Desperté con la peor resaca de mi vida y un extraño mirándome desde el sillón.
Por un segundo, el pánico me paralizó. Mi mano buscó instintivamente la Glock. Entonces los recuerdos regresaron como un tsunami: el bar, la propuesta estúpida, traer a un desconocido a mi refugio más privado.
Zeus. El gigoló que no era gigoló.
—Buenos días —dije con voz destrozada por el alcohol y las lágrimas.
Él giró la cabeza. Esos ojos azules me estudiaron con una intensidad que debería haberme incomodado.
—¿Cómo te sientes?
—Como si me hubiera atropellado un camión —admití, sentándome lentamente. El mundo giró un poco—. ¿Te quedaste ahí toda la noche?
—Alguien tenía que asegurarse de que siguieras respirando.
Debería haberme molestado su tono, pero había algo en la forma en que lo dijo. Preocupación real.
—Gracias —dije, porque no sabía qué más decir.
—Café —anuncié finalmente, poniéndome de pie con piernas temblorosas—. Necesito café.
Preparé café mientras él se duchaba. El sonido del agua corriendo era extrañamente íntimo. Tenía a un hombre desnudo en mi baño. Un hombre cuyo nombre real no conocía y que no conocía el mío.
¿En qué m****a me metí?
Cuando salió, con el cabello húmedo y oliendo a mi jabón, algo en mi pecho se apretó de una forma que no entendí.
—Siéntate —ordené, empujando una taza hacia él—. Necesitamos establecer reglas claras.
Se sentó frente a mí en la barra. Tomó un sorbo de café sin apartar sus ojos de mí.
—Estoy escuchando.
—Primera regla: lo que pasa aquí, se queda aquí. No hablas de mí con nadie. Nunca. Ni ahora ni después de los siete días.
—Hecho.
—Segunda regla: no intentas averiguar quién soy. No investigas. No preguntas.
—También hecho.
—Tercera regla... —hice una pausa, buscando las palabras correctas—. No finjas. Si no quieres estar aquí, dímelo ahora y te doy el dinero para que te vayas. Pero si te quedas, necesito que sea real. Necesito...
Mi voz se quebró. M****a.
—Necesitas no sentirte sola —terminó él con una suavidad que me destrozó—. Entiendo eso perfectamente.
Lo miré realmente entonces. Las cicatrices en sus nudillos. Los músculos tensos. Este hombre había sido entrenado para sobrevivir.
¿Quién eres realmente?
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Tienes reglas?
Pensó por un momento. —Una sola. Si me necesitas, solo llámame. No importa la hora. No importa la razón. Pero no me hagas adivinar. Usa tus palabras.
Algo en la forma en que lo dijo me hizo pensar que alguien importante en su vida no había usado sus palabras. Y había terminado mal.
—Trato —dije, extendiendo mi mano.
Él la tomó. Su mano era cálida, callosa, firme. El apretón duró un segundo más de lo necesario.
Y así comenzaron los siete días más extraños de mi vida.
***
Pasé la mayor parte del día en mi laptop. Llamadas con el tío Marcos sobre operaciones. Valentina enviándome textos sobre cómo necesitábamos "mantenernos unidas".
Borré sus mensajes sin responder.
Zeus respetó mi espacio. Se sentó en el sofá con un libro de mi estante. El Arte de la Guerra. Por supuesto. Alrededor de las seis, cerré la laptop con más fuerza de la necesaria.
—Odio esto —dije al aire.
—¿El qué? —preguntó sin levantar la vista.
—Fingir que todo está bien. Responder mensajes como si mi padre no acabara de morir. Como si no hubiera alguien ahí afuera que le puso una bala en el pecho y se salió con la suya.
Ahora sí me miró. —¿Tienes idea de quién fue?
Debí decirle que no preguntara. Pero algo en sus ojos me hizo querer responder.
—Tengo cien ideas. Enemigos, rivales, traidores internos. Pudo ser cualquiera. —Reí sin humor—. Esa es la parte que me está volviendo loca. No saber.
—El no saber es lo peor —dijo con una convicción que me hizo preguntarme qué demonios no sabía él.
Silencio. Luego:
—¿Quieres cenar?
La pregunta me tomó por sorpresa. —¿Qué?
—Comida. ¿Cuándo fue la última vez que comiste algo que no fuera café y whisky?
Tuve que pensar. No podía recordar.
—Eso pensé. ¿Qué tienes en el refrigerador?
Y ahí fue cuando descubrí que Zeus cocinaba como un chef profesional.
Me preparó pasta con salsa de tomate fresco, albahaca y ajo. La mejor comida que había probado en meses.
—¿Cómo sabes cocinar así? —pregunté con la boca llena.
