La obsesión del Capo

La obsesión del CapoES

Mafia
Última atualização: 2026-03-10
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Índice

Valentina Rossi creía que el peor error de su padre era el juego. Hasta que esa deuda la llevó frente al hombre más peligroso que había visto en su vida. Luca De Santis no es solo un empresario poderoso. Es el capo de un imperio criminal donde la traición se paga con sangre y la lealtad es la única moneda que importa. Frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se incline ante él, Luca tiene todo bajo control, hasta que Valentina irrumpe en su vida. Para saldar la deuda de su padre, ella acepta un trato que jamás imaginó: vivir bajo el mismo techo que el hombre al que todos temen, pero lo que empieza como un simple acuerdo pronto se transforma en algo mucho más oscuro. Porque Luca no quiere su dinero. La quiere a ella. Y cuando el deseo se convierte en obsesión, escapar de un capo no es tan fácil como parece. En un mundo dominado por la mafia, donde los enemigos acechan en cada sombra y las traiciones pueden destruir imperios, Valentina descubrirá que el mayor peligro no es el poder de Luca, sino la intensidad con la que él está dispuesto a reclamarla. Porque cuando un mafioso se obsesiona, no hay lugar en el mundo donde puedas esconderte.

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Capítulo 1

Capítulo 1

Dicen que el peligro siempre da señales antes de llegar, pero aquella noche el peligro no llamó a la puerta. Simplemente entró.

***

La lluvia caía con una constancia hipnótica sobre los ventanales del pequeño departamento de Valentina Rossi. No era una tormenta violenta, sino esa clase de lluvia persistente que parecía querer quedarse toda la noche. El sonido de las gotas golpeando el vidrio llenaba el silencio del lugar.

Valentina estaba sentada frente a la mesa del comedor, rodeada de papeles, planos y lápices.

Suspiró.

Había pasado más de dos horas intentando concentrarse en el proyecto de arquitectura que debía entregar en la universidad. Las líneas del plano comenzaban a mezclarse ante sus ojos.

Se pasó una mano por el cabello oscuro y lo recogió detrás de la oreja.

—Vamos, Valentina… —murmuró para sí misma, pero nada funcionaba. Sentía una sensación incómoda que llevaba todo el día pegada al pecho.

Algo estaba mal.

No sabía exactamente qué, pero lo sentía.

Desde hacía semanas su padre se comportaba extraño.

Ausente.

Nervioso.

Y eso nunca era una buena señal.

Gabriel Rossi tenía una habilidad especial para convertir pequeños problemas en auténticos desastres.

Valentina dejó el lápiz sobre la mesa y se levantó. Caminó hacia la cocina, abrió la heladera y tomó una botella de agua. Bebió un par de tragos mientras observaba la calle desde la ventana.

El barrio estaba casi vacío.

Las luces de los faroles iluminaban la vereda mojada y el agua corría lentamente por la cuneta.

Todo parecía normal.

Demasiado normal.

El sonido de una puerta abriéndose la hizo girar de inmediato.

—¿Papá?

Su padre entró al departamento empapado, con el cabello pegado a la frente y el abrigo oscuro completamente mojado.

Parecía haber corrido.

Valentina frunció el ceño.

—¿Qué pasó?

Gabriel cerró la puerta con rapidez, como si temiera que alguien pudiera entrar detrás de él.

Ese gesto bastó para que el estómago de Valentina se apretara.

—Papá…

—Estoy bien —dijo él rápidamente, pero no lo estaba.

Su voz temblaba.

Valentina lo observó con atención. Había algo más… algo que no le gustó nada.

Miedo.

Su padre estaba asustado, y Gabriel Rossi rara vez se asustaba.

—¿Qué hiciste? —preguntó ella con calma.

Él evitó su mirada.

—Nada.

—Papá…

—Valentina, no es momento para interrogatorios.

Eso solo confirmó sus sospechas.

Valentina cruzó los brazos.

—Cuando dices eso, siempre significa que hiciste algo terrible.

Gabriel dejó el abrigo sobre una silla y se pasó una mano por el rostro.

Parecía diez años más viejo que esa mañana.

—No es tan grave.

—Entonces dímelo.

Silencio.

La lluvia golpeó el vidrio.

—Papá.

Gabriel respiró hondo.

—Necesito dinero.

Valentina soltó una pequeña risa sin humor.

