SIETE DIAS Y SIETE NOCHES CON LA JEFA DE LA MAFIA
SIETE DIAS Y SIETE NOCHES CON LA JEFA DE LA MAFIA
Por: CINVAN
CAPÍTULO 1.

POV Adriana.

El vestido rojo sangre fue idea de mi madrastra.

—Tienes que verte imponente esta noche, Adriana —dijo Camila esa tarde, sosteniendo el vestido contra mi cuerpo con esa sonrisa perfecta que nunca alcanzaba sus ojos—. Tu padre está a punto de entregarte un imperio. La gente necesita verte como la reina que serás.

Reina. La palabra me quemó en la garganta. No quería ser reina. Quería ser la hija de Rodrigo Santoro, nada más. Pero mi padre había decidido que era hora, y cuando Rodrigo Santoro tomaba una decisión, el universo se doblaba para complacerlo. Hasta esa noche.

La mansión Santoro brillaba como un palacio cuando bajé las escaleras. Luces doradas iluminando cada rincón. Música de orquesta filtrándose desde el salón principal. Doscientos invitados. Aliados, socios, enemigos disfrazados de amigos. Todos ahí para presenciar el momento en que Rodrigo Santoro, rey del imperio de casinos y drogas, pasaba la corona a su hija.

—Estás hermosa —dijo papá cuando me vio. Llevaba un esmoquin negro que lo hacía ver más joven de sus sesenta años. Sus ojos brillaban con orgullo, y por un segundo, todo el miedo se evaporó.

Este era mi padre. El hombre que me enseñó a disparar a los doce. Que me llevó a mi primera negociación a los dieciséis. Que me mostró que, en nuestro mundo, la compasión era lujo y la fuerza era moneda. Excepto que yo nunca pude deshacerme de la compasión.

—Estoy nerviosa —admití en voz baja.

—Bien —respondió, tomando mi mano—. El día que dejes de estar nerviosa es el día que te volverás descuidada. Y los descuidados mueren, Adriana.

No sabía que ese sería el último consejo que me daría.

El salón estaba lleno cuando entramos, vi a Valentina al otro lado del salón. Mi hermanastra llevaba un vestido negro que la hacía ver sofisticada y mortal. Nos miramos por encima de la multitud. Ella alzó su copa en un brindis silencioso. No pude leer su expresión.

Nunca pude leer a Valentina.

—Señoras y señores —la voz de papá resonó cuando tomó el micrófono—. Gracias por acompañarnos en esta noche tan especial.

La multitud guardó silencio. Doscientos pares de ojos enfocados en el hombre que controlaba más poder criminal del que el gobierno quisiera admitir.

—Esta noche celebramos dos cosas —continuó papá—. Mi cumpleaños número sesenta, sí. Pero más importante, celebramos el futuro de nuestra organización.

Mi corazón latió tan fuerte que estaba segura de que todos podían escucharlo.

—He dedicado cuarenta años a construir esto. A proteger nuestros intereses. A asegurar que nuestra familia, nuestra verdadera familia, tenga un lugar en este mundo. —Hizo una pausa—. Y ahora es momento de asegurar que ese legado continúe. Mi hija, Adriana Santoro, ha demostrado tener no solo la inteligencia para dirigir, sino el corazón para hacerlo con honor. Algo que yo perdí hace mucho tiempo.

Honor. En boca de un narcotraficante, la palabra sonaba casi obscena.

—Por eso, esta noche, frente a todos ustedes, anuncio que Adriana asumirá el control operacional completo de...

El disparo sonó como un trueno rompiendo el cielo. La copa de champaña de papá explotó en su mano. Por una fracción de segundo, nadie se movió. Todos miramos la sangre floreciendo en su camisa blanca como una rosa roja expandiéndose en cámara lenta.

Entonces papá cayó. Sus rodillas se doblaron. Su boca se abrió, intentando decir algo.

—¡PAPÁ!

Mi grito desató el infierno. Doscientas personas corrieron. Gritaron. Buscaron cobertura como cucarachas. El sonido de muebles destrozándose. Cristales rompiéndose. Más disparos en la distancia, o quizás solo pánico. Yo caí de rodillas junto a papá. Mis manos presionaron la herida en su pecho instintivamente.

—Papá, no. No, no, no... aguanta. La ambulancia viene. Aguanta, por favor...

Sus ojos me miraron con una claridad terrible. Levantó una mano temblorosa y tocó mi mejilla, manchándola de rojo. Intentó hablar, pero la sangre brotó de su boca en lugar de palabras.

Y entonces se fue.

—No —susurré, aunque sabía que era inútil—. Papá, no. No puedes dejarme. No ahora. No así.

Fue en ese momento de shock, arrodillada en la sangre de papá, el recuerdo me golpeó sin avisar.

Flashback

Un mes atrás.

El muelle. El operativo que había salido perfecto hasta que escuché los disparos en el muelle adyacente. Debí quedarme con papá y Valentina. Debí subirme a la camioneta y largarme. Pero corrí hacia el tiroteo como la idiota que siempre fui. Lo encontré entre los contenedores. Un hombre destrozado. Cara hinchada he irreconocible. Sangre por todas partes. Pero sus ojos azules estaban abiertos, desafiando a la muerte.

