Mundo ficciónIniciar sesiónSiete días pueden cambiarlo todo. Adriana Santoro acaba de enterrar a su padre y heredar un imperio criminal que la está destruyendo desde adentro. Desesperada por escapar de su realidad, hace lo impensable: contratar a un extraño de ojos azules por siete noches de olvido. Sin nombres. Sin preguntas. Sin futuro. Zeus no recuerda quién es. La amnesia le robó su identidad, pero no puede olvidar la intensidad de esos siete días con una mujer que lo hizo sentir completo por primera vez. Lo que ninguno sabe es que ella lo salvó una vez. Y que él es Damián Blackwood, el heredero más peligroso del continente. Cuando él recupera su memoria, ella desaparece. Cuando él la busca, la encuentra muerta. Cuando se compromete con otra mujer para salvar su herencia, no sabe que está traicionando a la única persona que alguna vez amó. Porque Adriana Santoro no está muerta. Está planeando su venganza. Y cuando regrese, descubrirá que el hombre que la hizo sentir viva durante siete días perfectos está a punto de casarse con la hermana que intentó matarla. Un amor nacido del caos. Una traición imperdonable. Una verdad que lo destruirá todo. ¿Puede el amor sobrevivir cuando la memoria falla y la identidad es una mentira?
Leer másPOV Adriana.
El vestido rojo sangre fue idea de mi madrastra.
—Tienes que verte imponente esta noche, Adriana —dijo Camila esa tarde, sosteniendo el vestido contra mi cuerpo con esa sonrisa perfecta que nunca alcanzaba sus ojos—. Tu padre está a punto de entregarte un imperio. La gente necesita verte como la reina que serás.
Reina. La palabra me quemó en la garganta. No quería ser reina. Quería ser la hija de Rodrigo Santoro, nada más. Pero mi padre había decidido que era hora, y cuando Rodrigo Santoro tomaba una decisión, el universo se doblaba para complacerlo. Hasta esa noche.
La mansión Santoro brillaba como un palacio cuando bajé las escaleras. Luces doradas iluminando cada rincón. Música de orquesta filtrándose desde el salón principal. Doscientos invitados. Aliados, socios, enemigos disfrazados de amigos. Todos ahí para presenciar el momento en que Rodrigo Santoro, rey del imperio de casinos y drogas, pasaba la corona a su hija.
—Estás hermosa —dijo papá cuando me vio. Llevaba un esmoquin negro que lo hacía ver más joven de sus sesenta años. Sus ojos brillaban con orgullo, y por un segundo, todo el miedo se evaporó.
Este era mi padre. El hombre que me enseñó a disparar a los doce. Que me llevó a mi primera negociación a los dieciséis. Que me mostró que, en nuestro mundo, la compasión era lujo y la fuerza era moneda. Excepto que yo nunca pude deshacerme de la compasión.
—Estoy nerviosa —admití en voz baja.
—Bien —respondió, tomando mi mano—. El día que dejes de estar nerviosa es el día que te volverás descuidada. Y los descuidados mueren, Adriana.
No sabía que ese sería el último consejo que me daría.
El salón estaba lleno cuando entramos, vi a Valentina al otro lado del salón. Mi hermanastra llevaba un vestido negro que la hacía ver sofisticada y mortal. Nos miramos por encima de la multitud. Ella alzó su copa en un brindis silencioso. No pude leer su expresión.
Nunca pude leer a Valentina.
—Señoras y señores —la voz de papá resonó cuando tomó el micrófono—. Gracias por acompañarnos en esta noche tan especial.
La multitud guardó silencio. Doscientos pares de ojos enfocados en el hombre que controlaba más poder criminal del que el gobierno quisiera admitir.
—Esta noche celebramos dos cosas —continuó papá—. Mi cumpleaños número sesenta, sí. Pero más importante, celebramos el futuro de nuestra organización.
Mi corazón latió tan fuerte que estaba segura de que todos podían escucharlo.
—He dedicado cuarenta años a construir esto. A proteger nuestros intereses. A asegurar que nuestra familia, nuestra verdadera familia, tenga un lugar en este mundo. —Hizo una pausa—. Y ahora es momento de asegurar que ese legado continúe. Mi hija, Adriana Santoro, ha demostrado tener no solo la inteligencia para dirigir, sino el corazón para hacerlo con honor. Algo que yo perdí hace mucho tiempo.
Honor. En boca de un narcotraficante, la palabra sonaba casi obscena.
