Mundo ficciónIniciar sesiónAdriana Rojas aprendió desde muy joven que el amor puede ser un arma letal. Tras una traición que la marcó para siempre, juró no volver a entregar su corazón y convirtió el dolor en ambición. Dejó atrás su pueblo y construyó una nueva identidad en la ciudad: elegante, calculadora y dueña de sí misma. Pero su vida, tejida con control y apariencias, comienza a resquebrajarse cuando se cruza con dos hombres que pondrán a prueba su promesa. Carlos Serrano, un investigador obsesionado con resolver una serie de asesinatos de élite, ve en Adriana mucho más de lo que ella quiere mostrar. Mientras Carlos se adentra en un caso donde las víctimas parecen conectadas por hilos invisibles de poder, pasión y engaño, descubre que la mujer que lo obsesiona podría estar más cerca del peligro de lo que imagina… o ser parte de él. Entre la seducción, la ambición y la oscuridad, "Rezo Invertido" es un thriller psicológico y romántico donde las apariencias engañan, el amor se confunde con el poder, y cada sombra esconde una verdad mortal.
Leer másSan Gregorio era un pueblo detenido en el tiempo. Un puñado de casas de adobe y techos de lata se extendían alrededor de la plaza central, donde la iglesia imponía su sombra. Las calles eran de tierra, y en verano levantaban un polvo que se pegaba a la piel como si quisiera marcar a todos con el mismo color ocre. Los hombres trabajaban en el campo, las mujeres cuidaban el hogar y la reputación era la moneda más valiosa: se respetaba a quien tenía apellido, dinero y familia completa. Los que no cumplían esas reglas eran mirados como extraños, aunque hubieran nacido allí.
Marta, la madre de Adriana, sabía bien lo que era cargar con la mirada ajena. Su marido la había abandonado cuando ella apenas era una mujer joven. Desde entonces, trabajó de sol a sol lavando ropa ajena, cosiendo para las vecinas o limpiando casas. Lo hacía con dignidad, pero en San Gregorio la dignidad no bastaba: lo que importaba era el juicio colectivo y el juicio sobre Marta era implacable: “mujer sin marido, mujer perdida”. Adriana creció bajo esa sombra. Era una niña de cabello oscuro, ojos verdes profundos y un silencio que la envolvía siempre. Desde pequeña escuchaba a su madre repetir, casi como un rezo invertido: -Nunca confíes en los hombres, Adriana. Ellos prometen, usan y después se van. Si quieres sobrevivir, hazlo sola… Las palabras se le quedaron grabadas como tatuajes invisibles. Aunque no entendía del todo lo que significaban, pronto descubrió que en el pueblo se encargaban de recordárselo cada día. En la escuela, los otros niños eran crueles. -Esa es la que no tiene papá - decían con risitas burlonas. - Seguro que su mamá es una cualquiera - añadían, repitiendo lo que escuchaban en sus casas. Adriana apretaba los labios y guardaba silencio. Sabía que, si respondía, se burlarían más. Aprendió a morderse la lengua, a caminar con la cabeza erguida, a fingir indiferencia mientras por dentro se desangraba. Cada burla era como una piedra que guardaba en el bolsillo de su memoria. No olvidaba nada. Por las noches, cuando Marta dormía, Adriana lloraba en silencio bajo las mantas. No lloraba por un padre ausente al que nunca conoció, sino por el peso de sentirse distinta, marcada, cuando solo deseaba ser una niña normal, como las de su pueblo y de las que tanto deseaba ser amiga. Sin embargo, cada mañana se levantaba con los ojos secos y el rostro serio. Frente al espejo rajado de su cuarto, practicaba la misma expresión de su madre: dura, desafiante, impermeable. Marta, al ver las lágrimas escondidas, la reprendía con dureza. -No les des el gusto de verte llorar. Si lloras, ellos ganan. Si te mantienes de pie, ellos pierden. ¿Me entendiste? Adriana asentía. Esa lección se le quedó grabada como un escudo invisible: nunca mostrar debilidad en público. La vida en San Gregorio era repetitiva. Los domingos, las campanas de la