Mundo ficciónIniciar sesiónBianca siempre había pensado que trabajar como niñera era solo un empleo temporal… hasta que conoció a Leo, un niño lleno de energía y ternura que conquistó su corazón desde el primer día. Lo que no esperaba era que su padre, Liam, también cambiara su vida. A sus veinticuatro años, Liam ha logrado todo lo que un joven padre podría soñar: estabilidad, un hogar seguro y un futuro prometedor para su hijo. Lo único que no ha podido resolver es el tiempo. Entre el trabajo, las responsabilidades y el peso de haber crecido demasiado rápido, necesita ayuda más de lo que está dispuesto a admitir. Cuando Bianca entra en sus vidas, no solo llena el vacío práctico en aquella casa: aporta luz, calma y una complicidad inesperada. Para Liam, ella se convierte en mucho más que la niñera perfecta; es la presencia que le recuerda que no está solo. Y para Bianca, trabajar con Leo deja de ser una tarea… para transformarse en un vínculo que no sabe cómo romper. A medida que los días pasan y la confianza se vuelve inexplicablemente profunda, ambos deberán enfrentar una verdad que ninguno planeó: que a veces, la familia se construye de las formas más imprevisibles. Una historia sobre segundas oportunidades, cariño inesperado y el amor que nace donde menos lo imaginamos.
Leer másLiam no recordaba haber sentido tanto frío en una habitación cálida. Las palabras de Miranda seguían flotando en el aire, como un eco que se negaba a disiparse.
—No puedo hacerme cargo de un hijo que no quiero —había dicho ella, con una serenidad que a él le dejó el estómago vacío—. Y aunque fuera mío, no voy a entregar mi juventud a la maternidad.
Liam tenía diecisiete años. Ella también. Pero mientras él sentía que el mundo se encogía, Miranda parecía liberada, como si soltar aquel peso fuera lo único que necesitaba.
Él la miró largo rato, intentando encontrar algo en su rostro… una duda, un temblor, una grieta. No encontró nada.
—No voy a pelear contigo —respondió al fin, con la voz quebrada pero firme.
Miranda tomó sus cosas sin mirar atrás. El golpe de la puerta al cerrarse marcó el final de su historia… y el inicio de otra muy distinta.
Liam se hundió en el sillón, las manos temblorosas. Tenía miedo. Miedo real. No sabía cómo cambiar un pañal, no sabía cómo sostener un bebé, no sabía cómo explicarle al mundo que a los diecisiete iba a criar un hijo solo.
Pero cuando apoyó una mano sobre su abdomen —ahí donde apenas empezaba a crecer un futuro— lo comprendió.
No tenía todas las respuestas.
Porque si alguien había sido dejado atrás, ese alguien no sería su hijo.
Cinco años después, el sonido del silencio lo despertó.
—Leo… —murmuró Liam, frotándose los ojos.
La cama del niño estaba vacía. Demasiado vacía.
El corazón le dio un salto.
Se levantó de un brinco, tanteando la habitación de su hijo: juguetes desordenados, el dinosaurio favorito tirado en el suelo, la ventana cerrada. Nada extraño… pero tampoco estaba Leo.
—¿Leo? —llamó, un poco más fuerte.
Nada.
Entonces escuchó un ruido. Un sonido suave, repetitivo. Como un ras-ras-ras contra una superficie.
Liam avanzó por el pasillo y apenas dobló hacia la cocina… se quedó petrificado.
Las paredes, la mesa, el refrigerador… incluso el piso.
Todo.
Absolutamente todo.
Estrellas de cinco puntas. Garabatos con caritas sonrientes. Dinosaurios. Lo que él supuso que era un gato (o un monstruo). Arcoíris. Y su favorito: un adulto con palito, un niño más pequeño con palito, y un corazón gigantesco encima.
En medio del desastre, Leo estaba sentado en el piso, muy concentrado, trazando un sol amarillo sobre la puerta del horno.
Cuando lo oyó, levantó su cabecita rubia, sonriendo con orgullo.
—¡Papi! Mira, mira… hice arte.
Liam abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla. El pánico inicial había sido reemplazado por algo que no sabía si era resignación, cariño… o las ganas de llorar y reír al mismo tiempo.
—Leo… ¿con qué estás pintando?
Leo levantó el marcador como si fuera un trofeo.
—Con este. No se borra. Para siempre.
Para siempre.
Caótica.
Liam suspiró, soltando finalmente una risa ahogada.
—Hijo… ¿qué voy a hacer contigo?
Leo corrió hacia él con los brazos abiertos.
—¡Abrazos! —gritó, estampándose contra su pecho.
Liam lo levantó en brazos, besando su cabecita llena de energía y travesuras.
Sí, estaba cansado. Sí, las paredes arruinadas le costarían dinero. Sí, probablemente iba a tener que ver tutoriales para intentar arreglar esto.
Pero no lo cambiaría por nada.
—Vamos —dijo Liam, caminando hacia el baño con el niño en brazos—, primero te lavo las manos… y luego intento no llorar mientras veo cómo salvar la cocina.
