Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Valentina.
Finalmente lo tenía todo. Me recliné en la silla de cuero detrás del escritorio que alguna vez fue de Rodrigo Santoro, saboreando el whisky de cincuenta años que él guardaba para "ocasiones especiales".
Esta era definitivamente una ocasión especial.
Cada sorbo sabía a victoria. A justicia. A todo lo que debería haber sido mío desde el principio.
Mi padrastro estaba muerto. Mi hermanastra también. Y yo controlaba un imperio construido sobre sus cadáveres.
Perfecto.
—¿Estás seguro? —pregunté sin levantar la vista del vaso, mirando a Marcos parado frente a mí como el perro obediente que resultó ser.
Marcos. El "leal" hombre de confianza de Rodrigo. La mano derecha que por años fingió devoción inquebrantable mientras se acostaba con mi madre en secreto.
Qué fácil había sido comprarlo. Poder, dinero, y a Camila sin tener que esconderse. Eso fue todo lo que necesitó para traicionar décadas de lealtad.
Los hombres son tan predecibles.
—Completamente seguro, señorita Santoro —respondió con esa voz profesional que usaba cuando había sangre en sus manos—. Adriana Santoro está muerta. Paolo la llevó directamente a la emboscada como planeamos.
Paolo. Tres millones de dólares fue su precio por asegurarse de que la perfecta Adriana no saliera viva de esa bodega.
Barato, considerando lo que obtuve a cambio.
—¿Y Paolo?
—Muerto también. Como acordamos. Sin testigos.
—Bien. ¿Sufrió?
Marcos vaciló un segundo. —Sí.
Sonreí. Bien. Paolo merecía sufrir por todas esas veces que me miró con desprecio cuando yo era la "otra" hija. La que no merecía el apellido Santoro.
—¿Y tienes prueba?
Marcos colocó una pequeña urna de cerámica sobre el escritorio. Barata. Común. Exactamente lo que Adriana merecía.
Tomé la urna entre mis manos. Tan liviana. Tan insignificante.
Toda la perfecta Adriana Santoro—la hija favorita, la heredera elegida, la niña de los ojos de papá—reducida a menos de dos kilos de polvo gris.
Reí. No pude evitarlo. Una risa baja que salió desde lo más profundo de mi pecho.
—¿Sabes cuántos años esperé este momento, Marcos? —pregunté, acariciando la urna—. ¿Cuántas noches me quedé despierta imaginando formas de destruirla?
—Señorita...
—Cada cumpleaños donde papá la miraba con ese orgullo asqueroso. Cada reunión donde los jefes la respetaban a ella y me ignoraban a mí. Cada maldita vez que escuché "Adriana es especial, Valentina. Ella tiene el corazón de su madre".
Apreté la urna con fuerza. —Pues ahora ese corazón especial está aquí. En cenizas. Donde debió estar desde el principio.
Le devolví la urna a Marcos. —Arrójalas por el inodoro. Esa perra no merece ni un funeral. Y cuando pregunten, diremos que fue un ataque de enemigos. Los mismos que mataron a Rodrigo, probablemente. Tan trágico.
—¿Y si alguien investiga?
—¿Quién? —respondí con desdén—. ¿El tío Marcos? Está en mi bolsillo. ¿Santiago Cruz? Lo tengo vigilado. ¿Los jefes? La mitad me teme, la otra mitad me necesita. Adriana está muerta, y con ella, cualquier lealtad patética que le tuvieran.
Vi algo cruzar el rostro de Marcos. ¿Remordimiento? ¿Duda?
—¿Tienes algún problema, Marcos? —pregunté con voz peligrosamente suave—. ¿Te arrepientes de tu decisión?
—No, señorita. Solo...
—¿Solo qué?
—Rodrigo la amaba. A Adriana. Realmente la amaba.
—Lo sé —respondí con una sonrisa fría—. Y por eso tenía que morir. Porque mientras estuviera viva, siempre sería su favorita. Siempre sería la "verdadera" Santoro. Y yo siempre sería la hija de repuesto. La que no importaba.
Me puse de pie, caminando hacia la ventana. —Pero ahora todo cambió. Ahora yo soy la única Santoro que queda. Y el imperio es mío. Como siempre debió ser.
Marcos asintió y se fue con la urna.
Cuando la puerta se cerró, dejé salir una risa que había estado conteniendo durante años.
Había funcionado. Todo había funcionado perfectamente.
