Capítulo 8

La tarde comenzó como tantas otras: Adriana sentada frente al espejo, repasando el delineado de sus ojos con precisión. La mujer que la devolvía la mirada desde el cristal era perfecta, calculada, diseñada para impresionar. Y, sin embargo, aquella tarde algo en su mente no encajaba del todo.

John la había llamado horas antes, con entusiasmo contagioso.

-Tengo una sorpresa para ti. Pasare por ti a las siete - le dijo, con esa mezcla de ansiedad y dulzura que siempre lo hacía parecer más joven de lo que era.

Adriana había sonreído, aunque en su interior se encendió un pequeño fastidio. No le gustaban las sorpresas. Prefería tener el control de cada escenario, cada palabra, cada gesto. Pero aceptó, porque sabía que el encanto de John residía, precisamente, en esa capacidad de improvisar.

Lo que no esperaba era que, mientras se retocaba el cabello y se colocaba los pendientes de plata, un recuerdo persistente se colara entre sus pensamientos: los ojos de aquel hombre en la exposic
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