Mundo de ficçãoIniciar sessãoGiovanni Ricci siempre supo que Stefano DiGreco era un monstruo, pero el precio de tener razón fueron tres balas y seis años de exilio en el infierno ruso. Tras una emboscada sangrienta que casi le cuesta la vida, su familia y el legendario Don Marco tejieron una red de mentiras para hacerlo pasar por muerto y ocultarlo en las sombras de Rusia. Allí nació Prizrak, un hombre de hielo sediento de venganza que ha vuelto de la tumba para destruir a quienes lo traicionaron. En París, Camelia Salvatore ha construido un imperio de diamantes con las joyerías Vannitino, pero su verdadera joya es Valentino, el hijo que oculta del mundo. Camelia no huyó por dolor, huyó por instinto. Tras la muerte de Giovanni, los comportamientos extraños y la obsesión peligrosa de Stefano la obligaron a desaparecer en secreto para proteger la sangre de su gran amor. Ella nunca confió en el hombre que pretendía ser su protector; ella siempre supo que Stefano ocultaba algo oscuro. Ahora, el muerto ha vuelto a reclamar lo suyo. Giovanni llega a París convencido de que Camelia es cómplice de su enemigo y que el niño que ella oculta es el trofeo de su traición con Stefano. Por su parte, Stefano ha pasado años rastreando a Camelia y está dispuesto a todo para forzarla a volver a Italia bajo su control total. ¿Qué pasará cuando el odio acumulado de Giovanni choque con la verdad de una madre que lo sacrificó todo por su legado? ¿Podrá Valentino sobrevivir cuando la máscara de Stefano caiga finalmente y revele al asesino que siempre fue? En un mundo donde la lealtad se escribe con sangre, el regreso de Giovanni Ricci será la única salvación de su familia o la sentencia final de todos.
Ler maisPov Giovanni
El olor de la traición es más fuerte que el de la pólvora. Huele a cobardía, envidia y años de resentimiento acumulado. El club Landria, lugar donde siempre escapaba cuando los pensamientos me aturdían, se había convertido en una trampa mortal en cuestión de segundos. El estruendo fue ensordecedor, un coro de cristales rompiéndose y gritos de pánico, cuerpos tirados por todos lados, pero para mí, todo se redujo a una sola frecuencia, el chasquido metálico de un percutor golpeando la recámara. Un sonido que conocía demasiado bien, pero que nunca esperé escuchar de él. —¡Dante! —mi voz salió como un rugido desgarrado al ver a mi mejor amigo, el único hombre en este puto mundo al que respetaba, desplomarse. El idiota se interpuso. El disparo no era para él. Era para mí. Intenté correr hacia él, con el arma ya en la mano, listo para vaciar el cargador sobre quien hubiera osado tocar a mi amigo, mi hermano. Pero un impacto brutal me frenó en seco. La primera bala me dio en el hombro derecho.. Fue un shock eléctrico que me paralizó el brazo. Mi arma cayó al suelo. La segunda bala, milisegundos después, me atravesó el muslo izquierdo. Mis rodillas cedieron y caí al suelo frío, el impacto enviando una vibración dolorosa por toda mi columna. —Mierda... —jadeé, mi boca llenándose de un sabor ferroso y amargo. Luché contra la neblina que empezaba a devorar los bordes de mi visión. Mis ojos buscaban una explicación. Y la encontré. Caminando entre los cuerpos y los cristales rotos, con la calma de un depredador que ha esperado años por este momento, apareció él. Stefano DiGreco. Llevaba puesta esa máscara de "buen chico", el amigo fiel que siempre estaba allí para recoger los pedazos que yo rompía, el "paño de lágrimas" de Camelia. Pero ahora, sus ojos brillaban con una luz maníaca. No había rastro de la supuesta fragilidad por la que ella siempre me regañaba. Ya no era el tipo que agachaba la cabeza cuando yo lo humillaba, el que aceptaba mis desprecios con una sonrisa servil. ¿Esa