Carlos se dio cuenta de que llevaba tiempo sin ser observado.
No fue una revelación repentina, sino un descubrimiento progresivo: un día advirtió que nadie esperaba su opinión, que ningún correo llevaba su nombre en copia, que su teléfono no sonaba por asuntos urgentes. Nadie medía su día por el suyo. Nadie necesitaba su firma, su aprobación, su intervención.
Y, sorprendentemente, eso no lo entristeció.
Al contrario, lo alivió.
—La vida sin público —pensó— es más silenciosa…
pero tambi