Carlos se dio cuenta de que llevaba tiempo sin ser observado.
No fue una revelación repentina, sino un descubrimiento progresivo: un día advirtió que nadie esperaba su opinión, que ningún correo llevaba su nombre en copia, que su teléfono no sonaba por asuntos urgentes. Nadie medía su día por el suyo. Nadie necesitaba su firma, su aprobación, su intervención.
Y, sorprendentemente, eso no lo entristeció.
Al contrario, lo alivió.
—La vida sin público —pensó— es más silenciosa…
pero también más verdadera.
Durante años había habitado espacios donde cada gesto era leído. Cada pausa, cada palabra, cada decisión tenía espectadores invisibles: jefes, colegas, subordinados, instituciones, incluso la propia conciencia burocrática. Vivir era representar.
Ahora, por primera vez, no actuaba.
Simplemente existía.
El mundo no lo miraba. Y eso lo liberaba de la teatralidad que nunca había sabido que cargaba.
Descubrió que el hábito de ser observado se filtra incluso en lo íntimo. D