Él se encogió de hombros. —No lo sé. Mis manos simplemente saben qué hacer. Como si lo hubiera hecho mil veces antes.
—¿Eras chef?
—Tal vez. O tal vez solo me gustaba cocinar. —Sonrió sin humor—. Es frustrante tener habilidades sin contexto. Como piezas de rompecabezas sin saber qué imagen forman.
Entendí esa sensación más de lo que debería.
Esa noche me fui a dormir a mi habitación. Pero antes de cerrar mi puerta, me detuve.
—Zeus.
—¿Sí?
—Gracias. Por la comida. Por... esto.
—Descansa.
Pero la forma en que lo dijo se sintió como un abrazo.
Al día siguiente.
Desperté con gritos. Mis propios gritos.
La pesadilla había sido vivida: papá cayendo una y otra vez, su sangre en mis manos, su mirada buscándome mientras moría.
Mi puerta se abrió de golpe. Zeus irrumpió con los puños levantados, listo para pelear.
—Pesadilla —logré decir, temblando—. Solo una pesadilla.
Él bajó los puños lentamente. Me miró por un largo momento. Luego se sentó en el borde de mi cama.
—¿Quieres hablar de eso?
—No.
—¿Quieres que me vaya?
Debí decir que sí. Debí mantener las distancias.
—No. Quédate.
Se recostó sobre las cobijas, a un metro de distancia, mirando el techo. Yo hice lo mismo. Dos extraños en la oscuridad, sin tocarse, pero conectados por la soledad compartida.
—¿Puedo preguntarte algo? —dije después de un largo silencio.
—Depende.
—¿Por qué aceptaste venir? Diez mil dólares es mucho dinero, sí. Pero esto es raro. Podrías haber dicho que no.
Lo escuché respirar. Pensando.
—Porque necesito ese dinero para contratar a alguien que investigue quién soy —dijo finalmente—. Desperté en un hospital hace un mes sin memoria. Sin identidad. Sin nadie. El dinero podría darme respuestas.
Me giré para mirarlo. En la oscuridad, solo podía ver el perfil de su rostro.
—¿Y si las respuestas son malas? ¿Y si eras alguien terrible?
—Entonces al menos sabré. El no saber es peor que cualquier verdad.
Entendí eso. Dios, cómo lo entendí.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Por qué me trajiste aquí?
—Porque cuando te vi, sentí algo. No sé qué. Pero fue como... reconocimiento. Como si mi alma supiera algo que mi cerebro no.
—Yo sentí lo mismo —confesó en voz baja—. Y no tengo idea de por qué.
Nos quedamos ahí, en la oscuridad, con esa confesión flotando entre nosotros.
No volvió a su habitación esa noche. Se quedó hasta que me dormí.
Y por primera vez desde la muerte de papá, no tuve pesadillas.
Los días siguientes pasaron en una extraña intimidad.
Cocinábamos juntos. Él me enseñaba técnicas de defensa personal. Yo le enseñaba a jugar póker y descubrí que tenía un talento natural para leer a las personas. Hablábamos de filosofía y música. De miedos y sueños. De las personas que fuimos y las que queríamos ser. Pero nunca nombres. Nunca detalles específicos. Éramos dos almas flotando en un limbo, creando nuestro propio universo privado.
HASTA LA ULTIMA NOCHE.
La botella de vino estaba casi vacía cuando me di cuenta de que lo estaba mirando de una forma que no debería. Estábamos en el sofá, más cerca que antes. Nuestras piernas se rozaban. Su brazo descansaba en el respaldo, casi tocando mis hombros.
—¿En qué piensas? —preguntó con esa voz ronca.
—En que mañana es el último día —admití, el vino soltando verdades—. Y que no quiero que termine.
Sus ojos azules me miraron con una intensidad que me robó el aliento. —Yo tampoco.
—Esto es una locura —susurré—. Ni siquiera sé tu nombre real.
—Y yo no sé el tuyo —respondió, acercándose un centímetro—. Pero sé cómo suena tu risa. Sé que tomas el café solo y fuerte. Sé que tienes pesadillas y que hablas en sueños. Sé que eres mucho más fuerte de lo que crees.
—Zeus...
—Sé que cuando me miras así —continuó, su mano moviéndose para acariciar mi mejilla—, me haces sentir como si fuera alguien. Como si importara.
Mi respiración se aceleró. —Importas.
—Muéstrame.
No sé quién cerró la distancia primero. Solo sé que de repente sus labios estaban en los míos y el mundo dejó de existir.
El beso fue suave al principio. Exploratorio. Pregunta y respuesta. Pero cuando mis dedos se enredaron en su cabello y un gemido escapó de mi garganta, algo se rompió entre nosotros.
