Carlos Serrano despertó antes de que el sol despuntara, como de costumbre. No necesitaba despertador: el hábito y la inquietud lo arrastraban de la cama antes de que el reloj marcara las seis. Se vistió con movimientos mecánicos (camisa blanca, pantalón oscuro, corbata floja) y se preparó un café demasiado cargado. El sabor amargo era su única compañía en la cocina silenciosa de su apartamento.
Su vida había llegado a reducirse a eso: rutinas solitarias, horas interminables de trabajo y noche