Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Damián.
Desperté solo.
Lo supe antes de abrir los ojos. El peso de su cuerpo ya no estaba. El calor de su piel se había desvanecido. Hasta el aire olía diferente. Más frío. Vacío.
Me senté, sintiendo el dolor sordo de músculos usados. Músculos que recordaban una noche que mi mente trataba de procesar.
Me puse los pantalones y caminé descalzo por el penthouse. Cocina vacía. Sala desierta. Todo intacto.
Excepto que faltaba ella.
Y entonces lo vi.
Sobre la mesa de café: el sobre manila con diez mil dólares en efectivo.
Ninguna nota. Ninguna explicación. Solo dinero.
Pago por servicios prestados.
Eso es lo que éramos. Una transacción. Siete días a cambio de dinero. Sin nombres. Sin promesas. Sin futuro.
Entonces, ¿por qué dolía tanto?
Recorrí el apartamento una última vez. Algo brilló en el cojín del sofá. Una pulsera de oro. Delgada, elegante, con un pequeño corazón.
La tomé entre mis dedos. Liviana pero importante. Como si cargara un peso invisible.
¿Era de ella? Tenía que serlo.
La giré, viendo cómo la luz se reflejaba en el oro. Debía dejarla. Debía irme y olvidar estos siete días como ella evidentemente ya lo había hecho.
Pero no pude.
Me la puse en la muñeca. Quedaba ajustada, claramente hecha para manos más pequeñas.
Tal vez con esto nunca la olvidaré.
Tomé el sobre y salí sin mirar atrás.
Caminé sin rumbo durante una hora. El sobre en mi bolsillo. La pulsera en mi muñeca.
Necesitaba encontrar un investigador privado. Alguien que pudiera darme respuestas sobre quién era.
Vi una cafetería al otro lado de la calle. Podía empezar ahí.
Comencé a cruzar.
Lo último que vi fue un destello de metal rojo. Un Porsche saltándose la luz.
El impacto me levantó del suelo. Mis costillas crujieron. Mi cabeza golpeó el pavimento.
Oscuridad.
Abrí los ojos y lo primero que pensé fue: el mismo maldito hospital.
No sabía por qué pensé eso. Pero el techo blanco, las luces fluorescentes, el olor a desinfectante... todo me resultaba familiar.
Intenté sentarme. El dolor explotó en mis costillas.
—Mierda.
—Despacio —dijo una voz conocida—. No pensé que volverías tan pronto.
Giré la cabeza. Un médico de cincuenta años me miraba sorprendido.
—¿Lo conozco?
El doctor parpadeó. —Debería. Salió de aquí hace exactamente una semana.
Una semana. Las palabras flotaron sin contexto.
—No lo recuerdo.
—¿Su nombre? ¿Puede decirme su nombre?
Y entonces los recuerdos me golpearon como una presa rompiéndose.
Damián Blackwood.
Heredero del imperio Blackwood.
El muelle. La emboscada. Disparos. Sangre.
"¡Es una trampa, señor Blackwood!"
Dolor. Oscuridad.
Me senté bruscamente, ignorando el dolor.
—Damián. Damián Blackwood.
El doctor suspiró aliviado. —Gracias a Dios. Pensé que había perdido la memoria otra vez.
—¿Otra vez?
—Estuvo aquí casi un mes. Trauma severo, amnesia total. Alguien lo dejó en emergencias, pagó su cuenta y desapareció. Luego salió hace una semana y... no recordaba quién era.
Un mes. Más una semana fuera.
—¿Qué fecha es hoy?
Me la dio. Hice los cálculos.
Desde el atentado: casi seis semanas. Seis semanas desaparecidas.
—¿Qué hice durante esa semana fuera?
—No lo sé. Firmó su salida y se fue.
Miré mi muñeca instintivamente. No estaba mi Patek Philippe de cien mil dólares.
En su lugar: una pulsera de oro con un pequeño corazón.
La toqué con dedos temblorosos.
—¿Esto estaba conmigo cuando llegué?
—No la recuerdo de su primera estadía. Debe haberla conseguido durante la semana fuera.
Pero no recordaba haberla conseguido. No recordaba nada.
¿Por qué tenía una pulsera de mujer? ¿Y por qué, al tocarla, sentía una opresión en el pecho?
—Necesito hacer una llamada.
Trevor Harding respondió al segundo timbre.
—¿Quién habla?
—Soy yo, Trevor. Hospital General. Necesito que vengas. Ahora. Con el equipo.
Silencio. Luego:
—Señor Blackwood... Cristo. Pensamos que estaba muerto. Lo buscamos por todas partes. Su primo ya declaró...
—¿Mi primo declaró qué?
—Que después de treinta días desaparecido, era razonable asumir que murió en el atentado. Iba a pedir declaración legal de muerte esta semana.
Hijo de puta.
—¿Quién dirige las operaciones?
—Su primo, señor. Richard asumió control hace tres semanas.
Richard. Siempre segundo en la línea de sucesión. Siempre resentido.
—Estaré ahí en quince minutos.
Media hora después, tres SUVs negras bloqueaban la entrada del hospital. Diez hombres armados llenaron el pasillo.
Trevor entró primero. Cuando me vio, se detuvo en seco.
—Señor Blackwood. Me disculpo. Debí buscarlo más tiempo.
—No es tu culpa. ¿Quién me atacó en el muelle?
—Los Kozlov son los principales sospechosos. Eliminaron a todo su equipo esa noche.
—Alguien me salvó —dije, tocando la pulsera—. Me sacó de ahí. Pagó mi cuenta. Desapareció.
—¿Tiene idea de quién?