El disparo a Rodrigo en su propia fiesta, tan bien ejecutado que nadie sospechaba de mí. Los ataques coordinados a los casinos de Adriana, diseñados para hacerla parecer débil e incompetente. Y finalmente, la emboscada.
Rápida. Limpia. Definitiva.
Y lo mejor de todo: Adriana murió creyendo que su hermana la amaba. Qué idiota.
Los días siguientes fueron embriagadores.
Los ataques cesaron como magia. Las pérdidas se detuvieron. Las operaciones fluyeron sin problemas.
Los jefes notaron. Por supuesto que notaron.
Ricardo Vega fue el primero en atreverse a cuestionar.
—Con respeto, señorita Santoro —dijo en una reunión dos semanas después—, algunos tenemos preocupaciones sobre lo... conveniente de estos eventos. Su hermana muere y de repente todo funciona perfectamente...
Coloqué mi Glock sobre la mesa. Casualmente. Como quien pone un cenicero.
—¿Estás insinuando algo, Ricardo?
Vi el miedo en sus ojos. Delicioso.
—Solo que es... conveniente.
—La vida es conveniente para los que están preparados para aprovechar oportunidades —respondí, acariciando el arma—. Mi hermana, que en paz descanse, era demasiado blanda. Demasiado compasiva. Demasiado... humana. —Sonreí sin humor—. Yo no tengo ese problema.
—Eso está claro —murmuró alguien.
La reunión continuó sin más interrupciones.
Tres días después encontraron a Ricardo Vega en el maletero de su Mercedes. Bala en la nuca. Manos atadas. Lengua cortada.
El mensaje fue recibido con claridad cristalina: no cuestionen a Valentina Santoro.
Resultó que la gente respeta a quien está dispuesta a hacer lo necesario. Y yo estaba dispuesta a hacer cualquier cosa.
Familias enteras desaparecieron cuando me cruzaron. Traidores flotaron en el río. Los enemigos aprendieron rápido que yo no era mi hermanastra.
Yo no tenía ese corazón blando que había hecho a Adriana tan predecible. Tan manipulable. Tan fácil de matar.
El imperio era mío. Finalmente.
Y entonces recibí la llamada que lo haría aún mejor.
—Señorita Santoro —dijo mi secretaria—, tiene una llamada de la oficina de Damián Blackwood.
El nombre me hizo pausar con la copa a medio camino de mis labios.
Damián Blackwood. El heredero del imperio de armas más poderoso del continente. El hombre que había estado "muerto" durante semanas.
¿Por qué me estaba llamando?
—Pásala.
Un hombre con acento británico habló: —Señorita Santoro, el señor Blackwood solicita una reunión para discutir un asunto de mutuo beneficio.
Mutuo beneficio. Interesante.
—¿Cuándo?
—Mañana, si es posible. En sus oficinas.
Una reunión con Damián Blackwood. Esto podía ser peligroso.
O podía ser exactamente lo que necesitaba.
Una alianza con los Blackwood no solo consolidaría mi posición. Me haría intocable. Me daría más poder del que Adriana jamás soñó tener.
—Acepto. Mañana a las dos.
Cuando colgué, sonreí.
El universo seguía recompensándome por eliminar a mi hermanastra.
Me vestí con cuidado. Armani negro. Louboutin rojos. Maquillaje perfecto. Cabello impecable.
La imagen de sofisticación, control y peligro apenas contenido.
Las oficinas Blackwood eran impresionantes. Piso 60. Vistas que te recordaban cuán insignificante eras.
Y detrás del escritorio estaba él.
Damián Blackwood en persona.
Las fotos no le hacían justicia. Alto, probablemente uno noventa. Traje gris que costaba lo que un auto de lujo. Ojos azules penetrantes que veían a través de mentiras.
Me estudió con la misma intensidad que yo a él.
Dos depredadores evaluándose.
—Señorita Santoro. Gracias por venir.
—Señor Blackwood. Su llamada fue inesperada.
Me sirvió whisky y fue directo al grano.
—Hace seis semanas fui atacado en un muelle. Alguien me salvó esa noche. Me llevó a un hospital. Pagó mi cuenta anónimamente.
Mi pulso se aceleró. ¿A dónde iba esto?
—Mis investigadores dicen que esa persona estaba ligada a tu familia. —Sus ojos azules me perforaron—. Fuiste tú, ¿verdad? Tú me ayudaste.
Estaba confundida. ¿Yo? No tenía idea...
Entonces lo vi.