iglesia repicaban y el pueblo entero se reunía en misa. Marta rara vez asistía. -No necesito rezar junto a hipócritas - decía con desprecio. Esa decisión las aislaba aún más. Mientras las demás familias compartían sonrisas en la plaza, Marta y Adriana permanecían en casa, cocinando un guiso sencillo o lavando ropa. Adriana sentía curiosidad por la misa, pero aprendió a callar y seguir a su madre, sin replicar absolutamente nada. En ese aislamiento, encontró refugio en los libros. La biblioteca de la escuela era pequeña, pero para ella era un tesoro. Leía novelas, historias de lugares lejanos, relatos de ciudades con luces y avenidas anchas. Soñaba con escapar a esos mundos. Cuando se acostaba por la noche, imaginaba edificios altos, calles llenas de gente que no la conocían, universidades donde podía estudiar sin que nadie le preguntara quién era su padre, cuál era su apellido o que tan importante era su familia. Una tarde, la maestra pidió a cada alumno que dijera qué quería ser de grande. Los demás respondieron con oficios sencillos: costureras, carpinteros, agricultores, lo típico en aquel pueblo abandonado por Dios. Adriana esperó su turno y cuando todos la miraron, dijo con voz clara y decidida: -Quiero ser abogada… La sala estalló en risas. - ¿Y quién te va a pagar la universidad? - preguntó uno de sus compañeros. -Si ni papá tienes… - añadió otro con evidente burla. Adriana no bajó la cabeza. Los miró con firmeza, aunque por dentro se moría de vergüenza. Esa noche, en casa, se lo confesó a su madre. -Quiero estudiar en la universidad, quiero ser más, mucho más… Marta la miró en silencio, luego suspiró. -Eso cuesta dinero, hija. Mucho dinero y sabes que no lo tenemos – respondió con serenidad. -Entonces trabajaré. Pero lo voy a lograr, no dejare que ese condenado pueblo me consuma – dijo segura. El orgullo brilló un instante en los ojos de Marta, aunque enseguida lo cubrió el temor. Sabía que su hija no se conformaría con el destino del pueblo y que deseaba salir de ahí, conocer el mundo. Y conforme crecía, Adriana empezó a sentir el peso del rechazo en carne viva. A los trece años, intentó acercarse a un grupo de muchachas que hablaban de la fiesta patronal. - ¿Ya eligieron qué se van a poner? – preguntó Adriana humildemente. Las jóvenes la miraron con burla. Clara, la hija del boticario, contestó: - ¿Y tú vas a ir? ¿Con quién? Aquí nadie te va a invitar – dijo una del grupo de chicas. -Puedo ir sola - replicó Adriana sin dejar de verla a los ojos. Las carcajadas fueron crueles. Clara se inclinó hacia ella y murmuró: -Las que van solas… terminan como tu madre – dijo con maldad. Adriana tragó la humillación, se alejó de las chicas y decidió seguir con su día. Pero aquella frase se le clavó como espina. Esa noche, su madre la consoló con dureza: -No naciste para encajar, Adriana. Naciste para destacar y eso, es mil veces mejor, no lo olvides nunca… La fiesta llegó. Adriana se vistió con un traje cosido por Marta, hecho de retazos. Caminó sola a la plaza. Las miradas se clavaban en ella como cuchillos. Pedro, el hijo del alcalde, se acercó con sus amigos. - ¿Qué haces aquí sola? - preguntó con sorna. -Vine a disfrutar de la fiesta – Adriana respondió con la frente en alto. No dejaría que le arruinaran su gran noche. -Pues si quieres bailar, tendrás que esperar. Nadie quiere bailar con la hija de la Marta – dijo Pedro. Las risas explotaron. Adriana se retiró con la frente en alto, pero por dentro se rompía. Esa noche se juró que nunca más permitiría que la humillaran de ese modo, cuando el tiempo se lo permitiera, seria ella quien haría que ellos lamentaran todas aquellas humillaciones. El destino le tendió entonces un espejismo: Tomás, el hijo del hacendado. Era apuesto, con ropa impecable y una sonrisa encantadora. La primera vez que le habló fue en la biblioteca. - ¿Siempre lees tanto? - le preguntó. Ella respondió seca: -Me gusta leer – dijo y