Se volvió desesperado. Hambriento. Años de soledad derramándose en un solo momento.
Me jaló hacia su regazo. Mis piernas rodearon su cintura. Sus manos encontraron mi piel bajo la camiseta.
—Dime que pare —murmuró contra mis labios—. Si no quieres esto, dímelo ahora.
—No pares —supliqué—. Por favor, no pares.
Nos movimos hacia mi habitación entre besos y ropa cayendo. Tropezamos con muebles. Reímos contra la piel del otro.
Cuando me recostó en la cama, sus ojos recorrieron mi cuerpo con una reverencia que me hizo sentir hermosa por primera vez en años.
—Eres perfecta —susurró, besando cada centímetro de piel expuesta.
—No lo soy —respondí, arqueándome bajo su toque.
—Para mí sí.
Me hizo el amor como si fuera algo sagrado. Lento y desesperado al mismo tiempo. Dulce y brutal. Una contradicción perfecta.
—Mírame —ordenó cuando estábamos al borde, su frente presionada contra la mía—. Quiero verte.
Abrí los ojos. Esos ojos azules me miraron con tal intensidad que sentí mi alma desnudándose junto con mi cuerpo.
Y cuando caímos juntos, susurré algo contra sus labios que no debí decir.
—Me gustas.
Si lo escuchó, no dijo nada. Solo me sostuvo mientras temblábamos en los brazos del otro.
Después nos quedamos entrelazados. Su cabeza en mi pecho. Mi mano acariciando su cabello.
—¿En qué piensas? —pregunté en voz baja.
—En que quisiera poder quedarme —respondió con voz quebrada—. En que quisiera tener algo que ofrecerte además de un pasado en blanco y un futuro incierto.
—Tienes esto —dije, apretándolo contra mí—. Tienes ahora.
—El ahora no es suficiente.
—Entonces hagamos que sea suficiente. Por esta noche. Finjamos que mañana no existe.
Se giró para mirarme. Vio las lágrimas en mis ojos. Limpió una con su pulgar.
—Una noche más —susurró—. Y luego te dejo ir.
—Y yo te dejo ir —respondí, aunque la sola idea me destrozaba.
Me besó otra vez. Más lento esta vez. Como despedida y promesa. E hicimos el amor hasta que el agotamiento nos venció y caímos dormidos en los brazos del otro.
Desperté con la primera luz del alba filtrándose por las cortinas. Zeus estaba a mi lado, dormido. Su rostro relajado. Su brazo sobre mi cintura. Su respiración profunda y constante. Se veía en paz. Y yo acababa de arruinarlo todo. La realidad me golpeó como un puño en el estómago. Le había dicho que me gustaba. Me había acostado con un completo desconocido. Había cruzado todas las líneas que me prometí no cruzar. Y peor aún: significó algo. Significó todo. Y eso era exactamente por qué tenía que irme.
En horas leería el testamento de papá. Tomaría control de un imperio criminal. Me convertiría en alguien que no podía permitirse debilidades. No podía permitirse amor. No podía permitirse este hombre que me hacía sentir demasiado. Con cuidado, moví su brazo de mi cintura. Él murmuró algo en sueños, pero no despertó. Me deslicé fuera de la cama como un ladrón, recogiendo mi ropa del suelo.
Me vestí en silencio. Mis manos temblaban.
Lo miré una última vez.
Su cabello despeinado sobre la almohada. Las cicatrices en su torso que contaban historias que él mismo no recordaba. La forma en que su mano buscaba el lugar vacío donde había estado.
Memoriza esto, me dije. Porque nunca lo volverás a tener.
Salí de la habitación sin hacer ruido. Tomé mi bolso. Verifiqué que tenía las llaves del auto, mi teléfono, mi arma.
El sobre con diez mil dólares estaba en la mesa de café donde lo había dejado anoche. Lo miré por un largo momento.
Debí escribir una nota. Algo. Cualquier cosa.
Pero ¿qué podría decir? ¿Gracias por estos siete días? ¿Perdón por huir como cobarde? ¿Me gustas, pero no puedo quedarme?
Nada de eso era suficiente. Nada de eso era verdad completa.
Dejé el sobre donde estaba. Solo eso. Dinero por servicios prestados. Como si pudiera reducir lo que compartimos a una transacción.
Me odiaba por eso.
Caminé hacia la puerta. Mi mano en el picaporte. Un paso más y estaría fuera. Un paso más y esto terminaría.
Miré hacia la habitación una última vez. Podía ver la puerta entreabierta. Podía imaginarlo despertar solo, encontrar el dinero, darse cuenta de que me había ido. Lo siento, pensé, aunque no podía escucharme. Lo siento tanto.