Leo rió a carcajadas, feliz de su obra maestra.
Y ahí, entre manchas de rotulador y risas infantiles, Liam entendió algo:
Tal vez él no había elegido este camino.
Leo seguía pintando como si el mundo fuera suyo. Sus pequeños dedos manchados de colores se movían con absoluta libertad mientras tarareaba una canción inventada. No tenía idea del caos monumental que había creado.
Liam, en cambio, sí.
—¡Leo! —exclamó al verlo trazar un dinosaurio verde enorme sobre la puerta del refrigerador.
El niño dio un respingo, miró a su padre… y echó a correr.
—¡No, no, no! ¡Vuelve aquí! —Liam salió tras él, esquivando juguetes y resbalando ligeramente en el piso manchado.
Leo corría entre risas, convencido de que era parte del juego.
—¡Soy más rápido que tú, papaaaá! —gritó, riendo a carcajadas.
Liam logró atraparlo justo antes de que escapara al pasillo.
—¡Ajá! —dijo, levantándolo en brazos.
El niño pataleaba suavemente, riendo todavía, hasta que vio el rostro serio —aunque cansado— de su padre.
—Leo… —Liam respiró profundamente—. No puedes hacer esto. Mira cómo está toda la cocina. Esto no se borra, hijo.
Leo bajó la mirada. No lloraba ni se defendía, simplemente guardaba silencio mientras jugaba nervioso con la capucha de su sudadera.
—¿Hice mal? —preguntó finalmente, con voz pequeñita.
Liam sintió que el enojo se le diluía en el pecho, como siempre pasaba.
Porque Leo no era un niño malo.
—Sí —contestó con ternura firme—. Hiciste algo que no debías. Pero lo vamos a arreglar juntos, ¿de acuerdo?
Leo asintió, tocándose la nariz con un gesto culpable.
Mientras limpiaban —o al menos lo intentaban— Liam sintió ese cansancio silencioso que se le había vuelto rutina. Cinco años de madrugadas, pañales, fiebre, trabajo, noches sin dormir, carreras para llegar a tiempo, sacrificios pequeños y gigantes.
Cinco años en los que había tenido que aprenderlo todo solo.
Y sí, amaba a su hijo con una fuerza que a veces lo asustaba. Pero había días en los que el agotamiento le calaba hasta los huesos.
Ese día era uno de ellos.
—Vamos, es hora de la guardería —dijo después, ayudando a Leo a ponerse la mochila.
El niño arrugó la nariz, haciendo un puchero que anunciaba desastre.
—No quiero ir.
—Cariño, sabes que tengo que trabajar.
—No me gusta ahí —insistió, su vocecita temblando.
Liam agachó la cabeza para quedar a su altura.
—Es solo un rato, pronto regreso por ti.
Leo negó con fuerza, los ojos llenándosele de lágrimas.
—Papá, no… por favor quédate conmigo.
Liam sintió un nudo en la garganta. Ojalá pudiera. Ojalá la vida fuera tan sencilla. Pero había facturas, alquiler, comida, responsabilidades que no perdonaban ternuras ni deseos.
—Leo… tengo que trabajar para cuidarte, ¿sí? Para darte todo lo que necesitas.
El niño lo miró con esa mezcla de tristeza y confusión que solo los pequeños saben tener. Su labio inferior tembló y, sin previo aviso, soltó:
—Papá… eres un mal padre.
Las palabras fueron tan suaves… y tan devastadoras.
Liam se quedó inmóvil. Su corazón pareció detenerse un segundo. Sintió un golpe caliente en el estómago, como si gran parte de sus miedos hubieran tomado forma en boca de su propio hijo.
Leo no sabía lo que decía.
Liam lo sabía.
Pero dolió. Dolió más de lo que debería.
Tragó saliva, intentando no dejar ver cómo la frase lo había partido por dentro.
—Lo siento… —susurró, con una sonrisa triste—. Ojalá pudiera hacer las cosas mejor.
Leo bajó la cabeza, limpiándose las lágrimas con la manga.