—Por eso, esta noche, frente a todos ustedes, anuncio que Adriana asumirá el control operacional completo de...
El disparo sonó como un trueno rompiendo el cielo. La copa de champaña de papá explotó en su mano. Por una fracción de segundo, nadie se movió. Todos miramos la sangre floreciendo en su camisa blanca como una rosa roja expandiéndose en cámara lenta.
Entonces papá cayó. Sus rodillas se doblaron. Su boca se abrió, intentando decir algo.
—¡PAPÁ!
Mi grito desató el infierno. Doscientas personas corrieron. Gritaron. Buscaron cobertura como cucarachas. El sonido de muebles destrozándose. Cristales rompiéndose. Más disparos en la distancia, o quizás solo pánico. Yo caí de rodillas junto a papá. Mis manos presionaron la herida en su pecho instintivamente.
—Papá, no. No, no, no... aguanta. La ambulancia viene. Aguanta, por favor...
Sus ojos me miraron con una claridad terrible. Levantó una mano temblorosa y tocó mi mejilla, manchándola de rojo. Intentó hablar, pero la sangre brotó de su boca en lugar de palabras.
Y entonces se fue.
—No —susurré, aunque sabía que era inútil—. Papá, no. No puedes dejarme. No ahora. No así.
Fue en ese momento de shock, arrodillada en la sangre de papá, el recuerdo me golpeó sin avisar.
Flashback
Un mes atrás.
El muelle. El operativo que había salido perfecto hasta que escuché los disparos en el muelle adyacente. Debí quedarme con papá y Valentina. Debí subirme a la camioneta y largarme. Pero corrí hacia el tiroteo como la idiota que siempre fui. Lo encontré entre los contenedores. Un hombre destrozado. Cara hinchada he irreconocible. Sangre por todas partes. Pero sus ojos azules estaban abiertos, desafiando a la muerte.
"No puedo dejarlo morir," le dije a papá cuando me encontró.
Papá estaba furioso. "¡Nos vamos! ¡AHORA!" "No."
Esa fue la primera vez que le desobedecí. La última también. Me dejó salvarlo. Me dio cinco minutos. Lo llevé al Hospital General y lo dejé en la puerta de emergencias como un paquete anónimo. Cuando regresé a casa esa noche, papá me esperaba en su estudio.
"No vuelvas a hacer eso," dijo con voz peligrosamente calmada. "No vuelvas a arriesgar todo, a arriesgar a nuestra familia, por un maldito extraño."
"Lo siento, papá."
"No lo sientes. Eres como tu madre. Demasiado compasiva para este mundo." Suspiró, de repente viéndose agotado. "Algún día, esa compasión te va a costar todo."
Tenía razón.
No encontraron al tirador. Con doscientas personas corriendo en pánico, el disparo pudo venir de cualquier parte. Las cámaras de seguridad convenientemente no capturaron nada útil. Nadie vio nada. Nadie sabía nada. Mi padre estaba muerto y el asesino era un fantasma.
El funeral fue al día siguiente, enterramos a papá junto a mi madre en el cementerio. El ataúd de caoba descendió a la tierra mientras el sacerdote murmuraba palabras vacías sobre el alma y el perdón. No lloré. No pude. Algo dentro de mí se había congelado desde la noche anterior. Me quedé parada junto a la tumba como una estatua de hielo mientras Valentina sollozaba dramáticamente y Camila interpretaba a la viuda destrozada.
Cuando la multitud finalmente se dispersó, el licenciado Fuentes se acercó. Setenta años, traje gris impecable, los ojos de alguien que había visto demasiado.
—Señorita Santoro —dijo en voz baja—. Lamento profundamente su pérdida.
Asentí sin confiar en mi voz.
—El testamento de su padre será leído en siete días. Es tradición.
—Entiendo.
—Adriana. —Su voz se suavizó de una forma que me hizo realmente mirarlo—. No faltes. Es crucial que estés ahí.
Algo en su tono me heló la sangre. Vi preocupación en sus ojos. Y algo más. Advertencia.
—¿Qué está pasando, licenciado?
—Siete días —repitió, ignorando mi pregunta—. No faltes.
Me quedé sola frente a las tumbas. Papá y mamá, reunidos en la muerte. Una familia destruida.
Siete días antes de descubrir si papá había cumplido su promesa interrumpida. Si realmente iba a darme el imperio. Si confió en mí lo suficiente. Siete días antes de que mi vida cambiara para siempre. Y no tenía ni idea de cómo iba a sobrevivir ni uno solo de ellos.
