Mundo ficciónIniciar sesiónSara está por terminar la universidad y, como parte de sus requisitos, debe realizar sus prácticas profesionales. Cuando DC Automotive Group, una de las empresas más prestigiosas de la ciudad, le abre las puertas, siente que está ante la oportunidad de su vida. Lo que nunca imaginó fue que acabaría como asistente personal de uno del director general de operaciones, Ernesto Duarte. Frío, exigente y con un carácter imposible, Ernesto parece decidido a hacerle los días más difíciles. Ella, decepcionada por no estar en el área que soñaba, intenta mantener la compostura y dar lo mejor de sí. Pero, con el paso del tiempo, las líneas entre lo profesional y lo personal comienzan a desdibujarse. Ernesto, acostumbrado al control y al poder, descubre en Sara una dulzura que lo desarma… y un deseo que se vuelve adictivo. Ella, aún marcada por una ruptura que dejó cicatrices en su corazón, se resiste a caer en los brazos del hombre que menos esperaba. Dos mundos opuestos. Dos pasados incompatibles. ¿Será posible que el amor florezca entre el caos y la distancia emocional? ¿Podrá Ernesto olvidar el pasado y abrir de nuevo las puertas de su corazón?
Leer másErnesto Duarte
La oficina estaba en silencio, salvo por el leve zumbido del aire acondicionado y el crujir del papel bajo mis dedos. Había estado toda la tarde revisando reportes financieros, contratos, informes de producción… Nada fuera de lo habitual, excepto la carga. Últimamente, todo se sentía más pesado.
Levanté la vista cuando escuché la puerta, abrirse sin previo aviso.
Vivian.
Rubia, alta, impecable. Siempre perfectamente vestida como si viniera de una sesión de fotos. Llevaba un vestido rojo ajustado, elegante pero insinuante, y tacones que resonaron como campanas de alerta en el suelo de mármol.
Fruncí el ceño.
—¿Qué haces aquí, Vivian? —pregunté, dejando los documentos sobre la mesa con evidente desdén. No me gustaba mezclar mi vida personal con el trabajo, mucho menos a esta hora.
Ella cerró la puerta con suavidad, apoyando la espalda en ella por un segundo antes de caminar hacia mí con su estilo de siempre… como si diera brinquitos ensayados. De pronto, se inclinó y me plantó un beso en los labios.
Me llevé una mano a la sien, frustrado. El reloj marcaba las diez en punto. Doce horas lidiando con ejecutivos, llamadas, y ahora, esto.
—Vivian… —suspiré.
Ella no respondió. Se acomodó con aire provocador en el borde de mi escritorio, dejando entrever más de lo necesario de sus piernas. La miré fijamente, esta vez sin disimular mi molestia.
—Bájate de la mesa. No estás en una pasarela —le dije, con voz baja pero firme.
Frunció los labios, contrariada, y bajó de un brinco.
—Qué amargado eres a veces, Ernesto. De verdad —refunfuñó mientras se alisaba el vestido. Caminó hacia la silla frente a mí y se sentó, cruzando las piernas con elegancia exagerada.
—¿Y cómo supiste que estaba aquí?
—Emilia me dijo que no habías salido todavía —respondió, casual, como si habláramos de cualquier cosa.
Rodé los ojos.
—Vivian, no estoy de humor para juegos. ¿Qué quieres? Te he dicho que no vengas a mi oficina, puedes enviarme un mensaje.
—¿Para que no me contestes?
No le respondí, en eso tenía razón.
Se quedó en silencio unos segundos, su tono cambió. Se volvió más serio, más directo.
—Mi madre no ha dejado de preguntarme si ya tenemos fecha para la boda —dijo, haciendo una pausa dramática—. Y creo que ya es momento de tomar una decisión, Ernesto. Llevamos dos años comprometidos y... la gente empieza a hablar.
Dos años.
Demasiado tiempo para seguir fingiendo que esto aún tenía sentido.
Vivian me miraba esperando una respuesta. Sus ojos verdes brillaban bajo la luz cálida de la lámpara de escritorio, como si la pregunta le doliera más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Por ahora no podemos poner una fecha para la boda —dije con voz firme, sin levantar la vista de los documentos que acababa de revisar.