Liam estaba en la sala de espera del hospital, caminando de un lado a otro con las manos entrelazadas en un gesto nervioso. Sus ojos estaban fijos en la puerta de la sala de parto, esperando ansiosamente cualquier noticia sobre Bianca. La preocupación y el estrés estaban escritos en su rostro, y no podía evitar sentirse abrumado por la incertidumbre.De repente, Clara y James llegaron al hospital. Clara, al notar la expresión angustiada de Liam, se acercó de inmediato a él, mientras James se quedaba un paso atrás, observando la escena con empatía.—Liam, ¿cómo estás? —preguntó Clara con una voz suave, tratando de calmarlo.Liam se giró hacia ellos, su rostro mostrando una mezcla de cansancio y preocupación.—No sé qué hacer, Clara. Han pasado cuatro horas desde que entró en trabajo de parto, y no he oído nada. ¿Cómo puede tardar tanto?—Es normal que el trabajo de parto tome tiempo, especialmente en el primer hijo —dijo Clara, intentando ofrecer consuelo. —Los médicos están haciendo t
La boda de Bianca y Liam fue una celebración íntima y emotiva, organizada con cuidado y rodeada solo de las personas más cercanas y queridas para ellos. A pesar de la sencillez del evento, el amor y la felicidad de la pareja brillaron con intensidad.La ceremonia se llevó a cabo en un jardín elegante, decorado con flores blancas y rosas suaves que creaban un ambiente romántico y acogedor. Los invitados se acomodaron en sillas cuidadosamente dispuestas, mientras la música suave llenaba el aire.Bianca, con un vestido de novia sencillo pero hermoso que acentuaba su embarazo, caminó hacia el altar con una sonrisa radiante. Liam, vestido con un traje clásico, la esperaba con una mirada de amor y admiración. La señora Palmer, madre de Liam, observaba desde su asiento, visiblemente emocionada por la ocasión. Aunque al principio había tenido reservas sobre Bianca, en ese momento, su felicidad por ver a su hijo encontrar el amor y formar una familia era evidente.La ceremonia fue breve pero c
Tres meses después, la fiesta organizada por Clara estaba en pleno apogeo. La casa de Clara y Richard estaba decorada con luces brillantes y globos de colores, creando un ambiente festivo y alegre. La razón de la celebración era el más reciente y hermoso acontecimiento en sus vidas: la adopción de Violeta, la pequeña niña que se había convertido en el nuevo miembro de la familia.Los amigos y familiares estaban reunidos, disfrutando de la comida, la música y las conversaciones. Bianca, Leo y Liam llegaron juntos, su relación más fuerte que nunca, y se unieron a la celebración con una gran sonrisa. La noticia del nuevo miembro de la familia Violeta había sido un rayo de esperanza y alegría para todos, especialmente para Clara y Richard.Clara estaba radiante con una sonrisa de felicidad mientras abrazaba a Violeta, quien parecía encantada con la atención y el amor que recibía. Richard estaba a su lado, igualmente emocionado y orgulloso de su nueva hija.—Gracias a todos por venir —dijo
—Si mi padre me acepta tal como soy, entonces estaré a su lado y seguiré con el legado de la empresa —explicó Oscar—. Pero si no acepta mi verdad, si decide que mi orientación sexual es un impedimento para continuar con la empresa… entonces le desearé todo lo bueno. Me alejaré de él para siempre. No puedo seguir viviendo en una mentira.Bianca sintió una mezcla de tristeza y liberación al escuchar las palabras de Oscar. Había pasado tanto tiempo luchando por mantener la fachada, sacrificando sus propios deseos y necesidades para proteger el secreto de Oscar. El peso de esa lucha, la culpa y el dolor, se mezclaban con una nueva sensación de esperanza.Sabía que, a pesar de lo doloroso que era el final de su matrimonio con Oscar, había una oportunidad para que ella estuviera con Liam y Leo, algo que había deseado profundamente. El sacrificio y la mentira que había vivido le estaban costando caro, pero al menos ahora podría tener una vida que había anhelado durante tanto tiempo.Con el c
El alivio que sintió Oscar era indescriptible. La carga que había llevado durante años comenzaba a disiparse, y por primera vez, sintió que su verdad estaba siendo aceptada. Miró a Mark, quien finalmente sonreía con tranquilidad, y supo que había tomado la decisión correcta.Oscar, después de haber enfrentado uno de los momentos más difíciles de su vida, sentía una extraña tranquilidad. Las emociones del día aún vibraban en el aire, pero en su interior, algo se había liberado. Al mirar a Bianca, sintió la necesidad de hablar con ella, de corazón a corazón, sobre algo que había postergado demasiado tiempo.Bianca lo notó de inmediato. Había algo en los ojos de Oscar que le decía que esta conversación no podía esperar. Con una mezcla de curiosidad y una leve preocupación, Bianca desvió su mirada hacia Liam y Leo, quienes estaban observando la escena desde una distancia cercana.Liam, captando la tensión en el aire, le dedicó una sonrisa tranquila a Bianca.—No te preocupes —le dijo, tom
Mark añadió, con una sonrisa divertida:—No podíamos dejarlo solo, así que lo trajimos nosotros.Liam exhaló profundamente, una mezcla de alivio y asombro. Miró a Leo, sintiendo una inmensa admiración por el coraje de su hijo. No podía creer que, a tan corta edad, hubiera demostrado tanta valentía. Bianca, a su lado, sonrió, maravillada por la determinación del pequeño.—Eres increíble, Leo —dijo Liam, abrazando a su hijo una vez más, agradecido no solo por haberlo recuperado, sino también por haber descubierto la fortaleza que ya habitaba en su interior.Clara, aunque todavía recuperándose del susto, rió entre lágrimas, sabiendo que el niño que había cuidado tenía un corazón valiente y un espíritu inquebrantable.Mientras Oscar y Mark se acercaban, Liam, Bianca y Clara los miraron con curiosidad y alivio. Liam, aún sorprendido, se levantó con Leo en brazos.—¿Cómo...? —empezó a preguntar Liam, pero Oscar levantó una mano, sonriendo.—Recibí una llamada muy interesante —dijo Oscar, co
Último capítulo