INTRIGANTE

El reloj marcaba las ocho y media cuando Stella llegó, como cada mañana, a la oficina del piso cuarenta y siete.

Llevaba un termo con café, su bolso de tela y esa expresión serena que parecía desafiar la gravedad. A esas horas, la mayoría de los empleados aún bostezaban frente a las pantallas, pero ella ya estaba revisando los correos, ordenando la agenda y preparando los informes para las reuniones del día.

A las nueve en punto, Cyrus Leroux entró.

Traje oscuro, corbata perfectamente ajustada, mirada fría y esa elegancia effortless que hacía voltear cabezas. Caminaba con la seguridad de quien está acostumbrado a dominar cada espacio que pisa.

—Buenos días, señor Leroux —lo saludó ella, sin levantar mucho la voz.

—Nada de «buenos días» —respondió él, malhumorado, dejando su abrigo sobre una silla—. Necesito que reprograme todas mis reuniones de la tarde para antes del mediodía.

—Tiene tres reuniones consecutivas entre las nueve y las doce —dijo ella sin mirarlo, mientras tecleaba—. Si las adelanta, el cronograma de producción se verá afectado.

—No pedí un análisis, pedí una acción. —Su tono fue cortante.

Stella levantó la vista, sus ojos marrones tras las gafas.

—Sí, señor. —Y volvió a teclear.

Cyrus esperó algún signo de incomodidad, una queja, una mueca. Nada. La mujer parecía hecha de mármol pulido.

La observó mientras caminaba hacia su oficina. No podía negar que era eficiente. Puntual, precisa, invisible cuando debía serlo. Pero había algo en esa compostura que lo exasperaba. Ninguna de sus secretarias anteriores se había atrevido a sostenerle la mirada después de una orden absurda. Stella lo hacía sin titubear.

Y eso, curiosamente, lo irritaba más.

[...]

A media mañana, la puso a prueba.

Dejó sobre su escritorio un expediente voluminoso.

—Necesito este informe reestructurado antes del almuerzo. —Le lanzó una mirada retadora—. Y no quiero errores.

Ella lo miró brevemente, midió el grosor de la carpeta y asintió.

—Antes del almuerzo estará listo.

Cyrus sonrió de lado, incrédulo.

—¿Está segura? La asistente anterior tardó dos días en organizarlo.

—Entonces —respondió ella con calma—, es bueno que ya no trabaje aquí, porque obviamente, no era tan eficiente como se necesitaba o perdía demasiado tiempo en otras cosas.

Él no supo si reír o maldecir.

El comentario lo irritó, pero volvió a su oficina, con una satisfacción anticipada: al fin la vería fracasar. Estaba seguro de ello.

Pero cuando salió a almorzar tres horas después, el informe estaba sobre su escritorio, encuadernado y con los errores corregidos, los anexos clasificados y una nota en letra impecable:

[[Señor Leroux, sugerí ajustes en la tabla de proyecciones para reflejar las cifras del último trimestre. —S.D.]]

La mandíbula de Cyrus se tensó.

Revisó el documento hoja por hoja. No solo estaba bien hecho, estaba mejor de lo que él habría esperado. Incluso había detectado inconsistencias que su equipo había pasado por alto.

—Imposible… —murmuró.

Andrew, que pasaba por el pasillo, lo oyó desde la puerta.

—¿Problemas con su nueva asistente? —preguntó con una sonrisa diplomática.

Cyrus lo miró, ceñudo.

—Sí. Parece que es demasiado perfecta para el puesto y eso me irrita.

Andrew se permitió una media sonrisa.

—Entonces quizás el problema no sea ella. Hasta ahora escucho a alguien decir que le molesta que un empleado sea demasiado eficiente.

Cyrus lo fulminó con la mirada y cerró la carpeta con fuerza.

[...]

Los siguientes dos días, el juego continuó.

Cyrus empezó a asignarle tareas cada vez más exigentes: llamadas simultáneas, reuniones reprogramadas a último minuto, encargos imposibles. Pero Stella respondía con la misma serenidad implacable.

Cuando él llegaba antes de lo habitual, ella ya estaba allí.

Cuando pedía algo imposible, ella encontraba una forma de hacerlo.

Y cuando la provocaba, ella sonreía con educación y seguía trabajando.

A veces, le irritaba su tono suave, casi maternal, cuando respondía a sus sarcasmos.

Otras veces, lo desconcertaba su concentración absoluta.

En la tarde del segundo día, mientras él revisaba unos contratos, la observó sin querer.