Ella frunció el ceño con fuerza. Sus labios se torcieron en un puchero dramático mientras exhalaba como una niña contrariada. Se puso de pie con brusquedad, colocándose con las manos en la cintura justo frente a mí.
—¿Por qué no podemos poner una fecha, Ernesto? —soltó, elevando la voz—. ¿O es que no quieres casarte conmigo?
No reaccioné.
Sin decir palabra, abrí el cajón inferior de mi escritorio y saqué una carpeta amarilla. La deslicé hacia ella con calma, dejando que su curiosidad hiciera el resto. Vivian la tomó con desconfianza, arqueando una ceja.
La abrió.
Sus ojos se movían de un papel a otro. Su expresión cambió del desconcierto a una especie de alarma silenciosa.
—¿Qué es esto? —preguntó con voz apagada, levantando la mirada hacia mí—. Estas… estas son hojas de vida. Currículums. No entiendo.
Me apoyé en el respaldo, entrelazando las manos frente a mí.
—Planeo independizarme. Voy a dejar la empresa. Apenas consiga una buena oferta, me voy.La vi tensarse. Bajó la mirada al contenido de la carpeta como si quisiera encontrar una explicación mejor.
Vivian cerró la carpeta con lentitud. Su rostro parecía de piedra. Me miró pasmada, como si no reconociera al hombre frente a ella.
—No puedes dejar DC…
Reí. Una risa seca, sin humor. Me dolió más de lo que quise admitir.
—DC es la empresa de Erik —la corregí con un tono que rozó el cansancio—. Y de mi padre.
Yo solo soy… una figura decorativa. Me tienen aquí trabajando como si algún día fuera a ser mía, pero no lo será.Me pasé una mano por la nuca, sintiendo cómo se me tensaban los músculos.
—Mientras yo estoy aquí hasta las diez de la noche cerrando reportes, Erik debe estar en algún antro, brindando por la vida, celebrando quién sabe qué estupidez. Y mañana entrará a una reunión como si lo supiera todo, como si se lo mereciera todo… porque así es este mundo para él. Para mí solo queda… trabajar. Y esperar algo que nunca va a llegar.
Vivian no dijo nada por unos segundos. Bajó la mirada. La carpeta seguía entre sus manos, pero ahora parecía más pesada. Como si no supiera qué hacer con ella… o con lo que acababa de escuchar.
Yo sabía que esto era el principio del fin.
Ella quería estabilidad. Apellidos. Un rol social. Una boda bonita con flores blancas, una casa con jardín y una vida sin sobresaltos, llena de lujos.Vivian se dejó caer de nuevo en el asiento, pero esta vez sin la altanería de antes. Sus hombros cayeron un poco, sus manos se quedaron quietas sobre su regazo, y su mirada se quedó fija en el centro de la mesa, como si allí pudiera encontrar la manera de convencerme.
—No puedes dejar DC —dijo en voz baja, casi como una súplica disfrazada de razón—. Es el orgullo de tu familia, Ernesto. Es lo que te define. Lo que te da valor.
Yo no dije nada. Me limité a observarla.
—Mira, yo soy la heredera de La Voz, y mis padres me han dicho que tú eres el tipo de hombre que está a mi altura. Serías un esposo ideal, respetado, serio, con una posición. Pero si dejas DC… —hizo una pausa breve y cargada—. Si te vas a otra empresa, serás solo… un empleado más. Uno del montón.
Sentí un tirón dentro del pecho. Un dolor silencioso, pero profundo. Apreté la quijada.
Sus palabras eran una estocada cubierta de terciopelo. Me dolían no solo por lo que decían, sino por lo que significaban. Por cómo me veía ella.Una vena en mi cuello latió con furia. Algo se encendió en mi interior, algo que me hervía por dentro. Me puse de pie con lentitud, dominando el impulso de romper algo. Mis ojos la buscaron con una frialdad que pocas veces dejaba salir.
—Entonces elige, Vivian.
Levantó la mirada, sorprendida. —O aceptas esta realidad, a mí tal y como soy… o vas diciéndole a tu madre que no habrá boda. Que se acabó. Pueden publicar lo que quieran —añadí con ironía amarga—. Que fue culpa mía, que soy un desagradecido, un inestable, lo que sea. No me importa quedar mal. No me importa lo que hablen de mí.Vivian se puso de pie haciéndome frente.
