Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Damián.
No sé quién soy.
Esa es la primera maldita cosa que pienso cada vez que abro los ojos. Un recordatorio de que todo lo que debería definirme es solo un agujero negro donde debería haber recuerdos.
El médico del Hospital General me mira con lástima profesional.
—Los resultados confirman amnesia postraumática severa. El golpe en la sien causó daño significativo. Sus recuerdos anteriores al trauma están... borrados.
—¿Permanentemente?
Se encoge de hombros. —Imposible saberlo. Lo siento.
—¿Las cámaras del hospital?
—Nada útil. Quien lo dejó aquí sabía exactamente dónde estaban los puntos ciegos. Fue deliberado. Profesional.
Profesional. Cuando me miro en el espejo, veo cicatrices que hablan de entrenamiento intenso. Tengo reflejos de combate que aparecen sin que los llame. Alguien me entrenó para ser peligroso.
—Su cuenta está saldada. Un benefactor anónimo pagó todo. Hoy cumple un mes. Dos semanas en coma, dos en recuperación.
—¿Y nadie preguntó por mí?
—Nadie.
Eso duele más que las costillas rotas. Significa que estoy completamente solo, o las personas que me conocían piensan que estoy muerto. O peor: quieren que esté muerto.
—Puede irse cuando quiera. Aquí está la ropa que traía. También hay quinientos dólares del benefactor anónimo.
Quinientos dólares y ropa manchada de sangre. Ese es el valor total de mi existencia.
Cuando salgo del hospital, el mundo es demasiado brillante, demasiado ruidoso. Camino sin rumbo durante horas. Necesito trabajo. Necesito respuestas. Pero sobre todo, necesito saber quién m****a soy.
El Olympus aparece cuando el sol empieza a ponerse. Luces de neón azules. "Entretenimiento Exclusivo Para Damas".
La dueña me escanea con ojos de tiburón. Cuarenta y tantos, rubio platino, vestido rojo apretado.
—¿Buscas trabajo, guapo?
—Necesito cualquier cosa. No tengo documentos. No tengo referencias.
—Perfecto. No hago preguntas, tú no haces problemas. ¿Sabes bailar?
—No. Puedo servir tragos.
—Cariño, con ese cuerpo no necesitas saber mucho. Mis clientas pagan por la vista.
Entiendo inmediatamente qué tipo de lugar es este.
—Solo sirvo tragos. Nada más.
Nos miramos fijamente. Finalmente cede.
—Doscientos a la semana más propinas. Trabajas de ocho a tres. Hay un cuarto trasero donde puedes dormir.
Ella busca en un cajon y me lanza la ropa. Mi "uniforme" es humillante: calzoncillos negros ajustados y un delantal de cuero.
—Todo el personal usa apodos. —Me estudia—. Esos ojos azules. Ese perfil. Zeus. Definitivamente Zeus.
Zeus. Irónico para alguien que no tiene ni idea de quién es.
La noche comienza lenta. Sirvo tragos, mantengo conversaciones superficiales. Descubro que soy bueno para leer a las personas, como si fuera una habilidad grabada en mis huesos.
Entonces ella entra.
Cabello negro, ojos color miel, vestida completamente de negro. No se ve como las otras clientas. Esta mujer viene a escapar de algo. Puedo verlo en sus hombros tensos, en cómo escanea el lugar evaluando amenazas.
Me acerco sin que me lo pida.
—¿Qué tomas?
—Whisky. Doble. Sin hielo.
Nuestros dedos se rozan cuando le entrego el vaso. Electricidad. Calor. Ella lo siente también.
Termina su trago de un movimiento. Golpea el vaso contra la barra.
—Quiero contratarte. Siete días. Diez mil dólares. Sin preguntas. Sin nombres.
Me quedo congelado.
—¿Qué?
—Siete días y siete noches en mi apartamento. Te pagaré por adelantado. No preguntas sobre mi vida, yo no pregunto sobre la tuya. Después de esto, nunca volvemos a vernos.
Diez mil dólares. Podrían pagarme un investigador privado. Podrían devolverme mi identidad.
—No hago eso. Solo sirvo tragos.
—No te pido sexo. Te pido que existas cerca de mí durante siete días.
Hay desesperación en su voz. Dolor.
—¿Por qué yo?
—Porque no me conoces. Porque en siete días te irás y nunca volveremos a cruzarnos. ¿Aceptas o no?
Miro sus ojos y veo algo que reconozco: alguien tratando desesperadamente de sobrevivir.
—Sin preguntas. Sin nombres.
—Perfecto. Nos vamos ahora.
El viaje es silencioso. Ella conduce rápido, chequeando constantemente los espejos. Llegamos a un edificio de lujo. Piso cuarenta. Vista panorámica de la ciudad.
Y sobre la mesa de café, una Glock 19 con cargador extra.
—¿Debería preocuparme por eso?
—Solo si me das razones para usarla.
Cierra la puerta con dos cerrojos y cadena de seguridad.
—Las reglas. Siete días, siete noches. No sales sin mi autorización. No llamas a nadie. No preguntas mi nombre ni a qué me dedico. Nada personal.
—¿Y tú?
—Yo tampoco pregunto. Por lo que a mí respecta, no tienes pasado. Solo eres Zeus.
Sirve dos copas de vino. Se desploma en el sofá.
—Puedes dormir en la habitación de huéspedes. Yo voy a emborracharme.
Pero no me voy. Me siento en el otro extremo del sofá. Lo suficientemente lejos para no invadirla. Lo suficientemente cerca para que sepa que no está sola.
Ella bebe. Y con cada copa la veo desmoronarse.
—Mi padre... —comienza—. Hace unas horas lo enterré. Al lado de mi madre.
Puedo ver el dolor crudo en su rostro.
—Alguien lo mató. Frente a mí. Frente a doscientas personas. Y nadie vio nada.
No respondo. Solo escucho.
—Tengo siete días antes de descubrir si merezco lo que él quería darme. Si confió en mí lo suficiente. Si fui suficiente.
Su voz se quiebra. Y entonces llora.
Lágrimas silenciosas mientras sigue bebiendo, como si pudiera ahogar el dolor con alcohol.
No sé qué hacer. No sé si debería acercarme o darle espacio. Solo sé que esta mujer está rota de una forma que entiendo visceralmente.
Porque yo también estoy roto. Solo que de manera diferente.
Finalmente, su cuerpo cede. La copa resbala de sus dedos. La atrapo antes de que golpee el piso.
Está dormida.
Con cuidado, la acomodo en el sofá. Busco una manta y la cubro. Su rostro se ve más joven dormida. Vulnerable.
No es frágil. Lo sé instintivamente. Esta mujer es acero envuelto en piel. Pero esta noche, permitió que alguien la viera romperse.
Me quedo en el sillón individual, mirando la ciudad por los ventanales. En algún lugar ahí afuera está mi pasado. Mi identidad. Todo lo que perdí.
Siete días con esta mujer misteriosa que carga un arma y secretos más pesados que el metal.
No sé por qué, pero siento que estos siete días van a cambiar todo.
Me quedo despierto toda la noche, escuchándola respirar. Asegurándome de que siga respirando.
Porque por alguna razón que no puedo explicar, siento que es importante que esta mujer sin nombre sobreviva.







