Mundo de ficçãoIniciar sessãoValentina Rossi creía que el peor error de su padre era el juego. Hasta que esa deuda la llevó frente al hombre más peligroso que había visto en su vida. Luca De Santis no es solo un empresario poderoso. Es el capo de un imperio criminal donde la traición se paga con sangre y la lealtad es la única moneda que importa. Frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se incline ante él, Luca tiene todo bajo control, hasta que Valentina irrumpe en su vida. Para saldar la deuda de su padre, ella acepta un trato que jamás imaginó: vivir bajo el mismo techo que el hombre al que todos temen, pero lo que empieza como un simple acuerdo pronto se transforma en algo mucho más oscuro. Porque Luca no quiere su dinero. La quiere a ella. Y cuando el deseo se convierte en obsesión, escapar de un capo no es tan fácil como parece. En un mundo dominado por la mafia, donde los enemigos acechan en cada sombra y las traiciones pueden destruir imperios, Valentina descubrirá que el mayor peligro no es el poder de Luca, sino la intensidad con la que él está dispuesto a reclamarla. Porque cuando un mafioso se obsesiona, no hay lugar en el mundo donde puedas esconderte.
Ler maisDicen que el peligro siempre da señales antes de llegar, pero aquella noche el peligro no llamó a la puerta. Simplemente entró.
*** La lluvia caía con una constancia hipnótica sobre los ventanales del pequeño departamento de Valentina Rossi. No era una tormenta violenta, sino esa clase de lluvia persistente que parecía querer quedarse toda la noche. El sonido de las gotas golpeando el vidrio llenaba el silencio del lugar. Valentina estaba sentada frente a la mesa del comedor, rodeada de papeles, planos y lápices. Suspiró. Había pasado más de dos horas intentando concentrarse en el proyecto de arquitectura que debía entregar en la universidad. Las líneas del plano comenzaban a mezclarse ante sus ojos. Se pasó una mano por el cabello oscuro y lo recogió detrás de la oreja. —Vamos, Valentina… —murmuró para sí misma, pero nada funcionaba. Sentía una sensación incómoda que llevaba todo el día pegada al pecho. Algo estaba mal. No sabía exactamente qué, pero lo sentía. Desde hacía semanas su padre se comportaba extraño. Ausente. Nervioso. Y eso nunca era una buena señal. Gabriel Rossi tenía una habilidad especial para convertir pequeños problemas en auténticos desastres. Valentina dejó el lápiz sobre la mesa y se levantó. Caminó hacia la cocina, abrió la heladera y tomó una botella de agua. Bebió un par de tragos mientras observaba la calle desde la ventana. El barrio estaba casi vacío. Las luces de los faroles iluminaban la vereda mojada y el agua corría lentamente por la cuneta. Todo parecía normal. Demasiado normal. El sonido de una puerta abriéndose la hizo girar de inmediato. —¿Papá? Su padre entró al departamento empapado, con el cabello pegado a la frente y el abrigo oscuro completamente mojado. Parecía haber corrido. Valentina frunció el ceño. —¿Qué pasó? Gabriel cerró la puerta con rapidez, como si temiera que alguien pudiera entrar detrás de él. Ese gesto bastó para que el estómago de Valentina se apretara. —Papá… —Estoy bien —dijo él rápidamente, pero no lo estaba. Su voz temblaba. Valentina lo observó con atención. Había algo más… algo que no le gustó nada. Miedo. Su padre estaba asustado, y Gabriel Rossi rara vez se asustaba. —¿Qué hiciste? —preguntó ella con calma. Él evitó su mirada. —Nada. —Papá… —Valentina, no es momento para interrogatorios. Eso solo confirmó sus sospechas. Valentina cruzó los brazos. —Cuando dices eso, siempre significa que hiciste algo terrible. Gabriel dejó el abrigo sobre una silla y se pasó una mano por el rostro. Parecía diez años más viejo que esa mañana. —No es tan grave. —Entonces dímelo. Silencio. La lluvia golpeó el vidrio. —Papá. Gabriel respiró hondo. —Necesito dinero. Valentina soltó una pequeña risa sin humor. —Siempre estás necesitando dinero. —Esta vez es diferente. Ella entrecerró los ojos. —¿Cuánto? Otra pausa. —Mucho. El corazón de Valentina empezó a latir más rápido. —¿Cuánto, papá? Gabriel se sentó lentamente en la silla frente a la mesa. —No puedo pagar. Esa respuesta fue peor que cualquier número. —¿Qué hiciste? Él finalmente levantó la mirada. Y el miedo que había en sus ojos confirmó todo lo que Valentina temía. —Perdí. La palabra cayó pesada entre ellos. Valentina cerró los ojos un segundo. Claro. El juego. Siempre el juego. —¿Cuánto perdiste? Gabriel tardó en responder. Demasiado. —Papá. —Valentina… —¡Maldición! —exclamó—. Solo dímelo. —Tres millones. El mundo pareció detenerse. Valentina lo miró fijamente. —¿Tres… millones? —Sí. El aire desapareció de la