Mundo ficciónIniciar sesiónHace cinco años, Helena Dandelion fue traicionada por su primer amor, Franco Moretti, el heredero de la Mafia de Chicago, quien la acusó injustamente de espionaje y la echó embarazada. Ahora, Helena es una exitosa diseñadora de exteriores e interiores con una vida nueva y una hija secreta con los ojos de su traicionero amor. El destino la obliga a cruzar caminos con él cuando la familia Moretti la contrata para un proyecto de alto secreto. Franco, consumido por el arrepentimiento y la obsesión, cree que Helena es la única mujer que amará, pero se niega a admitir que lo que siente es más que posesión. Cuando la verdad sobre su hija sale a la luz, él tendrá que luchar contra sus propios demonios y su despiadado imperio para recuperarla.
Leer másEra un día soleado cuando Kisa caminaba por la calle en dirección a la parada de autobús, intentando calmar los nervios que le retumbaban en el pecho. Llevaba puesta una falda elegante y una camisa blanca de vestir, buscando proyectar un aire profesional pero cómodo. En sus manos llevaba una carpeta, con todos sus documentos importantes apretados con fuerza contra su pecho. Cada tanto, sus dedos tamborileaban sobre la cubierta, como si la presión de sostenerla la ayudara a mantenerse enfocada.
"Mi nombre es Kisa Maidana, tengo 23 años…" murmuraba en voz baja, repasando en su cabeza cómo iba a presentarse. Se repetía una y otra vez sus respuestas, practicando cómo sonaría todo: desde la presentación hasta la explicación de sus habilidades y de por qué creía que podía aportar algo a esa empresa tan distinguida.
No se había hecho muchas ilusiones cuando envió su solicitud en el área de "gestión de llamadas" en la prestigiosa empresa automotriz "Fankhauser Aether Motors". Honestamente, pensó que una llamada de vuelta era poco probable. Pero cuando la contactaron para una entrevista, se quedó tan sorprendida que apenas pudo balbucear su agradecimiento. Ahora estaba ahí, camino a esa oportunidad, con el corazón latiendo rápido y las manos un poco frías.
«Respira, Kisa. No te pongas más nerviosa. Solo… sé tú misma», se dijo, aunque la tranquilidad que intentaba darse no era tan fácil de alcanzar.
Tan absorta iba en sus pensamientos que no se dio cuenta de que alguien pequeño se acercaba a su lado. Sintió un tirón en la falda, algo que la hizo dar un respingo y dio un paso atrás con el corazón en la garganta. Bajó la vista rápidamente, con su mente aún en el modo de "entrevista importante", para encontrarse con una niña pequeña que la miraba con los ojos llenos de lágrimas.
La niña sollozaba tanto que apenas lograba mantenerse en pie. Sus mejillas estaban húmedas, la nariz roja, y su respiración era un jadeo entrecortado.
Kisa se agachó sin pensarlo, quedando a la altura de la pequeña, y le habló con la voz más suave que pudo.
—Oye, ¿qué pasa, preciosa? —preguntó, intentando no asustarla más—. ¿Por qué estás llorando?
La niña se secó las lágrimas con el dorso de la mano, aunque seguían brotando más.
—Por favor… necesito que me ayude.
Kisa sintió el corazón encogérsele al ver la angustia en la cara de la niña. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar y la nariz le goteaba un poco. La tomó suavemente de los hombros, tratando de infundirle seguridad.
—Claro, mi amor, claro que te ayudo —le respondió con dulzura—. Dime, ¿qué pasa? ¿Estás perdida?
La niña negó con la cabeza rápidamente, tragando saliva y tratando de recuperar el aliento.
—No… es mi papá. No se mueve. Está en el auto… y… no despierta.
Kisa sintió un escalofrío. Mantuvo la calma por la niña, pero su mente se activó al instante, procesando las palabras de la pequeña. Le dio una palmadita en el hombro y le sonrió con ternura, procurando que ella se sintiera segura.
—Muy bien, vamos a ver cómo está tu papá, ¿sí? No te preocupes, yo te ayudo.
Kisa caminó con paso decidido hacia el auto señalado por la niña, aunque en cada paso sentía que el corazón le latía más rápido. La pequeña, que había envuelto sus brazos alrededor de la pierna de Kisa como si fuera su ancla al mundo, la seguía con cada movimiento. Kisa, con la carpeta aún bajo el brazo, sentía el peso de la responsabilidad cayendo sobre sus hombros.
Cuando llegaron al vehículo, notó que las ventanas estaban completamente cerradas. Era un auto oscuro, de esos que se veían caros y bien cuidados. Se inclinó hacia la puerta del piloto y, al probar el tirador, esta se abrió con facilidad. Una pequeña ráfaga de aire denso salió del auto, lo que hizo que Kisa retrocediera un poco antes de asomarse.