sonrisa... Dios, esa maldita sonrisa será lo último que vea antes de morir?. Era una mueca de satisfacción absoluta. Una victoria que había cocinado a fuego lento, usando mi propia arrogancia como combustible. Stefano se detuvo a un metro de mí. Se agachó, rompiendo la distancia, y el olor de su perfume se mezcló con el hedor de la muerte a mi alrededor. —¿Te duele, Giovanni? —preguntó, su voz suave, casi cariñosa, lo que la hacía mil veces más retorcida—. Me tomó mucho tiempo planear ésto.Quería que tuvieras tiempo de verme. Que entendieras que el "pobre e indefenso Stefano" es quien te pone fin. Que fui yo quien orquestó este puto circo. Intenté levantar la mano izquierda para rodear su cuello, para borrarle esa expresión de la cara con mis propias manos, pero mi cuerpo no me obedeció. Mi brazo no tenía fuerza. Solo logré que mis dedos rozaran la suela de sus borcegos, una humillación final que me hizo hervir la sangre. —Tú... —logré articular entre borbotones de sangre, escupiéndole a la cara—. Eres una puta serpiente. Ella... ella te odiara. Stefano soltó una carcajada seca que resonó en las paredes del club vacío. Se limpió la saliva con el dorso de la mano, sin dejar de sonreír. —¿Ella? No si no se entera que soy el culpable..Camelia…. Mañana irá a tu funeral y yo estaré allí para sostenerle la mano. Llorará sobre tu ataúd pensando que moriste siendo un estúpido imprudente que se metió con la gente equivocada. Yo seré el héroe que limpie sus lagrimas Giovanni.. Cada palabra era un puñal más profundo que la bala. En mi mente, la imagen de Camelia apareció como un flash cegador. Su elegancia al patinar, la forma en que sus ojos me desafiaban. Recordé nuestra última noche. La desesperación de un encuentro que se sintió como una despedida aunque no lo supiéramos. Sentí una posesión feroz. Ella me pertenecía. Y este imbécil pretendía robármela. —Ella... cree que eres un monstruo, Giovanni. Y yo soy tu víctima. ¿No es poético? Morirás sabiendo que ella me defenderá a mí incluso después de que estés bajo tierra. Que mi "sufrimiento" en tus manos fue la llave que me abrió su puerta. Mi frente, empapada en sudor frío y sangre. Mis párpados pesaban muchísimo. El frío empezaba a subir desde mis pies, una marea helada que me apagaba los sentidos. Vi a Stefano levantarse, su figura borrosa pero su sonrisa grabada en mi mente. Vi cómo levantaba el arma de nuevo, apuntando directamente a mi pecho. —Esto es por cada vez que me hiciste sentir pequeño, Giovanni —dijo, su voz volviéndose fría y cortante—. Esto es por cada vez que me recordaste que tú eres un Ricci y yo un simple bastardo. Escuché las sirenas a lo lejos, pero sabía que no eran para mí. Don Marco no dejaría que la policía tocara este desastre. Mi familia, los Ricci, el apellido que tanto desprecié con mi rebeldía, ahora se sentía como una pesada roca que me hundía en lo más profundo. Recuerdo las palabras de la pelea que tuve con mi padre… dijo que yo era una decepción como hijo, el no va a mover ni un solo pelo por mi. Las palabras que me dijo Camelia ayer resuenan en mi cabeza, todo me da vueltas, ya no escucho nada …"Stefano...", fue mi último pensamiento antes del tercer disparo. El tercer disparo, justo en el corazón, fue un impacto seco y final. Sentí que me hundía en un pozo sin fondo, una oscuridad fría y eterna que me reclamaba. Mis ojos se cerraron al fin con la absoluta certeza de que la muerte era solo el comienzo de mi venganza.Luego de que Suny se retirara del depósito, Stefano se quedó solo en la penumbra. El silencio del lugar era absoluto, roto únicamente por el crujido metálico de la estructura enfriándose tras el calor del día. Se ajustó los puños de la camisa de seda negra; el roce del