Ella estaba de pie, frente a la ventana, hablando por teléfono con voz baja y profesional. El sol caía de lado, iluminando su perfil. Por un instante, los reflejos miel en su cabello cobraron vida, y sus ojos, tras las gafas, parecían más cálidos de lo habitual.

Cyrus desvió la mirada enseguida, incómodo.

«Qué estupidez —se dijo—. Es solo una mujer con ropa anticuada y demasiada compostura».

Pero algo dentro de él no lo creía.

Todo lo referente a Stella Davison le intrigaba más de lo permitido.

[...]

El viernes, decidió subir la apuesta.

Le pidió organizar una presentación para los inversionistas de Nueva York. Ella debía preparar todo: desde las diapositivas hasta el discurso de apertura.

Era una tarea que normalmente requería un equipo entero.

Cuando se lo dijo, Stella solo asintió.

—¿Cuándo la necesita?

—El lunes a primera hora.

Ella lo miró un instante.

—Mañana es sábado.

Él sonrió con cinismo.

—El trabajo no entiende de fines de semana.

—Tampoco la eficiencia —replicó ella—, pero haré lo posible.

—No esperaba menos —respondió él, con una satisfacción cruel.

Esa noche, cuando Cyrus se fue del edificio, aún la vio trabajando desde el pasillo de vidrio.

Estaba sola, rodeada de papeles, con su taza de café ya fría. Sus dedos se movían con precisión sobre el teclado, y cada tanto se detenía a leer, a corregir, a pensar.

Por un segundo, él sintió un eco incómodo de respeto.

Y lo odió.

Pero odió más estarla espiando con tanto interés.

[...]

El lunes, a las ocho de la mañana, la presentación estaba lista.

No solo eso: era impecable. Clara, sólida, convincente.

Cyrus la vio proyectada en la sala de juntas frente a los inversionistas. Cada gráfica, cada palabra estaba en su lugar.

Incluso su discurso —ese que ella le había ayudado a pulir— fluyó con una seguridad envidiable.

Cuando terminó, el aplauso fue inmediato.

Y al salir, Louis Leroux lo interceptó en el pasillo.

—Buen trabajo, hijo. —Le dio una palmada en el hombro—. Tu asistente parece una joya.

Cyrus se obligó a sonreír.

—Sí, una joya… y muy terca.

Louis solo sonrió, con ese brillo en los ojos que decía «te lo advertí».

[...]

De vuelta en la oficina, Cyrus la encontró organizando papeles.

—Señorita Davison —dijo, dejando los documentos sobre el escritorio—. El informe fue excelente.

Ella levantó la vista, sorprendida.

—¿Eso fue un cumplido?

—No se acostumbre. —Pero el tono fue más suave que de costumbre—. Aunque no negaré que me ha… sorprendido.

—Me alegra saberlo —respondió ella, con una sonrisa pequeña y lo siguió a su oficina—. Eso significa que voy ganando la apuesta.

Cyrus se recostó en su silla.

—Dígame, señorita Davison… ¿siempre fue así de terca?

—Solo cuando me subestiman.

Él la miró con detenimiento.

—¿Y si le digo que no pienso dejar de hacerlo?

—Entonces —respondió ella, encogiéndose de hombros—, seguiré demostrando que se equivoca.

Cyrus soltó una breve carcajada, sincera esta vez.

—Usted no sabe con quién se ha metido.

—Ni usted, señor Leroux. —Y volvió a su escritorio, dejándolo mucho más intrigado por querer saber si de verdad podía ganarle y callarle la bocota.

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Belky EstradaAl fin llego alguien qué lo pusiera en su lugar
Belky EstradaCyrus esta cayendo ante Stella
Belky EstradaElla solo ha demostrado ser muy inteligente y eficiente, y ahora el no pará de mirarla jajaja
Belky EstradaCyrus ya la esta mirando de más jajaja
Belky EstradaHahahahahaha!!! Ella le esta dando una cachetada con guante blanco jajajajaja
Dirtsa Aijem Jajaja y espera el último capítulo que actualicé hoy
Dirtsa Aijem Mil gracias. Solo que está será con menos spicy por el pasado de Stella, pero habrá su poquitín. Espero que eso no les moleste
Fresia martinezCyrus como que anda mirando a Stella con más detalles jajaja
Fresia martinezjajja al fin Cyrus esta reconociendo los méritos de Stella, Andrew molestándolo con la eficiente asistente que tiene
Fresia martinezElla es muy terca y no le baja la cabeza a Cyrus, eso me encanta
Fresia martinezCyrus por más pruebas que le ponga a Stella ella la supera con creces, es mejor reconocer que no puede ganarle la apuesta..
Andrea E. Sarriame encantan ese par
Andrea E. Sarriafascinada con la historia
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