Louis apagó el motor del coche y se quedó un momento en silencio, con las manos apoyadas sobre el volante. El cementerio estaba tranquilo, envuelto en una calma solemne que solo se rompía por el murmullo lejano del viento entre los árboles.
Siempre era así a esa hora de la mañana. Siempre le gustó venir temprano, cuando aún no había demasiada gente y podía permitirse hablar libremente, sin sentirse observado.
Tomó el ramo de margaritas del asiento del copiloto y, al bajar del coche, respiró hondo. Margaritas blancas, frescas, sencillas. Las favoritas de Sophia; una mujer que adoraba las cosas tan sencillas que la vida tenía para ofrecerle.
Mientras caminaba por el sendero de grava, pensó —como tantas otras veces— en todas aquellas personas que a lo largo de los años le habían hecho la misma pregunta, con distintos tonos y distintas intenciones.
«¿Por qué nunca volviste a casarte, Louis?»
«¿Por qué no rehíces tu vida?»
«Eres joven todavía, podrías volver a enamorarte».
Una leve