Carlos Serrano despertó antes de que el sol despuntara, como de costumbre. No necesitaba despertador: el hábito y la inquietud lo arrastraban de la cama antes de que el reloj marcara las seis. Se vistió con movimientos mecánicos (camisa blanca, pantalón oscuro, corbata floja) y se preparó un café demasiado cargado. El sabor amargo era su única compañía en la cocina silenciosa de su apartamento.
Su vida había llegado a reducirse a eso: rutinas solitarias, horas interminables de trabajo y noches donde el sueño se mezclaba con los rostros de víctimas que ya no podía olvidar.
Los casos recientes lo estaban consumiendo más que de costumbre. Cuatro hombres, todos de perfil similar: jóvenes, acomodados, bien conectados. Todos aparecieron muertos en circunstancias que dejaban más preguntas que respuestas. Ningún patrón claro, ningún testigo confiable. Las autopsias hablaban de intoxicaciones y colapsos repentinos, pero no había rastros evidentes de veneno convencional. Era como si alguien