Mundo ficciónIniciar sesiónA Cyrus Leroux jamás le había gustado perder y mucho menos tener que retractarse y admitir que se había equivocado, porque, según él, él siempre tenía la razón y los demás eran los equivocados. Pero, siempre había una primera vez y parecía que la primera vez que Cyrus Leroux iba a perder, sería por la culpa de Stella Davison.
La admiraba, sí. Se había ganado su respeto, sí. Pero esa mañana se levantó con un humor de perros. No es que no tuviera un poco de mal carácter casi siempre, por supuesto que lo tenía. Pero sabiendo que había sido derrotado en una apuesta tan fácil, que iba a tener que humillarse al aceptar que se había equivocado y que la señorita Davison, a pesar de no ser bonita y mucho menos sexy, era la mejor secretaria que había tenido jamás... lo había convertido en un ogro. Había algo más que aumentaba su mal humor y eso era el hecho de que la noche anterior no había podido conciliar el sueño y la causa de eso tenía nombre y apellido: Stella Davison. A las once en punto de la noche, que era la hora en la que normalmente iba a su habitación a dormir, se acostó en su lujosa cama de alta gama, una Diamond Majesty en la cual se sentía como si estuviera durmiendo en una nube —o en su caso, como siempre decía, sobre las buenas tetas de una sexy rubia pechugona—, cerró los ojos más que dispuesto a descansar, y, de repente, ese rostro tan feo y esos ojos marrones atrapados detrás de esas horribles gafas de abuelita, invadieron sus jodidos pensamientos y no lo dejaron en paz. Stella Davison fue tomando más y más fuerza en sus pensamientos; la miraba actuar con esa serenidad que lo desesperaba, la miraba sonreír con esa dulzura que lo inquietaba, esos ojos marrones centelleaban con una calidez que lo abrumaba y los reflejos miel que iluminaban su cabello enmarañado cada vez que algún rayo de sol se filtraba por la ventana y se reflejaba en sus hebras desordenadas, de repente lo tentaron; quiso tenerla cerca para enredar un mechón de ese maldito cabello en su dedo y juguetear con él como un jodido niño. Pero, lo peor de todo, fue cuando la imagen de sus pechos sacudiéndose debajo de esas horribles blusas que parecen sacadas de un asilo de ancianos, atacó sus pensamientos y se sintió hambriento, acalorado y excitado de una forma ridícula. Decidido a sacar a su horrible secretaria de sus pensamientos, cerró los ojos con más fuerza y luchó para dormirse de una vez, pero sus jodidos pensamientos lo traicionaron aún más al recrear esa vocecita suave, pero insolente que siempre le contestaba con una frase sarcástica o descarada que lo hacía parecer un imbécil. Cuando entró al vestíbulo de Leroux Houldings, la recepcionista lo saludó con una amplia y coqueta sonrisa. Cyrus respondió con un gruñido que provocó que la recepcionista diera un respingo. Al entrar al ascensor, dentro había otras cinco personas y él las hizo salir y entrar al otro, que estaba casi lleno, porque le estaba molestando... asfixiando su presencia. —¡Fuera! ¡Fuera de aquí! —ladró y los cinco salieron despavoridos, acatando la orden del heredero. Mientras se movían hacia el otro ascensor, Cyrus pudo escuchar que una de las mujeres le susurraba a otra: —Seguro es porque no ha tenido sexo. Primero sintió rabia por el comentario y hasta se sintió tentado de salir del ascensor y despedir a la mujer por su impertinencia. Pero, luego, le causó gracia y hasta se rio, porque se dio cuenta de que la mujer tenía razón: no tenía sexo desde que su padre despidió a la última secretaria y, aunque no había pasado ni una quincena desde entonces, para él, un hombre que estaba acostumbrado a tener mucho sexo, era demasiado. Rio más, hasta casi soltar una carcajada, porque atribuyó a eso el hecho de haber estado pensando en Stella Davison durante toda la noche. No había duda. Eso tenía que ser, si no, ¿qué otra cosa iba a ser? —Maldita Stella Davison —murmuró y extendió el brazo para oprimir el botón del ascensor. Las puertas comenzaron a cerrarse, pero cuando ya solamente quedaba una rendija, una mano entró y las detuvo. Cyrus Leroux volvió a maldecir en sus pensamientos, cuando la causante de todos sus problemas apareció detrás, con su horrible ropa: un chaleco de punto, una falda plisada y unos ridículos mocasines, sumados a ese detestable cabello que caía en mechones desordenados, cubriendo su rostro. Cyrus tensó la mandíbula y apretó los puños a los lados, cuando ella entró al ascensor y un olor a lavanda inundó ese pequeño cajón, penetrante no solamente sus fosas nasales, sino también su piel. —Buenos días, señor Leroux —saludó, con esa vocecita cantarina que estaba irritándolo. Otro gruñido se escapó de sus labios, pero Stella no lo percibió, porque se dio la vuelta y apretó el botón para cerrar las puertas. Se colocó casi enfrente de su jefe, dándole la espalda y Cyrus tenía una estupenda vista de su enmarañado cabello castaño. De repente, el dedo índice le picó y tuvo que flexionarlo una y otra vez para calmar ese deseo de enredarlo en uno de esos mechones y juguetear con él, tal y como había fantaseado esa madrugada. «Basta de mierdas, maldito imbécil». Stella giró la cabeza y lo vio por encima del hombro, con una sonrisa un poco petulante surcándole la boca. –¿Está listo, jefe? —le preguntó, sin dejar de sonreír. Cyrus frunció el ceño. —¿Para qué? —masculló, su tono teñido de su mal humor. —Para anunciarle a todos que tiene a la mejor secretaria del mundo y que jamás la dejaría ir de su empresa. Él apretó más los puños y tensó tanto la mandíbula que dolió, pero terminó dejándose convencer por esa sonrisa ingenua y también sonrió. —Por supuesto, señorita Davison. Estoy listo para anunciarle a todos que es la mejor secretaria del mundo y que jamás voy a dejarla ir de mi lado. No estuvo seguro de si eso último había sido una frase irónica o una confesión que se escapó de lo más profundo de sus pensamientos, pero quiso pensar que había sido la primera opción. «Maldita fea que ha puesto mi perfecto mundo patas arriba», pensó, antes de que las puertas se abrieran en el piso cuarenta y siete y Stella Davison saliera, sintiendo que su mundo comenzaba a mejorar después de tanto.






