Carlos descubrió que había días que no significaban nada.
No en el sentido de vacío o pérdida, sino en un sentido más radical: no empujaban la historia hacia ningún lugar, no cerraban ciclos, no abrían preguntas nuevas. Simplemente ocurrían. Y durante mucho tiempo, eso le habría parecido insoportable.
Antes, cada día tenía que sostener algo. Una decisión. Un conflicto. Una responsabilidad. Un avance. El tiempo era una flecha. Siempre apuntaba a un objetivo, aunque ese objetivo fuera solo mantenerse en pie.
Ahora no.
El día comenzaba sin urgencia y terminaba sin balance.
—Hoy no pasó nada —pensó una mañana— Y no sentí la necesidad de que pasara.
Esa constatación fue extraña. Casi inquietante. Pero no negativa.
Durante años había creído que una vida sin acontecimientos visibles era una vida desperdiciada. Que lo valioso debía dejar marca, mover algo, alterar el curso de lo que existía antes.
Ahora estaba viviendo días que no alteraban nada.
Y, paradójicamente, se sentía más presente que