siguió con lo suyo. Pero Tomás no se alejó. Conversaron. Descubrieron afinidades. Adriana comenzó a sentir algo que nunca había sentido: ilusión. Se encontraban en secreto: junto al río, en la plaza al atardecer. Tomás la miraba como nadie lo había hecho antes. -Me gusta estar contigo, Adriana. No eres como las demás – le dijo viéndola a los ojos con un brillo especial o al menos, ella así lo creía. La primera vez que le tomó la mano, ella sintió que su corazón estallaba. Guardó esas palabras como un tesoro. Incluso llegó a escuchar de sus labios la frase que alimentó todos sus sueños: -Si pudiera, me casaría contigo – Y por un tiempo, Adriana creyó que el amor podía salvarla. Pero el pueblo no perdona. Los rumores corrieron como fuego: “La hija de la Marta quiere atrapar al hijo del hacendado.” La burla fue pública. En la iglesia, las muchachas cuchicheaban: -Quiso ser señora hacendada y la dejaron - Y el golpe final llegó en la plaza. Rodeado de sus amigos, Tomás la enfrentó. - Es mejor que no nos veamos más - Adriana lo miró incrédula. - ¿Y todo lo que me dijiste? - Tomás bajó la mirada. - Mi familia nunca lo aceptaría - Y se fue, mientras los demás reían. Adriana sintió que el mundo se derrumbaba. Esa noche, sola en su cuarto, lloró como nunca. Pero entre lágrimas se juró: -Nunca más volveré a dar mi corazón. Nunca más me dejaré humillar y nunca, jamás en la vida, volveré a confiar en un hombre… Lo que pudo ser su primera historia de amor se convirtió en la traición que selló su destino. El pueblo celebró su desgracia como si fuera un espectáculo y en medio de esa humillación, nació en Adriana algo nuevo: una ambición feroz, la certeza de que algún día saldría de San Gregorio y regresaría transformada en alguien imposible de ignorar. Las cicatrices invisibles que cargaba ya no eran heridas: eran el combustible de su futura grandeza.Carlos no supo que ese día iba a parecerse tanto a los demás.Y eso fue lo que lo hizo distinto.Se despertó sin una idea clara en la cabeza, sin una sensación que reclamara atención. El cuerpo respondió antes que el pensamiento: se incorporó, caminó, abrió una ventana. El aire entró con una temperatura exacta, ni fría ni cálida. Suficiente.Durante años había creído que los finales debían sentirse. Que algo tenía que marcar la diferencia entre el antes y el después. Una emoción más intensa, una certeza definitiva, una frase que ordenara todo.Ahora entendía que no.Algunas cosas terminan cuando dejan de necesitar ser nombradas.Carlos preparó café sin pensar en nada más. Observó el vapor elevarse lentamente, disiparse, desaparecer. No lo convirtió en metáfora. No pensó en el tiempo ni en la fugacidad. Simplemente miró.Había aprendido a no traducirlo todo.—Esto queda —pensó— Aunque no se diga.No había nadie esperando por él ese día. Ninguna llamada pendiente. Ningún compromiso impo
Carlos dejó de sentir que el futuro lo estaba empujando.No fue una decisión consciente ni un gesto de renuncia. Simplemente ocurrió. Un día se dio cuenta de que ya no vivía con la sensación constante de que algo estaba por venir y debía ser alcanzado. Durante años, esa presión había sido casi imperceptible, pero permanente: una expectativa difusa, una proyección continua hacia adelante.Ahora no.El futuro seguía existiendo, por supuesto, pero había perdido su carácter imperativo.—No tengo que llegar a nada —pensó— Solo seguir.Ese pensamiento, tan simple, habría sido impensable en otra etapa de su vida.Durante mucho tiempo, Carlos había vivido con la sensación de que el tiempo era un recurso escaso que debía ser utilizado con inteligencia. Cada etapa debía justificarse. Cada decisión tenía que abrir puertas. El descanso, incluso, debía ser productivo de alguna forma.Ahora el tiempo se le presentaba de otra manera: como un espacio habitable, no como una carrera.—El tiempo ya no m