Esa noche, manejé sin rumbo durante horas. No podía ir a casa. La mansión Santoro estaba llena de gente ofreciendo condolencias que no sentían. Valentina llorando. Camila, fingiendo ser perfecta. El consejo familiar ya murmurando sobre el futuro. No podía estar ahí. No podía ser Adriana Santoro, heredera de un imperio manchado de sangre. Necesitaba ser nadie. Aunque fuera por unas horas.
El Olympus apareció como un faro en la oscuridad. Luces de neón azules. Un letrero discreto: "Entretenimiento Exclusivo Para Damas". Nunca había entrado a un lugar así. Nunca había necesitado escapar tanto. El interior era más elegante de lo esperado. Iluminación tenue. Música sensual pero no vulgar. Mujeres en sus treintas y cuarentas bebiendo, riendo, viendo hombres bailar en el escenario. Me senté en la barra porque necesitaba algo sólido bajo mis manos. Pedí whisky porque era lo que papá bebía cuando el mundo se volvía demasiado pesado. Y entonces lo vi.
Detrás de la barra, sirviendo tragos con movimientos precisos y eficientes. Ojos azules. Penetrantes. Perfil griego. Mandíbula fuerte. Cabello oscuro despeinado. Cuerpo musculoso apenas contenido por el ridículo delantal de cuero que llevaba sobre... ¿calzoncillos ajustados?
—¿Qué tomas? —preguntó con voz ronca.
—Whisky. Doble. Sin hielo.
Me sirvió sin apartar sus ojos de mí. Nuestros dedos se rozaron cuando tomé el vaso. Electricidad. Calor.
Él lo sintió también. Vi cómo sus ojos se abrieron ligeramente.
Tomé el trago de un solo movimiento. El alcohol quemó, pero no fue suficiente para ahogar el dolor. Necesitaba más. Necesitaba algo que me hiciera olvidar que mi padre estaba muerto. Que alguien lo había asesinado. Que en siete días descubriría si todo por lo que trabajé significó algo.
Necesitaba no estar sola. Golpeé el vaso contra la barra, mirándolo directo a esos ojos azules.
—Quiero contratarte —dije—. Siete días. Diez mil dólares. Sin preguntas. Sin nombres.
POV Valentina.Finalmente lo tenía todo. Me recliné en la silla de cuero detrás del escritorio que alguna vez fue de Rodrigo Santoro, saboreando el whisky de cincuenta años que él guardaba para "ocasiones especiales".Esta era definitivamente una ocasión especial.Cada sorbo sabía a victoria. A justicia. A todo lo que debería haber sido mío desde el principio.Mi padrastro estaba muerto. Mi hermanastra también. Y yo controlaba un imperio construido sobre sus cadáveres.Perfecto.—¿Estás seguro? —pregunté sin levantar la vista del vaso, mirando a Marcos parado frente a mí como el perro obediente que resultó ser.Marcos. El "leal" hombre de confianza de Rodrigo. La mano derecha que por años fingió devoción inquebrantable mientras se acostaba con mi madre en secreto.Qué fácil había sido comprarlo. Poder, dinero, y a Camila sin tener que esconderse. Eso fue todo lo que necesitó para traicionar décadas de lealtad.Los hombres son tan predecibles.—Completamente seguro, señorita Santoro —r
POV Damián.Desperté solo.Lo supe antes de abrir los ojos. El peso de su cuerpo ya no estaba. El calor de su piel se había desvanecido. Hasta el aire olía diferente. Más frío. Vacío.Me senté, sintiendo el dolor sordo de músculos usados. Músculos que recordaban una noche que mi mente trataba de procesar.Me puse los pantalones y caminé descalzo por el penthouse. Cocina vacía. Sala desierta. Todo intacto.Excepto que faltaba ella.Y entonces lo vi.Sobre la mesa de café: el sobre manila con diez mil dólares en efectivo.Ninguna nota. Ninguna explicación. Solo dinero.Pago por servicios prestados.Eso es lo que éramos. Una transacción. Siete días a cambio de dinero. Sin nombres. Sin promesas. Sin futuro.Entonces, ¿por qué dolía tanto?Recorrí el apartamento una última vez. Algo brilló en el cojín del sofá. Una pulsera de oro. Delgada, elegante, con un pequeño corazón.La tomé entre mis dedos. Liviana pero importante. Como si cargara un peso invisible.¿Era de ella? Tenía que serlo.La