Ahí estaba el hombre. Vestía un traje impecable, con una corbata floja en el cuello y la cabeza recostada contra el respaldo del asiento. Tenía los ojos cerrados, su rostro estaba pálido, y aunque sus labios conservaban algo de color, no parecía suficiente.
Kisa tragó saliva, sintiendo un nudo en el estómago. No era doctora ni tenía idea de primeros auxilios, pero algo en la escena no se sentía bien. Era evidente que le sucedía algo malo.
—Señor —articuló con voz firme, inclinándose levemente hacia él—. Señor, ¿me escucha?
Nada. Ni un parpadeo, ni un movimiento.
El corazón de Kisa comenzó a acelerarse nuevamente. Se acercó más, esta vez alargando la mano con cautela. Dudó un segundo antes de colocarla sobre su frente, pero lo hizo para percibir su temperatura y se asustó al darse cuenta de que su piel estaba fría. No helada, pero lo suficiente como para que el pánico empezara a asomarse en el pecho de Kisa. Dio un paso atrás, llevándose la mano al pecho para tranquilizarse mientras intentaba procesar lo que veía.
Miró hacia abajo, encontrándose con los ojos llorosos de la niña que aún estaba pegada a su pierna. Se agachó rápidamente para estar a su altura y le habló con cuidado, tratando de mantener la calma.
—Cariño, ¿puedes decirme cuánto tiempo ha estado tu papá así?
La niña se mordió el labio, limpiándose los ojos con la manga de su saquito mientras trataba de hablar entre pequeños sollozos. Llevaba puesto un uniforme escolar, por lo que Kisa dedujo que salían de la escuela, o iban para allá.
—Desde hace... hace un rato. Yo… yo le decía que se despertara, pero no… no quería despertar.
Kisa respiró hondo y asintió, acariciándole el cabello para tranquilizarla.
—Hiciste muy bien en buscar ayuda, preciosa. Ahora dime, ¿tu papá dijo algo antes de que esto pasara? ¿Se sintió mal? ¿Hizo algo raro?
La niña asintió con la cabeza, frotándose la nariz roja antes de hablar con su vocecita temblorosa.
—Dijo… dijo que se sentía mal. Así… como que la cabeza le daba vueltas. Y entonces paró el coche aquí.
—Muy bien. ¿Y después? —preguntó Kisa suavemente, animándola a continuar.
—Empezó a respirar feo, así como… —la niña inhaló y exhaló ruidosamente, imitando el sonido que había escuchado—. Y se quedó quieto.
El pecho de Kisa se apretó. La situación era peor de lo que había imaginado y cada detalle que la niña compartía hacía que la urgencia creciera. Miró hacia el auto y luego hacia la pequeña, que la observaba con esperanza, como si Kisa pudiera resolverlo todo.
—Está bien, cariño. Estás conmigo ahora y vamos a hacer todo lo posible por ayudar a tu papá, ¿sí? —le aseguró, aunque por dentro sentía cómo su propia ansiedad crecía.
POV: FrancoEl Nido.Antes, la palabra resonaba con el frío acero, la intriga silenciosa y el veneno que circulaba por las tuberías de ventilación. Era la jaula dorada de la Sangre, diseñada para que el poder se mantuviera estancado y se pudriera.Ahora, meses después de la Proclamación, el Nido era simplemente… casa.Era la hora dorada. El sol de la tarde se colaba por las inmensas ventanas de la torre, bañando el mármol en un tono ámbar. En lugar de sentir la presión de un imperio, sentía el peso tranquilizador de una manta. La Ley Forjada había hecho su trabajo. El mundo, o al menos la estructura que lo sostenía, había encontrado su ritmo cardíaco estable.Mi rol como Dueño Símbolo había mutado de guerrero a bibliotecario. Mis días se llenaban con la tediosa pero necesaria tarea de revisar los balances funcionales: la optimización de los flujos de energía, los reportes de cosecha de los bio-domos y las proyecciones de impacto de los acuerdos de neutralidad. Lo mundano era, irónicam
POV: HelenaEl tiempo no es lineal, es funcional. Se mide por el espacio entre un evento y la estabilización de sus efectos. Para mí, el tiempo había sido una serie incesante de anticipaciones de fallos. El Dueño Ausente, la Ley Cero, la traición de Dante, la purga, la Proclamación. Todos eran picos agudos en un gráfico de estrés exponencial.Ahora, habían transcurrido siete meses y cuatro días desde la instauración de la Ley Forjada. Siete meses en los que el gráfico había descendido a una línea plana. Una línea horizontal, estable, predecible. La Certeza Aplicada.Estaba en la cocina, un espacio que, hace menos de un año, habría considerado un punto ciego de seguridad por la cantidad de variables incontrolables, calor, cuchillos, líquidos. Ahora, era un centro de actividad biológica controlada.Franco estaba sentado a la mesa, no revisando informes de Dueño, sino ayudando a la niña más pequeña, Clara, a construir una torre con bloques que desafiaban la física elemental. Ambas niñas