Carlos descubrió que había días que no significaban nada.No en el sentido de vacío o pérdida, sino en un sentido más radical: no empujaban la historia hacia ningún lugar, no cerraban ciclos, no abrían preguntas nuevas. Simplemente ocurrían. Y durante mucho tiempo, eso le habría parecido insoportable.Antes, cada día tenía que sostener algo. Una decisión. Un conflicto. Una responsabilidad. Un avance. El tiempo era una flecha. Siempre apuntaba a un objetivo, aunque ese objetivo fuera solo mantenerse en pie.Ahora no.El día comenzaba sin urgencia y terminaba sin balance.—Hoy no pasó nada —pensó una mañana— Y no sentí la necesidad de que pasara.Esa constatación fue extraña. Casi inquietante. Pero no negativa.Durante años había creído que una vida sin acontecimientos visibles era una vida desperdiciada. Que lo valioso debía dejar marca, mover algo, alterar el curso de lo que existía antes.Ahora estaba viviendo días que no alteraban nada.Y, paradójicamente, se sentía más presente que
Carlos se dio cuenta de que llevaba tiempo sin ser observado. No fue una revelación repentina, sino un descubrimiento progresivo: un día advirtió que nadie esperaba su opinión, que ningún correo llevaba su nombre en copia, que su teléfono no sonaba por asuntos urgentes. Nadie medía su día por el suyo. Nadie necesitaba su firma, su aprobación, su intervención. Y, sorprendentemente, eso no lo entristeció. Al contrario, lo alivió. —La vida sin público —pensó— es más silenciosa… pero también más verdadera. Durante años había habitado espacios donde cada gesto era leído. Cada pausa, cada palabra, cada decisión tenía espectadores invisibles: jefes, colegas, subordinados, instituciones, incluso la propia conciencia burocrática. Vivir era representar. Ahora, por primera vez, no actuaba. Simplemente existía. El mundo no lo miraba. Y eso lo liberaba de la teatralidad que nunca había sabido que cargaba. Descubrió que el hábito de ser observado se filtra incluso en lo íntimo. D
Carlos aprendió que no todo silencio es vacío. Durante mucho tiempo había asociado el silencio con omisión, con cobardía, con incapacidad de intervenir. En su vida anterior, callar era sinónimo de complicidad. Había aprendido a desconfiar del silencio porque sabía cuántas veces había sido utilizado para sostener lo injusto. Ahora estaba descubriendo otra forma de callar. Un silencio que no escondía. Un silencio que no evitaba. Un silencio que no se protegía a sí mismo. —No todo lo que no digo es por miedo —pensó— Algunas cosas no necesitan ser dichas para existir. Ese cambio fue lento. No ocurrió de un día para otro. Durante meses, Carlos se sorprendió a sí mismo buscando palabras donde no hacían falta. Frases que explicaran, que contextualizaran, que dieran seguridad a otros —y a él mismo—. Había vivido demasiado tiempo en un mundo donde hablar era una forma de control. Ahora debía aprender a soltar incluso eso. El lenguaje había sido su herramienta más precisa. Co
Carlos tardó en comprender que lo más complejo no era irse.Lo verdaderamente difícil era vivir después, cuando ya no había una historia clara que contarse a sí mismo. Durante años, su vida había estado sostenida por relatos funcionales: el del deber, el del cargo, el del sacrificio necesario, el del hombre que hace lo que debe aunque no siempre le guste.Esos relatos habían ordenado el caos.Le habían dado sentido al cansancio.Le habían permitido tolerar contradicciones.Ahora no estaban.Y nadie los reemplazó.Al principio, Carlos creyó que ese vacío sería transitorio. Que con el tiempo aparecería otra narrativa, otra causa, otra estructura que le devolviera orientación. Pero el tiempo pasó y eso no ocurrió.No había una misión nueva.No había un enemigo visible.No había una épica posible.Solo quedaba vivir.Y Carlos no estaba acostumbrado a una vida sin argumento.—¿Esto es todo? —se preguntó más de una vez— ¿Días que no avanzan hacia nada?Esa pregunta no era desesperada. Era h
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