POV Adriana.La mansión Santoro se veía diferente a la luz del día. Menos imponente. Más vacía. Como si la muerte de papá hubiera drenado la vida de sus paredes.Estacioné mi auto y me quedé sentada por un momento, respirando profundo, componiendo la máscara que necesitaba usar. La hija fuerte. La heredera digna.La mujer que definitivamente no acababa de huir de la cama de un desconocido.No pienses en él. Eso terminó. Enfócate.Salí del auto antes de que pudiera cambiar de opinión y regresar.La puerta se abrió antes de que pudiera tocar. Valentina estaba ahí, vestida de negro, con lágrimas perfectamente colocadas.—Adriana. ¿Dónde estabas? Te he estado llamando durante días.—Necesitaba espacio —respondí, pasando junto a ella.—Todos necesitamos espacio —replicó Camila desde el estudio—. Pero hoy no es el día para desaparecer. El licenciado Fuentes llegará en una hora.Una hora antes de descubrir si papá realmente había cumplido su promesa interrumpida.Me vestí con un traje negro
POV Adriana.Desperté con la peor resaca de mi vida y un extraño mirándome desde el sillón.Por un segundo, el pánico me paralizó. Mi mano buscó instintivamente la Glock. Entonces los recuerdos regresaron como un tsunami: el bar, la propuesta estúpida, traer a un desconocido a mi refugio más privado.Zeus. El gigoló que no era gigoló.—Buenos días —dije con voz destrozada por el alcohol y las lágrimas.Él giró la cabeza. Esos ojos azules me estudiaron con una intensidad que debería haberme incomodado.—¿Cómo te sientes?—Como si me hubiera atropellado un camión —admití, sentándome lentamente. El mundo giró un poco—. ¿Te quedaste ahí toda la noche?—Alguien tenía que asegurarse de que siguieras respirando.Debería haberme molestado su tono, pero había algo en la forma en que lo dijo. Preocupación real.—Gracias —dije, porque no sabía qué más decir.—Café —anuncié finalmente, poniéndome de pie con piernas temblorosas—. Necesito café.Preparé café mientras él se duchaba. El sonido del ag
POV Damián.No sé quién soy.Esa es la primera maldita cosa que pienso cada vez que abro los ojos. Un recordatorio de que todo lo que debería definirme es solo un agujero negro donde debería haber recuerdos.El médico del Hospital General me mira con lástima profesional.—Los resultados confirman amnesia postraumática severa. El golpe en la sien causó daño significativo. Sus recuerdos anteriores al trauma están... borrados.—¿Permanentemente?Se encoge de hombros. —Imposible saberlo. Lo siento.—¿Las cámaras del hospital?—Nada útil. Quien lo dejó aquí sabía exactamente dónde estaban los puntos ciegos. Fue deliberado. Profesional.Profesional. Cuando me miro en el espejo, veo cicatrices que hablan de entrenamiento intenso. Tengo reflejos de combate que aparecen sin que los llame. Alguien me entrenó para ser peligroso.—Su cuenta está saldada. Un benefactor anónimo pagó todo. Hoy cumple un mes. Dos semanas en coma, dos en recuperación.—¿Y nadie preguntó por mí?—Nadie.Eso duele más q
POV Adriana.El vestido rojo sangre fue idea de mi madrastra.—Tienes que verte imponente esta noche, Adriana —dijo Camila esa tarde, sosteniendo el vestido contra mi cuerpo con esa sonrisa perfecta que nunca alcanzaba sus ojos—. Tu padre está a punto de entregarte un imperio. La gente necesita verte como la reina que serás.Reina. La palabra me quemó en la garganta. No quería ser reina. Quería ser la hija de Rodrigo Santoro, nada más. Pero mi padre había decidido que era hora, y cuando Rodrigo Santoro tomaba una decisión, el universo se doblaba para complacerlo. Hasta esa noche.La mansión Santoro brillaba como un palacio cuando bajé las escaleras. Luces doradas iluminando cada rincón. Música de orquesta filtrándose desde el salón principal. Doscientos invitados. Aliados, socios, enemigos disfrazados de amigos. Todos ahí para presenciar el momento en que Rodrigo Santoro, rey del imperio de casinos y drogas, pasaba la corona a su hija.—Estás hermosa —dijo papá cuando me vio. Llevaba
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