La tarde comenzó como tantas otras: Adriana sentada frente al espejo, repasando el delineado de sus ojos con precisión. La mujer que la devolvía la mirada desde el cristal era perfecta, calculada, diseñada para impresionar. Y, sin embargo, aquella tarde algo en su mente no encajaba del todo.
John la había llamado horas antes, con entusiasmo contagioso.
-Tengo una sorpresa para ti. Pasare por ti a las siete - le dijo, con esa mezcla de ansiedad y dulzura que siempre lo hacía parecer más jove