John había pasado toda la tarde preparando su apartamento. Encendió velas en el salón, ordenó cada libro en la estantería y se aseguró de que el piano brillara bajo la luz tenue de la lámpara de pie. No era un hombre obsesivo con los detalles, pero esa noche quería que todo fuera perfecto. Quería que Adriana, al cruzar la puerta, sintiera que estaba entrando en un lugar seguro, pensado para ella.
Cuando finalmente sonó el timbre, John sintió el pulso acelerarse en su garganta. Abrió la puerta y allí estaba Adriana, con un vestido rojo que parecía hecho para contrastar con el blanco de las paredes. Su perfume llenó el aire de inmediato, mezclándose con el aroma del vino recién descorchado.
- Bienvenida - dijo él, con una sonrisa nerviosa.
- ¿Así recibes a todas tus invitadas? - preguntó ella, arqueando una ceja con diversión.
- Solo a las que quiero impresionar - El comentario, aunque torpe, logró arrancarle una pequeña risa.
Adriana entró, recorriendo el apartamento con la m