En su muñeca. Brillando bajo la luz de la oficina.
Una pulsera de oro delgada con un pequeño corazón.
La pulsera de Adriana.
La reconocería en cualquier parte. La baratija que mi hermanastra había recibido de su madre muerta. Que cuidaba obsesivamente. Que nunca, nunca se quitaba.
Excepto que ahora estaba en la muñeca de Damián Blackwood.
Mi mente corrió a velocidad de la luz.
Adriana había salvado a alguien en el muelle hace seis semanas. Recuerdo la discusión. Recuerdo cómo Rodrigo estaba furioso con ella.
¿Había sido Damián Blackwood?
¿Y por qué demonios tenía su pulsera?
A menos que...
Oh.
Esto era mejor de lo que había planeado.
—Sí —mentí suavemente, sosteniendo su mirada—. Fui yo.
Sus ojos se entrecerraron. Buscando mentiras.
—Estaba coordinando un envío en el muelle norte —inventé—. Escuché disparos del muelle adyacente. Cuando todo terminó, fui a investigar. Te encontré apenas respirando. No podía dejarte ahí.
—¿Por qué el anonimato?
—Estaba en un muelle coordinando un envío ilegal de coca —respondí con sonrisa irónica—. No exactamente el momento para dar mi nombre a las autoridades.
Él asintió lentamente, tocando distraídamente la pulsera.
La pulsera de Adriana. ¿Qué hiciste, hermanita? ¿Te acostaste con él?
La idea me llenó de satisfacción perversa.
—¿Sabes qué pasó hace dos semanas? —preguntó—. Desperté del coma sin memoria. Un mes entero borrado. Y hay ocho días que simplemente no existen en mi mente.
Ocho días. Exactamente cuándo Adriana había desaparecido de los casinos.
Oh, Adriana. Qué conveniente.
—Te cuidé esos días —mentí sin pestañear—. No tenías a dónde ir. No recordabas quién eras. Te llevé a un lugar seguro. Te di ropa, comida. Esperaba que recuperaras la memoria.
—¿Y?
—Una mañana desperté y no estabas. —Dejé que la decepción tiñera mi voz—. Pensé que habías recuperado la memoria. Te busqué, pero no encontré rastro. Asumí que volviste a tu vida.
Había dudas en sus ojos. Preguntas no formuladas.
Pero también necesidad. Necesidad de respuestas. Necesidad de llenar ese vacío.
Finalmente asintió.
—Como te debo la vida, quiero ofrecerte algo. Me casaré contigo.
Mantuve mi expresión neutral, aunque por dentro estaba gritando de alegría.
—¿Perdón?
—Mi padre condicionó mi herencia a que me case dentro de un año. Tú necesitas consolidar tu posición en el negocio familiar. Un matrimonio entre Blackwood y Santoro te daría legitimidad, protección, recursos.
—Suena muy transaccional.
—Porque lo es. No te estoy ofreciendo amor. Solo un matrimonio de conveniencia. Un acuerdo de negocios. —Hizo una pausa—. La alternativa es diez millones de dólares. Y nunca volvemos a hablarnos.
Diez millones era mucho dinero. Pero el matrimonio me daría algo que el dinero no podía comprar: poder absoluto. Nadie se atrevería a tocarme. Sería intocable. Y todo porque mi estúpida hermanastra había salvado al hombre equivocado en el momento perfecto. Había compartido su cama. Había dejado su pulsera. Y ahora yo recogería los beneficios.
La ironía era tan deliciosa que casi me hizo reír.
—Acepto —dije, extendiendo mi mano—. El matrimonio.
Él la tomó. Firme. Sellando nuestro destino.
—Excelente. Mis abogados prepararán un acuerdo prenupcial. Términos claros. Todo profesional.
Me puse de pie. Él me acompañó a la puerta.
—Una cosa más. —Levantó su muñeca mostrando la pulsera—. Estaba conmigo cuando desperté la segunda vez. No recuerdo cómo la conseguí. ¿Me la diste tú?
Podía reclamarla como mía. Pero si Adriana se la había dado en esos ocho días perdidos, si significaba algo...
—No —mentí suavemente—. No es mía. Tal vez la encontraste en algún lugar.
Él la miró por un largo momento. —Tal vez.
Pero no sonaba convencido.
Salí del edificio Blackwood prácticamente flotando. En menos de una hora había asegurado un matrimonio con el hombre más poderoso en nuestro mundo.