tejido costoso contra sus muñecas se sentía como una caricia fría, un recordatorio táctil del estatus que tanto le costaba mantener. Miró su reflejo en una ventana sucia. Sabía que tarde o temprano tenía que hablar con Antonio sobre lo ocurrido; no podía evitarlo por más tiempo. Ignorar sus llamadas era un error táctico, una declaración de guerra para la cual, quizás, aún no estaba del todo listo.El trayecto hasta la estancia duró media hora. Manejó en un silencio sepulcral, con las manos apretando el volante de cuero hasta que sus nudillos perdieron el color. Debía ser estratégico. No podía titubear ni equivocarse en ninguna palabra; Antonio DiGreco no escuchaba explicaciones, olfateaba debilidades. Hacía años que el
POV STEFANOLuego de desayunar con Camelia, me retiré en cuanto sentí la vibración del mensaje de Suny en mi bolsillo. No volví a la villa de mi padre; el aire allí siempre me resultaba asfixiante. En su lugar, conduje hasta un depósito que había adquirido recientemente en las afueras, un lugar que no figuraba en los registros de la organización ni en los libros de mi familia. Quería mi propia empresa, un imperio que llevara solo mi nombre. El dinero no cae de los árboles y sabía que Antonio jamás apoyaría mi independencia.Para mi padre, yo solo era una herramienta; su esclavo personal. A él le fascinaba aprovechar cualquier oportunidad para humillarme, sin importar el lugar o quién estuviera mirando. Ni siquiera se molestaba en ocultarlo. El odio que me consumía no era algo nuevo. Fui maltratado desde el día en que nací sin entender el porqué, hasta que la madurez me trajo las respuestas más amargas.Entenderlo no lo hacía más fácil de olvidar. Que mi propio padre me degradara por s
POV GIOVANNITenía un estuche de terciopelo en mi bolsillo que pase a buscar por una prestigiosa joyería. Había enviado a hacer un collar con un dije de flores y diamantes violeta. Pensaba en disculparme, cosa que jamás hice con nadie, sabía que estaba enojada desde aquel día. Llevaba días ignorándome con una dedicación que me resultaba casi admirable. No me miraba cuando llegaba a la mansión con Dante. Cambiaba de dirección en los pasillos. Respondía con monosílabos si no tenía otra salida. Esto se sentía realmente extraño, extrañaba molestarla y que ella me contestara con sus típicas maneras irónicas. Frené el Ferrari a media cuadra de la pista de hielo. No necesitaba averiguar o llamar a alguno de sus escoltas para dónde estaba; siempre sabía dónde encontrarla cuando el mundo exterior se volvía insoportable para ella. Sin embargo, no contaba con que alguien más también lo supiera.Las puertas automáticas de vidrio polarizado se abrieron y Stefano DiGreco salió arreglándose la rop
POV CAMELIAEl frío de la pista era el único lugar donde mi cabeza dejaba de pensar constantemente. No podía controlar mis pensamientos y tampoco nada de lo que estaba sucediendo a mi alrededor. Definitivamente, distraerme patinando no estaba funcionando. Buscaba el silencio de la pista y el hielo erizando mi piel. Nunca era silenciosa a esta hora de la mañana, con el ruido de la música de fondo y el chirrido constante de las cuchillas sobre la superficie, pero al ser uno de los negocios de mi madre, tenía el privilegio de tener el lugar para mí sola. Cuando patinaba, mi cuerpo tomaba el control y la mente no tenía más remedio que callarse, pero esta vez los pensamientos no estaban cediendo.Ejecuté un giro y aterricé con precisión sobre el filo externo del patín derecho. Los años de entrenamiento me habían enseñado que el equilibrio no era una cuestión de fuerza, sino de rendirse al movimiento exacto. Sin embargo, los recuerdos de los días atrás llegaban uno tras otro,la reunión del
Último capítulo