—Debí haberme fijado en Erik y no en ti —espetó, con los ojos brillando de rabia—. Al menos él no es un ogro amargado.
Ella sabía lo que decía.
Vivian me conocía desde que éramos niños. Era la hija de la mejor amiga de mi madre. Habíamos compartido veranos, cenas familiares, incluso clases particulares cuando aún no sabíamos qué queríamos de la vida. Y justo por eso… sabía qué nervios tocar para hacerme arder por dentro.—Entonces cásate con él —solté, seco como un disparo—. A mí no me importa.
—Te odio, Ernesto. —Me lo dijo de frente. Con rabia. Con un dolor que solo nace de una decepción profunda. —Ojalá algún día te partan el corazón en mil pedazos.
No me moví.
Ella salió de mi oficina dando tremendo portazo.
La habitación quedó en silencio.
Me dejé caer en la silla, sin fuerzas. Tragando saliva con dificultad. Sus palabras resonaban en mi mente una y otra vez, como un veneno de liberación lenta.
“Ojalá algún día te partan el corazón en mil pedazos… Eres un ogro amargado… Debí haberme fijado en Erik y no en ti”
Apoyé los codos sobre la mesa y me sujeté la cabeza con ambas manos. Sentí el peso del día… pero también el de los años. A mis 27, la vida se sentía vacía. No por falta de metas, sino por el cansancio de sostener lo que no me pertenece.
Nunca entendí cómo es que mis hermanos pueden caminar por el mundo tan ligeros, como si nada les tocara. Como si todo se acomodara solo. Como si el apellido bastara.
Y yo… aquí estaba. Haciéndome cargo de una empresa a la que no le debo nada.
Si acaso, ella me debe a mí.Narrador omniscienteMientras Karla hablaba con entusiasmo, su voz llenaba el departamento con una energía difícil de ignorar.—¡Compramos comida para celebrar en familia! —anunció con orgullo, señalando las bolsas que Erik había dejado sobre la mesa—. Porque esto ya es como una gran familia, ¿no creen? Ernesto, Erik y yo somos hermanos, Ciro y Sara son hermanos, Marisol es como si fuera nuestra hermana... ¡Todos estamos conectados!Erik, recargado contra la pared con una botella de agua en la mano, observaba a su hermana con una sonrisa entre divertido y resignado, como si no supiera si reír o llevarla al psicólogo. Era claro que ya estaba acostumbrado a su intensidad.Justo en ese momento, la puerta principal se abrió y apareció Ciro, alto, serio, con el ceño fruncido al ver el confeti esparcido por el suelo, dijo:—¿Hay fiesta y yo no sabía? —preguntó, barriendo la sala con la mirada, visiblemente confundido por el aire festivo.Ernesto, que aún tenía el brazo alrededor de Sara, se
Sara SandovalEstaba segura de que me había quedado profundamente dormida, porque al extender el brazo y encontrar la cama vacía, una extraña punzada de inquietud me recorrió el pecho. Me incorporé rápidamente, parpadeando varias veces hasta que mis ojos encontraron la silueta de Ernesto, sentado en el sofá, observándome. Su sonrisa se formó lenta, serena… y entonces, todo volvió a su lugar dentro de mí.Se levantó con calma y se sentó al borde de la cama. Sus dedos acariciaron mi mejilla con suavidad, y su voz ronca de recién hablado rompió el silencio con una ternura inesperada.—¿Cómo dormiste?Cerré los ojos un segundo más, disfrutando de esa caricia que me erizaba el alma.—Profundamente… —respondí con una sonrisa soñolienta.Vi cómo empezaba a arremangarse la camisa que colgaba abierta sobre su torso. Su cabello aún húmedo caía sobre su frente con un desorden atractivo. Todo en él me parecía increíblemente natural, cómodo, como si su presencia aquí, en mi habitación, fuera lo má