—Siempre estás necesitando dinero.

—Esta vez es diferente.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Cuánto?

Otra pausa.

—Mucho.

El corazón de Valentina empezó a latir más rápido.

—¿Cuánto, papá?

Gabriel se sentó lentamente en la silla frente a la mesa.

—No puedo pagar.

Esa respuesta fue peor que cualquier número.

—¿Qué hiciste?

Él finalmente levantó la mirada.

Y el miedo que había en sus ojos confirmó todo lo que Valentina temía.

—Perdí.

La palabra cayó pesada entre ellos.

Valentina cerró los ojos un segundo.

Claro.

El juego.

Siempre el juego.

—¿Cuánto perdiste?

Gabriel tardó en responder.

Demasiado.

—Papá.

—Valentina…

—¡Maldición! —exclamó—. Solo dímelo.

—Tres millones.

El mundo pareció detenerse.

Valentina lo miró fijamente.

—¿Tres… millones?

—Sí.

El aire desapareció de la habitación.

—¿En qué clase de lugar apostaste tres millones de dólares? —Gabriel no respondió y entonces ella lo entendió. No había sido un casino cualquiera—. No, ¿dime qué no lo hiciste?

—Lo lamento —murmuró Gabriel, bajando la cabeza.

Valentina sintió que la sangre le abandonaba el rostro.

—Papá… ¿En qué casino jugaste?

La respuesta llegó en un susurro.

—En uno de De Santis.

El nombre cayó como una sentencia. Valentina había escuchado ese apellido antes.

Todos lo habían escuchado.

De Santis no era solo un empresario.

Era algo mucho peor.

Un hombre poderoso.

Un hombre peligroso.

Un hombre al que nadie le debía dinero.

El corazón de Valentina comenzó a latir con fuerza.

—Debes estar bromeando.

Gabriel negó lentamente.

—Van a venir.

—¿Quiénes?

—Los hombres de Luca De Santis.

La lluvia golpeó el vidrio con más fuerza.

Valentina sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Cuándo?

Gabriel no respondió de inmediato.

Entonces golpearon la puerta.

Tres golpes.

Firmes.

Lentos.

Precisos.

Valentina se quedó inmóvil.

Su padre tampoco se movió.

Los golpes se repitieron.

Esta vez más fuertes.

—Papá… —susurró ella.

Gabriel cerró los ojos.

—Ya están aquí.

El silencio llenó el departamento.

Valentina miró la puerta.

Algo oscuro se instaló en su pecho.

Una sensación que le decía que, cuando esa puerta se abriera…

Su vida cambiaría para siempre.

Los golpes resonaron otra vez.

Más fuertes.

Más insistentes.

Valentina caminó lentamente hacia la puerta.

Cada paso parecía pesar el doble.

Podía sentir la mirada de su padre en la espalda.

—No abras —dijo él.

Pero ya era tarde, Valentina tomó el picaporte. La lluvia afuera seguía cayendo; giró lentamente la manija, y abrió la puerta.

Tres hombres vestidos de negro estaban parados en el pasillo.

El que estaba al frente la observó con calma.

Su mirada recorrió el departamento detrás de ella.

Luego volvió a mirarla.

—Buenas noches —dijo con una voz tranquila.

Valentina sintió un nudo en el estómago.

—¿Sí?

El hombre sonrió apenas.

Una sonrisa sin calidez.

—Venimos en nombre del señor Luca De Santis.

El nombre volvió a pesar en el aire.

—¿Se encuentra el señor Gabriel Rossi?

Valentina dudó.

Por un segundo pensó en mentir, pero sabía que era inútil.

—Sí.

El hombre asintió.

—Perfecto.

Dio un paso adelante.

—Tenemos asuntos pendientes que resolver con él.

Valentina sintió que el corazón le golpeaba contra el pecho.

—¿Qué clase de asuntos?

El hombre la miró con una calma inquietante.

—Una deuda.

Sus palabras fueron suaves.

Pero la amenaza detrás de ellas era imposible de ignorar.

El hombre dio otro paso.

—¿Podemos pasar?

Y en ese instante, Valentina tuvo la certeza de algo.

La certeza de que el nombre que acababa de escuchar: Luca De Santis; era el principio de algo mucho más grande. Mucho más oscuro, y mucho más peligroso de lo que ella podía imaginar.

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