Mundo ficciónIniciar sesiónDesde su oficina, Louis Leroux observó los reportes de productividad de su hijo.
El rendimiento había mejorado notablemente. Las reuniones eran más puntuales, los informes más claros, el equipo más ordenado. Andrew sonrió mientras leía el mismo reporte. —Parece que la señorita Davison está haciendo milagros. Louis respondió sin apartar la vista del documento: —No milagros, Andrew. Solo está enseñándole lo que significa tener una aliada, una verdadera secretaria y no solamente un pedazo de carne que puede apretar contra su escritorio para satisfacer sus deseos. Cuando levantó la mirada del documento y fijó la mirada en Andrew, sonrió. —Algo me dice que esa chica lo hará madurar y pensar con la cabeza. [...] Faltaban dos días para que la semana se cumpliera y el ganador de la apuesta fuera anunciado. Esos días, los que habían pasado desde que decidieron retarse, se convirtieron en un pulso constante. Él había intentado quebrarla, ella había respondido con profesionalismo inquebrantable. Le había pedido organizar reuniones con diez minutos de anticipación; ella siempre llegaba con las carpetas listas. Le había dado documentos sin contexto; ella los había descifrado con una habilidad que rozaba lo imposible. Y cuando él, con su sarcasmo, había intentado provocarla, ella había respondido con esa mezcla de respeto e ironía que lo desarmaba. Cyrus había empezado a darse cuenta de algo que no quería admitir: Stella era, sin lugar a dudas, la mejor asistente que había tenido. Y el hecho de que no se dejara intimidar lo irritaba… y lo fascinaba a partes iguales. [...] Por la tarde del penúltimo día, cuando la mayoría del personal ya se había ido de la empresa, él la encontró aún en su escritorio. La luz del atardecer teñía la oficina de un tono dorado que transmitía calidez. Stella estaba concentrada, revisando un documento en silencio. —¿Todavía aquí? —preguntó él, apoyándose en el marco de la puerta y tratando de sonar no tan interesado como realmente estaba. —Alguien tiene que asegurarse de que sus promesas con los inversionistas se cumplan —respondió sin levantar la vista. Cyrus sonrió apenas. —Debería aprender a delegar. —Debería aprender a confiar. Él se cruzó de brazos. —¿Y si le digo que no confío en nadie? —Entonces —dijo, finalmente alzando la mirada—, tal vez el problema no esté en los demás, sino en usted, que debe ser muy inseguro. Hubo un silencio. Largo, denso. El tipo de silencio que se siente, no se oye. Cyrus se quedó observándola. Había algo en esa mujer, algo más allá de su ropa o sus gafas. Una fuerza silenciosa, una convicción que lo desconcertaba. Y por un instante —solo un instante—, sintió que la admiraba. —Es una mujer extraña, señorita Davison. —Su voz se volvió más baja—. No conozco a nadie que me hable así, sin ningún filtro. —Tal vez nadie lo había escuchado antes —respondió ella, suavemente. Él sonrió. Un gesto breve, real. —Cuidado, señorita Davison. Podría empezar a caerme bien. Ella guardó los documentos y apagó la pantalla. —Eso sería un problema, señor Leroux. —¿Por qué? —Porque los hombres como usted no soportan que alguien les caiga bien sin poder controlarlo. Cyrus la miró en silencio mientras ella recogía sus cosas. Cuando pasó junto a él para salir, un mechón suelto rozó su hombro, y por un instante, el aire pareció volverse más denso. Ella se detuvo un momento, mirándolo a los ojos. —Además... Usted todavía no me cae muy bien —sonrió y élsintióuna cosa rara que le apretaba el pecho—. Hasta mañana, señor Leroux. Y se fue. Él se quedó quieto, mirándola alejarse. Desconcertado y sintiendo algo que no sabía descifrar. Asombro, quizá, porque estaba viendo más allá de una cara bonita, de un buen culo y de un delicioso par de buenas tetas. No entendía qué demonios estaba pasando. Pero de algo estaba bastante seguro, esa mujer, Stella Davison, había conseguido lo imposible: hacerlo pensar en algo más que en sí mismo y en lo físico. Y en el ascensor, mientras bajaba al vestíbulo del edificio, Stella Davison sonrió en silencio. No porque Cyrus Leroux se lo mereciera todavía, sino porque empezaba a sentirse útil, capaz, viva. Quizás esconderse no había sido su destino. Quizás enfrentar a su tarado jefe era su forma de sanar las viejas heridas que aún punzaban bajo su piel.