Sara SandovalSu aliento y el mío se mezclan en ese diminuto espacio entre nuestros labios. El calor que emana de su cuerpo me envuelve por completo. Ernesto me sostiene como si ya supiera que, de dejarme ir ahora, no habría una segunda vez.—Solo tienes que amarme como soy —dice con voz ronca, como si estuviera al borde del abismo—, y te prometo darte el mundo entero.Mis labios se curvan suavemente. Lo creo. Dios, lo creo. No por sus palabras, sino por cómo me mira, como si de verdad yo fuera su refugio.—Y si tú prometes no volver a soltarme —le susurro—, yo te prometo que estaré ahí, siempre a tu lado. No volverás a sentirte solo nunca más.Nuestras frentes se chocan. Su respiración agitada choca contra mi rostro. Él asiente, como si sellara con eso un pacto eterno.—Eres tan perfecta... —musita justo antes de besarme otra vez.Sus labios se apoderan de los míos, ahora más intensos, más desesperados. Sus manos bajan por mi espalda, hasta el inicio de mi trasero, presionándome cont
Ernesto DuarteApenas escuché el clic de la puerta cerrándose tras Sara, sentí que algo se rompía adentro.Mi pecho… el aire… mi puta lógica. Todo colapsó en un segundo.Me senté en la silla como si no pudiera sostenerme de pie, apoyé los codos sobre el escritorio y llevé los dedos a las sienes, intentando calmar ese dolor punzante que no tenía forma ni nombre.Maldita sea… no tenía idea de que decirle eso dolería tanto.Pero era necesario.Ella tenía que saber en qué terreno estaba pisando. Tenía que probarla. Probar si su cariño por mí era real… si era fuerte, si valía la pena.Y me lo demostró.Se fue.La imagen de sus ojos brillando, ese temblor en su voz, me perseguía como una condena. ¿Por qué tenía que ser ella? ¿Por qué precisamente ella tenía que hacerme sentir este miedo tan intenso?Con Vivian nunca me pasó. Nunca.Por eso funcionábamos.Por eso duramos.Porque yo no sentía. Por qué a ella se le resbalaba el cómo le hablaba.Pero con Sara… con Sara lo sentía todo.—¿Qué pa
Sara Sandoval—Buenos días… —susurré apenas, con la voz más suave de la que me hubiera gustado.Ernesto dio un par de pasos y se posicionó frente a su escritorio, con los brazos cruzados y esa mirada suya que siempre parece ver más de lo que uno quiere mostrar. Esperaba que dijera algo más. Lo sabía por cómo me miraba. Por cómo sus labios permanecían apretados, impacientes, mientras sus ojos escaneaban cada gesto mío con una mezcla de anhelo y reserva.Mordí mi labio inferior sin pensarlo.¿Por qué me pasaba esto con él? Esa adrenalina... ese fuego que recorría cada vértebra solo por sentir su presencia. Era como si mi cuerpo entero se preparara para un salto al vacío.—¿Cómo te sientes? —preguntó, su voz profunda y cálida.—Mejor —respondí, intentando mantenerme firme—. En un par de días me quitarán el cabestrillo.Asintió en silencio, pero sus ojos no se apartaron de los míos ni por un segundo. La canastita tembló apenas entre mis dedos. Respiré hondo y la extendí hacia él, intentan
Ciro SandovalNo podía creer lo que acababa de pasar.Me quedé paralizado, viendo la puerta cerrarse tras Marion dando tremendo portazo. Mi respiración era pesada, irregular. Mis ojos fueron directos a Karla. Estaba de pie, temblando, con los puños apretados a los costados, la ropa empapada con lo que parecía… jugo verde.Y olía horrible.Ella bajó la mirada, sus pestañas húmedas, mordiendo su orgullo con tanta fuerza que casi podía verlo sangrar. Su blusa se había pegado a su piel, marcando las curvas de su pecho, pero no era eso lo que me detenía. Karla dio un paso hacia la puerta, dispuesta a marcharse como si nada.—Espera —dije, tomándola suavemente del brazo.Ella me miró, con los ojos encendidos de rabia, como una bomba a punto de estallar.—Tal vez deberías esperar unos minutos… que la oficina se vacíe. Si sales así, las otras asistentes se preguntarán qué pasó. Y tú eres quien más convive con ellas, no yo. No quiero que te sometan a preguntas o a burlas.Bufó. La vi cerrar l





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