La noche se desplegaba lenta sobre la ciudad cuando Carlos Serrano apagó el motor de su coche frente al Centro Cultural. El detective nunca había sido un hombre de asistir a exposiciones o eventos artísticos; su vida giraba en torno al trabajo, los expedientes y las interminables tazas de café que lo mantenían despierto en las madrugadas. Pero esa tarde, uno de sus colegas insistió tanto que no encontró excusa para negarse.
-Vamos, Serrano, necesitas un respiro…- le dijo Ramírez, un inspector