fijos en mi cara. Tenía una expresión extraña, con las cejas un poco levantadas. Sus ojos se veían oscuros, muy oscuros, fijos en mis labios que se movían de forma graciosa.

—¡¿Cómo me llamaste?! —gritó Victoria, poniéndose roja como su vestido—. ¡Alexander, saca a esta loca de aquí ahora mismo! ¡Es una vulgar!

—¿Vulgar yo? ¡Para nada, reina! —le contesté, cruzándome de brazos—. Soy la futura dueña de todo esto. Alexander me ama tanto que anoche no me dejó dormir de tanto que me abrazaba. ¿Verdad que sí, osito mil millonario?

Me acerqué más a Alexander y, con mucha valentía, agarré su mano grande y caliente.

Mis deditos temblaban un poco por los nervios, pero entrelacé mis dedos con los suyos. Pensé que él me iba a soltar o que me daría un golpe por atrevida, pero pasó todo lo contrario.

La mano inmensa de Alexander se cerró alrededor de la mía con una fuerza brutal.

Su palma caliente raspó contra mi piel suave y sentí una descarga eléctrica tan fuerte que casi me hace soltar un gemido. Una corriente de fuego puro bajó por mi vientre y mis mariposas en el estómago se volvieron locas de nuevo. Olía tanto a menta y a peligro teniéndolo pegado a mí.

Alexander dio un paso adelante, arrastrándome con él, y se puso justo enfrente de Victoria. Nos defendió.

—Ella tiene razón, Victoria —dijo Alexander con su voz ronca y pesada—. Emma es mi prometida. Y no voy a permitir que nadie la insulte en mi propia casa.

Victoria dio un paso atrás, como si le hubieran dado una bofetada en la cara. Sus ojos se llenaron de lágrimas de pura rabia y humillación.

—¿Te vas a casar con esta... con esta sirvienta? —preguntó Victoria con la voz rota—. ¡Estás loco, Alexander! ¡Tu abuelo se va a morir cuando se entere! ¡Esta tipa es una vergüenza!

—Mi abuelo puede pensar lo que quiera —respondió Alexander con frialdad—. Ahora, sal de mi mansión antes de que le ordene a mis guardaespaldas que te saquen a rastras a la calle.

Victoria soltó un grito de frustración horrible. Agarró su bolso carísimo, dio una media vuelta perfecta con sus tacones y salió de la habitación azotando la puerta de madera con tanta fuerza que todo el cuarto tembló.

En cuanto la puerta se cerró, el silencio regresó a la habitación. Un silencio muy pesado y lleno de una tensión que me quemaba la piel.

Yo solté un suspiro largo, sintiendo que por fin podía respirar. Me solté de su mano gigante, pensando que el show ya había terminado.

—Vaya... creo que actué muy bien mi papel de bufón, ¿verdad? —dije intentando sonreír, aunque mi corazón latía muy rápido en mi pecho—. Se puso furiosa. Seguro que le va a decir a todos que tienes una novia tonta y corriente...

No pude terminar de hablar.

De repente, la mano grande de Alexander se movió como un rayo en el aire. Sus dedos largos y calientes se enredaron en mi cabello suelto por la parte de atrás de mi cabeza, jalándome suavemente pero con mucha firmeza hacia atrás.

Obligó a que mi cuello se doblara y que mi rostro quedara mirando directamente hacia arriba, hacia sus ojos de tormenta.

Sentí un vacío en el estómago gigante. Mi respiración se cortó.

Alexander dio un paso pesado, pegando su cuerpo musculoso y duro contra el mío. Su pecho inmenso aplastó mis pechos a través de la camisa blanca. Podía sentir el calor salvaje que salía de su piel, un calor que me derretía entera.

—¿Crees que esto fue solo una actuación, Emma? —gruñó él en un susurro muy ronco, bajando su rostro hasta que su nariz rozó la mía.

—Sí... el contrato... tú dijiste que fuera tu bufón... —tartamudeé, con las piernas temblando como si fueran de gelatina. Estaba completamente atrapada por su mirada posesiva.

—Me gustó cómo me llamaste delante de ella —susurró Alexander. Sus ojos grises ardían con un fuego oscuro y peligroso que nunca antes le había visto—. Me gustó que le dijeras que eres mía.

Él bajó la mirada hacia mis labios temblorosos. Su mano libre bajó lentamente por mi espalda, acariciando mi columna a través de la tela fina de la camisa, hasta que llegó a mi cintura pequeña y la apretó con una fuerza que me hizo soltar un suspirito de dolor y placer.

Me pegó tanto a él que pude sentir perfectamente su masculinidad dura presionando contra mi vientre bajo. Me prendí en fuego de la cabeza a los pies. El corazón me iba a estallar. ¡Tum, tum, tum!

—Alexander... por favor... —rogué, aunque ni yo misma sabía si le estaba pidiendo que me soltara o que me besara de una vez por todas.

—No te muevas, mi pequeño bufón —gruñó él.

Alexander bajó la cabeza rápidamente y capturó mis labios con los suyos.

Fue un beso hambriento, castigador y lleno de una pasión salvaje que me quitó toda la fuerza del cuerpo. Sus labios eran calientes y duros, y se movían sobre los míos con una desesperación que me volvió loca.

Yo cerré los ojos, entregándome por completo al fuego de su boca, abrazándome de su cuello grueso para no caerme al suelo. Sentía que volaba por el espacio.

Pero justo en ese segundo de magia, cuando el beso se estaba volviendo más profundo y él me pegaba más a su pecho, el teléfono celular de Alexander empezó a sonar de forma escandalosa desde la mesa de noche.

Alexander soltó mis labios con brusquedad, respirando de forma muy agitada. Su pecho subía y bajaba rápido. Tenía los ojos casi negros del deseo.

Se dio la vuelta molesto y caminó hacia la mesa para contestar el teléfono. Yo me quedé temblando junto a la cama, tocándome los labios hinchados y húmedos, con el corazón en la boca.

Alexander agarró el teléfono y miró la pantalla. En ese mismo instante, vi cómo toda la pasión de su rostro desapareció y su cara perfecta se puso más blanca que el papel.

Sus ojos grises se abrieron con un horror puro que nunca antes le había visto. El teléfono se le resbaló de los dedos grandes y cayó sobre la alfombra.

—No... no puede ser... —murmuró Alexander con una voz que ya no era de jefe, sino la voz de un hombre que acababa de ver a la muerte.

—¿Alexander? ¿Qué pasa? —pregunté asustada, dando un paso hacia él.

Él no me contestó. Se quedó mirando la pantalla del teléfono que brillaba en el suelo. Yo me agaché despacio y miré la pantalla. Había un mensaje de texto de un número desconocido con una foto.

Cuando vi la foto, ahogué un grito de terror y me tapé la boca con las dos manos.

En la foto aparecía mi hermanita Lily, acostada en la cama del hospital, pero detrás de ella había un hombre vestido de negro apuntándole directamente a la cabeza con una pistola brillante. Abajo de la foto, el mensaje decía: *"Tengo a tu verdadero amor. Si no vienes solo al viejo almacén en treinta minutos, la niña muere primero"*.

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