Carlos no supo que ese día iba a parecerse tanto a los demás.
Y eso fue lo que lo hizo distinto.
Se despertó sin una idea clara en la cabeza, sin una sensación que reclamara atención. El cuerpo respondió antes que el pensamiento: se incorporó, caminó, abrió una ventana. El aire entró con una temperatura exacta, ni fría ni cálida. Suficiente.
Durante años había creído que los finales debían sentirse. Que algo tenía que marcar la diferencia entre el antes y el después. Una emoción más intensa, una certeza definitiva, una frase que ordenara todo.
Ahora entendía que no.
Algunas cosas terminan cuando dejan de necesitar ser nombradas.
Carlos preparó café sin pensar en nada más. Observó el vapor elevarse lentamente, disiparse, desaparecer. No lo convirtió en metáfora. No pensó en el tiempo ni en la fugacidad. Simplemente miró.
Había aprendido a no traducirlo todo.
—Esto queda —pensó— Aunque no se diga.
No había nadie esperando por él ese día. Ninguna llamada pendiente. Ningún compromiso impo