—No. Pero vamos a averiguarlo. Mientras tanto, necesito volver a casa.
—Su casa ha sido ocupada por su primo, señor.
—Entonces vamos a desocuparla. Hoy mismo.
La mansión Blackwood se alzaba en las colinas. Diez mil metros cuadrados de poder y legado.
Mi legado.
Los guardias palidecieron cuando vieron mi convoy.
—¿Dónde está Richard?
—En el estudio, señor. Con su madre y el abogado.
Abrí las puertas sin tocar.
Richard estaba sentado en mi escritorio. Mi tía Victoria en el sofá. El licenciado Morrison junto a la ventana.
Los tres se congelaron.
—Damián —Richard se puso de pie tan rápido que su silla cayó—. Estás vivo.
—¿Decepcionado, primo?
—¡No! Solo sorprendido. Pensamos...
—Pensaron conveniente que estuviera muerto —interrumpí—. Y decidieron tomar lo que es mío.
—Alguien tenía que dirigir el imperio —intervino Victoria con voz cortante.
—Qué oportuno para ti y tu hijo.
Ella palideció.
Me volví hacia Morrison. —¿Ya se leyó el testamento de mi padre?
—Esperábamos la declaración de tu muerte. Pero dado que regresó, podemos proceder ahora.
—Hazlo.
Morrison sacó el documento con manos temblorosas.
—El imperio Blackwood pasa a su hijo, Damián Blackwood, con una condición: debe contraer matrimonio dentro de un año desde la muerte de su padre. Si no lo hace, el imperio pasa a Richard Blackwood.
Silencio absoluto.
—¿Matrimonio? —repetí lentamente—. Mi padre condicionó mi herencia a que me case.
—Tenía la creencia de que un hombre casado era más estable. Dado que murió hace cinco meses, tiene aproximadamente siete meses para cumplir la condición.
Richard y Victoria intercambiaron miradas calculadoras.
—¿Y para ustedes? —pregunté con frialdad—. ¿Qué dejó para su querida hermana y su hijo?
Morrison revisó. —Para Victoria: quinientos mil anuales de por vida. Para Richard: Blackwood Industries, valorada en cincuenta millones.
Cincuenta millones. Una fortuna.
Pero nada comparado con los miles de millones que yo heredaría.
—Entiendo —dije—. A menos que me case en siete meses, Richard hereda todo.
—Damián, no es así...
—Cállate —ordené con voz que hizo retroceder a todos—. Ambos saben exactamente cómo es. La única pregunta es: ¿qué tan desesperados están porque yo fracase?
—Eso es un insulto —dijo Richard sin sostener mi mirada.
—Es una pregunta válida. Considerando que el atentado fue curiosamente conveniente. Que mis guardias fueron reemplazados último minuto. Que alguien sabía exactamente dónde estaría.
El silencio se volvió denso.
—Voy a descubrir quién organizó ese atentado —continué—. Y cuando lo haga, van a desear que los Kozlov los hubieran matado primero.
Caminé hacia el escritorio. Richard retrocedió.
—Ahora salgan de mi casa. Tienen una hora para largarse.
Se fueron. Trevor cerró la puerta.
Me quedé solo en el estudio de mi padre, mirando los documentos que determinaban mi futuro.
Casarme en siete meses o perderlo todo.
Toqué la pulsera. El pequeño corazón brilló bajo la luz.
¿De dónde saliste? ¿Quién eres?
SEMANAS DESPUÉS
Me encerré en el trabajo. Consolidé poder. Eliminé traidores. Reconstruí operaciones. Envié mensajes a los Kozlov: Damián Blackwood estaba vivo.
Pero en las noches, solo en mi oficina del piso 60, me descubría tocando la pulsera.
Preguntándome qué hice durante esas seis semanas. A quién conocí. Por qué me sentía incompleto.
Trevor entró una tarde con una carpeta.
—El informe que pidió, señor.
Lo había puesto a investigar quién me salvó.
Abrí la carpeta.
—Según nuestra investigación, la persona que pagó su cuenta está ligada a la familia Santoro.
Santoro. El nombre resonó sin razón.
—¿Los Santoro? ¿Por qué me salvarían?
—No lo sé. Pero Rodrigo Santoro, el líder, murió hace cuatro semanas. Asesinado en su fiesta de cumpleaños.
Cuatro semanas. Cuando yo estaba sin memoria.
—¿Quién dirige ahora?
—La hija menor, Valentina. La hija mayor, Adriana, murió hace días. Emboscada. Fuentes confirman su muerte.
Adriana.
El nombre me golpeó el estómago. Sin razón. Sin lógica. Pero dolió.
—¿Pudo haber sido ella quien me salvó?
—Es posible. Una mujer joven lo dejó en el hospital. Cara cubierta. Pero el tiempo coincide.
Toqué la pulsera. Giré el pequeño corazón.
¿Era tuya?
—Quiero conocer a Valentina Santoro —dije de repente.
Trevor pareció sorprendido.
—Si su hermana me salvó, le debo una deuda a la familia. Es cuestión de honor. Y necesito respuestas sobre esas seis semanas.
—Los Santoro están teniendo problemas. Pérdidas, traiciones. Podrían ser inestables.
—Por eso mismo. Una alianza con los Blackwood los fortalecería. Organiza una reunión. Esta semana.
Trevor asintió.
Cuando se fue, me quedé mirando la ciudad desde mi ventana. En algún lugar ahí afuera había respuestas. Y tal vez Valentina Santoro podría darme algunas. Toqué la pulsera otra vez.
Quien seas, pensé, gracias por salvarme. Y perdóname por no poder recordarte.







