Carlos no supo que ese día iba a parecerse tanto a los demás.
Y eso fue lo que lo hizo distinto.
Se despertó sin una idea clara en la cabeza, sin una sensación que reclamara atención. El cuerpo respondió antes que el pensamiento: se incorporó, caminó, abrió una ventana. El aire entró con una temperatura exacta, ni fría ni cálida. Suficiente.
Durante años había creído que los finales debían sentirse. Que algo tenía que marcar la diferencia entre el antes y el después. Una emoción más intensa, un