POV: Helena
El silencio en el Nido no era un vacío, sino un presagio.
Hacía tres horas que el helicóptero con Franco, Dante, el Dueño Ausente, y la Gema del Legado había despegado hacia el norte, hacia el Corazón de la Roca. La misión del Dueño de la Ley era triple y sencilla: Entrar. Neutralizar. Regresar. La mía era una tarea más compleja, de la que dependía su éxito: Distraer. Paralizar. Sobrevivir.
Yo era el punto fijo que debía absorber la onda expansiva del Consorcio. Si me movía, me exponía. Si me rompía, Franco perdía su autoridad política en el momento crucial.
Me paré en el centro de comando, envuelta en la luz fría de los monitores. El zumbido de los servidores era ahora un eco de mi propia mente, calculadora y desapasionada. Estaba sola, a excepción de Elisa y Giulietta, que seguían en la Sala de Criptografía, la Verdad protegiendo el arma, y El Códice, mi principal criptógrafo.
La primera reacción del Consorcio no fue la ira, sino el análisis. El Cazador, líder de la Orde