"No puedo dejarlo morir," le dije a papá cuando me encontró.

Papá estaba furioso. "¡Nos vamos! ¡AHORA!" "No."

Esa fue la primera vez que le desobedecí. La última también. Me dejó salvarlo. Me dio cinco minutos. Lo llevé al Hospital General y lo dejé en la puerta de emergencias como un paquete anónimo. Cuando regresé a casa esa noche, papá me esperaba en su estudio.

"No vuelvas a hacer eso," dijo con voz peligrosamente calmada. "No vuelvas a arriesgar todo, a arriesgar a nuestra familia, por un maldito extraño."

"Lo siento, papá."

"No lo sientes. Eres como tu madre. Demasiado compasiva para este mundo." Suspiró, de repente viéndose agotado. "Algún día, esa compasión te va a costar todo."

Tenía razón.

No encontraron al tirador. Con doscientas personas corriendo en pánico, el disparo pudo venir de cualquier parte. Las cámaras de seguridad convenientemente no capturaron nada útil. Nadie vio nada. Nadie sabía nada. Mi padre estaba muerto y el asesino era un fantasma.

El funeral fue al día siguiente, enterramos a papá junto a mi madre en el cementerio. El ataúd de caoba descendió a la tierra mientras el sacerdote murmuraba palabras vacías sobre el alma y el perdón. No lloré. No pude. Algo dentro de mí se había congelado desde la noche anterior. Me quedé parada junto a la tumba como una estatua de hielo mientras Valentina sollozaba dramáticamente y Camila interpretaba a la viuda destrozada.

Cuando la multitud finalmente se dispersó, el licenciado Fuentes se acercó. Setenta años, traje gris impecable, los ojos de alguien que había visto demasiado.

—Señorita Santoro —dijo en voz baja—. Lamento profundamente su pérdida.

Asentí sin confiar en mi voz.

—El testamento de su padre será leído en siete días. Es tradición.

—Entiendo.

—Adriana. —Su voz se suavizó de una forma que me hizo realmente mirarlo—. No faltes. Es crucial que estés ahí.

Algo en su tono me heló la sangre. Vi preocupación en sus ojos. Y algo más. Advertencia.

—¿Qué está pasando, licenciado?

—Siete días —repitió, ignorando mi pregunta—. No faltes.

Me quedé sola frente a las tumbas. Papá y mamá, reunidos en la muerte. Una familia destruida.

Siete días antes de descubrir si papá había cumplido su promesa interrumpida. Si realmente iba a darme el imperio. Si confió en mí lo suficiente. Siete días antes de que mi vida cambiara para siempre. Y no tenía ni idea de cómo iba a sobrevivir ni uno solo de ellos.

Esa noche, manejé sin rumbo durante horas. No podía ir a casa. La mansión Santoro estaba llena de gente ofreciendo condolencias que no sentían. Valentina llorando. Camila, fingiendo ser perfecta. El consejo familiar ya murmurando sobre el futuro. No podía estar ahí. No podía ser Adriana Santoro, heredera de un imperio manchado de sangre. Necesitaba ser nadie. Aunque fuera por unas horas.

El Olympus apareció como un faro en la oscuridad. Luces de neón azules. Un letrero discreto: "Entretenimiento Exclusivo Para Damas". Nunca había entrado a un lugar así. Nunca había necesitado escapar tanto. El interior era más elegante de lo esperado. Iluminación tenue. Música sensual pero no vulgar. Mujeres en sus treintas y cuarentas bebiendo, riendo, viendo hombres bailar en el escenario. Me senté en la barra porque necesitaba algo sólido bajo mis manos. Pedí whisky porque era lo que papá bebía cuando el mundo se volvía demasiado pesado. Y entonces lo vi.

Detrás de la barra, sirviendo tragos con movimientos precisos y eficientes. Ojos azules. Penetrantes. Perfil griego. Mandíbula fuerte. Cabello oscuro despeinado. Cuerpo musculoso apenas contenido por el ridículo delantal de cuero que llevaba sobre... ¿calzoncillos ajustados?

—¿Qué tomas? —preguntó con voz ronca.

—Whisky. Doble. Sin hielo.

Me sirvió sin apartar sus ojos de mí. Nuestros dedos se rozaron cuando tomé el vaso. Electricidad. Calor.

Él lo sintió también. Vi cómo sus ojos se abrieron ligeramente.

Tomé el trago de un solo movimiento. El alcohol quemó, pero no fue suficiente para ahogar el dolor. Necesitaba más. Necesitaba algo que me hiciera olvidar que mi padre estaba muerto. Que alguien lo había asesinado. Que en siete días descubriría si todo por lo que trabajé significó algo.

Necesitaba no estar sola. Golpeé el vaso contra la barra, mirándolo directo a esos ojos azules.

—Quiero contratarte —dije—. Siete días. Diez mil dólares. Sin preguntas. Sin nombres.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP