CAPÍTULO 4

POV Adriana.

La mansión Santoro se veía diferente a la luz del día. Menos imponente. Más vacía. Como si la muerte de papá hubiera drenado la vida de sus paredes.

Estacioné mi auto y me quedé sentada por un momento, respirando profundo, componiendo la máscara que necesitaba usar. La hija fuerte. La heredera digna.

La mujer que definitivamente no acababa de huir de la cama de un desconocido.

No pienses en él. Eso terminó. Enfócate.

Salí del auto antes de que pudiera cambiar de opinión y regresar.

La puerta se abrió antes de que pudiera tocar. Valentina estaba ahí, vestida de negro, con lágrimas perfectamente colocadas.

—Adriana. ¿Dónde estabas? Te he estado llamando durante días.

—Necesitaba espacio —respondí, pasando junto a ella.

—Todos necesitamos espacio —replicó Camila desde el estudio—. Pero hoy no es el día para desaparecer. El licenciado Fuentes llegará en una hora.

Una hora antes de descubrir si papá realmente había cumplido su promesa interrumpida.

Me vestí con un traje negro de pantalón. Recogí mi cabello en un moño estricto. Me maquillé para esconder las ojeras.

La mujer en el espejo se veía fuerte. Controlada. Lista.

Era mentira.

Cuando bajé, el licenciado Fuentes ya estaba sentado detrás del escritorio de papá. Valentina y Camila en los sillones. El tío Marcos de pie junto a la ventana.

Todos me miraron cuando entré.

—Adriana. Siéntate, por favor.

Me senté, manteniendo la espalda recta. Calmada. Controlada.

—Empecemos.

Fuentes leyó: A Camila, la mansión y cinco millones. A Valentina, diez millones, el Casino Royal, propiedades en Miami.

Generoso. Pero no era el imperio.

—Y a mi hija, Adriana Santoro, le dejo el control total y absoluto de la organización Santoro. Todos los casinos excepto el Royal. Todas las rutas. Todos los contactos. Todas las operaciones. Ella es, a partir de este momento, la cabeza de la familia.

Silencio. El tipo de silencio que precede a las tormentas.

—¿Eso es todo? —La voz de Valentina cortó el aire como un cuchillo—. ¿Ella se queda con todo?

—Rodrigo fue muy claro —interrumpió Fuentes—. La decisión es final.

Valentina me miró con ojos llenos de odio mal disimulado.

—Felicidades, hermanita. Espero que sepas en qué te estás metiendo.

Salió dando un portazo. Camila la siguió con una mirada imposible de descifrar.

—¿Estás lista para esto? —preguntó Marcos cuando nos quedamos solos.

—No. Pero lo haré de todas formas.

La carta de papá esperó hasta que estuve sola.

"Mi querida Adriana, si estás leyendo esto, significa que fracasé en protegerte. No te pido perdón por esta carga. Te preparé desde niña y estoy orgulloso de ti. Valentina es inteligente, pero ambiciosa de la forma equivocada. Ve el imperio como poder. Tú lo ves como responsabilidad. Esa diferencia lo es todo. Habrá traiciones. Momentos en que querrás renunciar. No lo hagas. Confía en Marcos. Confía en tu instinto. Y nunca confíes completamente en nadie más. Te amo, hija. Cuida mi legado. Pero más importante, cuídate a ti misma. Tu padre, Rodrigo."

Las lágrimas finalmente cayeron. Guardé la carta cerca de mi corazón.

—Lo haré, papá. Te lo prometo.

El Casino Diamante era el corazón de las operaciones. Esa noche llegué con Marcos. Quince jefes de operaciones esperaban. Quince hombres que ahora, supuestamente, respondían ante mí.

Vi evaluación en sus ojos. Duda. Desprecio.

—Caballeros. Gracias por venir.

—No tuvimos opción —dijo Ricardo Vega, cicatriz en la mejilla, reputación brutal—. Tu padre nos convocaba, veníamos. Supongo que ahora funciona igual.

—Supones correcto.

—Con respeto, señorita Santoro —intervino Felipe Cortés—, algunos tenemos preocupaciones sobre esta transición.

—¿Qué tipo de preocupaciones?

—Del tipo que involucra experiencia —dijo Vega directamente—. Has trabajado en operaciones, sí. Pero nunca has dirigido. Nunca has tomado las decisiones... difíciles.

Dejó la frase colgando. Nunca has ordenado una ejecución.

—Mi padre confió en mí lo suficiente para dejarme todo. La pregunta es: ¿ustedes confiarán en su juicio?

—Rodrigo era un gran hombre. Pero incluso los grandes hombres cometen errores.

—Entiendo sus dudas —dije, mirando a cada uno—. Pero déjenme ser clara: voy a dirigir este imperio. Con ustedes o sin ustedes. Preferiría que fuera con ustedes.

—Yo estoy contigo, Adriana —dijo Santiago Cruz, jefe de seguridad—. Tu padre me salvó la vida. Le debo eso a su hija.

—Yo también —añadió otro.

Pero no todos estaban convencidos. Vi las miradas que intercambiaron Vega y otros tres.

La mitad conmigo. La otra mitad esperando que fracasara.

—Reunión terminada. Espero cooperación total.

Cuando la sala quedó vacía excepto por Marcos, dejé salir el aliento contenido.

—Fue mejor de lo que esperaba.

—La mitad quiere verme caer.

—La mitad es mejor que todos.

Ojalá hubiera tenido su optimismo.

Los problemas comenzaron tres días después.

Ataque coordinado a dos bodegas. Cien kilos desaparecidos. Tres hombres muertos.

Casino Esmeralda robado. Quinientos mil de las bóvedas.

Incendio en un almacén. Dos millones en humo.

Todo en la misma semana.

—Alguien está orquestando esto —dije, estudiando reportes.

—¿Vega?

—O alguien que conoce nuestras operaciones por dentro.

Las semanas siguientes fueron una pesadilla. Cada vez que apagaba un fuego, dos más comenzaban. Rutas perdidas. Contactos desaparecidos. Dinero volatilizado.

No dormía. Apenas comía. Valentina llamaba ofreciendo ayuda condescendiente. Camila sugería "opciones alternativas de liderazgo". El consejo murmuraba que Rodrigo se había equivocado.

Y yo empezaba a creerlo.

En los momentos más oscuros, a las tres de la mañana, rodeada de reportes de pérdidas, mi mente vagaba hacia él.

Zeus.

Me preguntaba si había encontrado su investigador. Si pensaba en mí. No importa. Eso terminó. Enfócate, me repetía. Pero en mis sueños, todavía escuchaba su voz diciéndome que era más fuerte de lo que creía.

TRES SEMANAS DESPUES.

La llamada llegó a medianoche.

—Tenemos algo —dijo Santiago, urgente—. Un tipo infiltrándose en la bodega del este. Capturado. Pide hablar contigo. Dice que tiene nombres.

Nombres. Finalmente.

—Voy para allá.

—Adriana, podría ser trampa...

—Llevo tres semanas persiguiendo fantasmas. Si hay chance de respuestas, lo tomo.

Paolo, guardia personal de papá, me acompañó.

—Señorita, si esto es trampa...

—Lo sé, Paolo. Pero necesito respuestas.

La bodega del este estaba en un distrito industrial abandonado. Lugar perfecto para emboscada.

Debí haberlo sabido.

Luces apagadas. Demasiado silencio.

—Algo está mal —murmuró Paolo.

Las primeras balas silbaron antes de reaccionar. Paolo me empujó detrás del auto mientras el vidrio explotaba.

—¡Es trampa! —gritó, disparando—. ¡Adriana, sal de aquí!

—¡No te dejo!

—¡No es opción! —Me miró desesperado—. Alguien te quiere muerta. Alguien lo suficientemente cerca para saber todos tus movimientos.

Más disparos. Sangre floreció en su hombro.

—¡Escúchame! Tu padre me hizo prometer que te protegería. ¡Cumple tu parte! ¡Corre!

—No puedo...

—¡Valentina! —escupió el nombre—. Tiene que ser ella. Nadie más tiene acceso. Nadie más se beneficia de tu muerte.

Valentina. Mi hermanastra.

Por supuesto.

Una bala rozó mi muslo. Dolor agudo.

—¡Vete! —Paolo me empujó hacia el callejón—. ¡Yo los distraigo! ¡Corre!

Los disparos se intensificaron. Vi a Paolo levantarse, exponerse, gritando para llamar atención.

Dándome tiempo.

Corrí.

Cada paso era agonía. Mi pierna gritaba. La sangre hacía resbalar mi zapato.

Pero corrí.

Escuché el grito de Paolo. Luego silencio.

Estaba muerto.

Otro hombre bueno muerto por protegerme.

Seguí corriendo, lágrimas mezclándose con sudor, hasta llegar a una calle con tráfico. Detuve un taxi.

—Sácame de la ciudad y te daré más dinero del que has visto.

El conductor vio mi arma y asintió. Me desplomé en el asiento trasero, presionando mi chaqueta contra la herida. Papá, pensé mientras la oscuridad jalaba, no sé si puedo hacer esto. Pero la voz que respondió no era la de papá. Era una voz ronca con ojos azules diciéndome que era más fuerte de lo que creía.

Zeus.

Y de alguna forma, eso fue suficiente para mantenerme consciente.

Para seguir luchando. Para sobrevivir un día más.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP