POV Adriana.
Desperté desorientada.
No sabía dónde estaba. No sabía qué día era. No sabía...
¿Quién soy?
El pánico me golpeó como una ola helada. Intenté sentarme, pero el dolor en mi costado derecho me hizo gritar.
—¡Por Dios, niña! —Una voz de mujer mayor resonó en la habitación—. Pensé que no despertarías nunca.
Giré la cabeza con dificultad. Una mujer de unos sesenta años, cabello gris recogido en un moño, ojos cálidos y arrugados por la edad, se acercaba con expresión aliviada.
—¿Quién es