POV: FrancoEl silencio no era la ausencia de ruido; era la confirmación de la lógica. Durante siete días, el Nido había contenido el aliento, esperando que la paranoia codificada de mi padre, el Dueño Ausente, no detectara la manipulación de la Ley Cero. Cuando Elisa nos dio la señal de “Estructura Desmantelada”, el silencio que siguió no fue de paz, sino de la aterradora comprensión de la victoria final.Estaba de pie en el centro de comando, la Gema del Legado ahora inerte en mi mano. Era pesada, fría, y perfectamente inútil. Había sido la llave de la Ley Cero, el detonador del apocalipsis. Ahora, era solo un cetro, un accesorio para la mentira funcional que Helena había construido a mi alrededor. .Mi padre, el hombre que intentó quemar el mundo, estaba sellado para siempre bajo el hielo del Ártico. Dante, mi hermano, el que había jurado venganza, dormía un sueño frío a pocos metros de él. Yo era libre de la Sangre, pero el costo había sido la erradicación de mi familia.El verdad
POV: HelenaEl último tic. Los siete días de silencio operativo habían sido un purgatorio de lógica y control. Cada minuto había sido una variable que debía ser observada, calculada y neutralizada.Ahora, en la tarde del séptimo día, la atmósfera en el Santuario de la Verdad era casi irrespirable, cargada con la electricidad estática de la finalidad absoluta.Elisa estaba en el centro, rodeada por los nodos de encriptación, su rostro un mapa de tensión concentrada. En la pantalla principal, un contador digital parpadeaba: 00:00:03.Franco estaba a mi lado, pero yo apenas percibía su presencia. Mi atención estaba anclada en el latido digital del mundo. Si el Protocolo de la Ley Cero fallaba en su fase final de anulación, si la paranoia del Dueño Ausente lograba activar la trampa de redundancia, la autodestrucción no solo llevaría al Nido, sino a toda la infraestructura de poder global.00:00:01.—Elisa, ejecuta el código Limpieza Profunda.Elisa no me miró. Sus dedos se movieron con un
POV: HelenaEl Nido estaba en silencio, pero mis oídos sentían el rugido del colapso que yo había diseñado. Mis manos estaban quietas sobre la consola principal; la matriz de datos de Zúrich se reflejaba en el vidrio protector, un espectro de luz verde que bailaba sobre el rostro inexpresivo que el Dueño Ausente me había forzado a adoptar.El Dueño Ausente, mi mentor, el hombre que me había enseñado la arquitectura del poder, me había traicionado. Pero su traición había sido, irónicamente, la semilla de mi mayor creación: la Ley Nueva.Ahora, la Ley Nueva exigía el sacrificio de uno de sus pilares más grandes: Elias Thorne. El hombre que usaba la moneda como arma, que había movilizado activos aéreos privados sobre el Ártico, poniendo en peligro la misión de Franco. Yo había puesto la cuenta regresiva en marcha. En cuarenta y cinco minutos, la Comisión de Valores tendría la clave para el archivo cifrado. En ese instante, Thorne dejaría de existir como fuerza de poder.El Códice se movía
POV: HelenaEl silencio en el Nido no era un vacío, sino un presagio.Hacía tres horas que el helicóptero con Franco, Dante, el Dueño Ausente, y la Gema del Legado había despegado hacia el norte, hacia el Corazón de la Roca. La misión del Dueño de la Ley era triple y sencilla: Entrar. Neutralizar. Regresar. La mía era una tarea más compleja, de la que dependía su éxito: Distraer. Paralizar. Sobrevivir.Yo era el punto fijo que debía absorber la onda expansiva del Consorcio. Si me movía, me exponía. Si me rompía, Franco perdía su autoridad política en el momento crucial.Me paré en el centro de comando, envuelta en la luz fría de los monitores. El zumbido de los servidores era ahora un eco de mi propia mente, calculadora y desapasionada. Estaba sola, a excepción de Elisa y Giulietta, que seguían en la Sala de Criptografía, la Verdad protegiendo el arma, y El Códice, mi principal criptógrafo.La primera reacción del Consorcio no fue la ira, sino el análisis. El Cazador, líder de la Orde
Último capítulo