habitación. —¿En qué clase de lugar apostaste tres millones de dólares? —Gabriel no respondió y entonces ella lo entendió. No había sido un casino cualquiera—. No, ¿dime qué no lo hiciste? —Lo lamento —murmuró Gabriel, bajando la cabeza. Valentina sintió que la sangre le abandonaba el rostro. —Papá… ¿En qué casino jugaste? La respuesta llegó en un susurro. —En uno de De Santis. El nombre cayó como una sentencia. Valentina había escuchado ese apellido antes. Todos lo habían escuchado. De Santis no era solo un empresario. Era algo mucho peor. Un hombre poderoso. Un hombre peligroso. Un hombre al que nadie le debía dinero. El corazón de Valentina comenzó a latir con fuerza. —Debes estar bromeando. Gabriel negó lentamente. —Van a venir. —¿Quiénes? —Los hombres de Luca De Santis. La lluvia golpeó el vidrio con más fuerza. Valentina sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Cuándo? Gabriel no respondió de inmediato. Entonces golpearon la puerta. Tres golpes. Firmes. Lentos. Precisos. Valentina se quedó inmóvil. Su padre tampoco se movió. Los golpes se repitieron. Esta vez más fuertes. —Papá… —susurró ella. Gabriel cerró los ojos. —Ya están aquí. El silencio llenó el departamento. Valentina miró la puerta. Algo oscuro se instaló en su pecho. Una sensación que le decía que, cuando esa puerta se abriera… Su vida cambiaría para siempre. Los golpes resonaron otra vez. Más fuertes. Más insistentes. Valentina caminó lentamente hacia la puerta. Cada paso parecía pesar el doble. Podía sentir la mirada de su padre en la espalda. —No abras —dijo él. Pero ya era tarde, Valentina tomó el picaporte. La lluvia afuera seguía cayendo; giró lentamente la manija, y abrió la puerta. Tres hombres vestidos de negro estaban parados en el pasillo. El que estaba al frente la observó con calma. Su mirada recorrió el departamento detrás de ella. Luego volvió a mirarla. —Buenas noches —dijo con una voz tranquila. Valentina sintió un nudo en el estómago. —¿Sí? El hombre sonrió apenas. Una sonrisa sin calidez. —Venimos en nombre del señor Luca De Santis. El nombre volvió a pesar en el aire. —¿Se encuentra el señor Gabriel Rossi? Valentina dudó. Por un segundo pensó en mentir, pero sabía que era inútil. —Sí. El hombre asintió. —Perfecto. Dio un paso adelante. —Tenemos asuntos pendientes que resolver con él. Valentina sintió que el corazón le golpeaba contra el pecho. —¿Qué clase de asuntos? El hombre la miró con una calma inquietante. —Una deuda. Sus palabras fueron suaves. Pero la amenaza detrás de ellas era imposible de ignorar. El hombre dio otro paso. —¿Podemos pasar? Y en ese instante, Valentina tuvo la certeza de algo. La certeza de que el nombre que acababa de escuchar: Luca De Santis; era el principio de algo mucho más grande. Mucho más oscuro, y mucho más peligroso de lo que ella podía imaginar.Hay lugares donde el dinero manda. Y hay lugares donde el dinero es solo una excusa para medir el poder.***Las puertas del casino se abrieron con suavidad cuando Valentina y su padre se acercaron. El cambio entre la noche húmeda de la ciudad y el interior del edificio fue inmediato.Calor.Luz.Ruido.El lugar estaba lleno de gente. El sonido de fichas chocando, risas contenidas, música suave y el constante murmullo de conversaciones creaban una atmósfera que parecía cuidadosamente diseñada para hacer olvidar a cualquiera el paso del tiempo.Valentina se detuvo apenas un segundo después de cruzar la entrada.No era el tipo de casino que ella imaginaba.Había esperado algo oscuro, quizá un lugar cargado de humo y con una energía peligrosa flotando en el aire, pero el interior del edificio parecía más cercano a un hotel de lujo que a un establecimiento clandestino.Arañas de cristal colgaban del techo alto, reflejando la luz en cientos de destellos dorados. El suelo de mármol pulido b
El poder verdadero no necesita anunciarse. Se siente en el aire mucho antes de que aparezca quien lo posee.***La mañana llegó gris y silenciosa.Valentina apenas había dormido. La noche anterior se había arrastrado lentamente entre pensamientos inquietos, imágenes que no podía quitarse de la cabeza y el peso constante de una realidad que parecía cada vez más difícil de ignorar.Tres millones de dólares.La cifra seguía repitiéndose en su mente como un eco imposible de silenciar.A las seis de la mañana finalmente se levantó; el departamento estaba en absoluto silencio, con ese tipo de quietud pesada que suele quedar después de una discusión o de una noticia que nadie sabe cómo manejar.Se preparó café en la pequeña cocina mientras la luz pálida del amanecer comenzaba a filtrarse por la ventana. El aroma caliente llenó el aire, pero ni siquiera eso logró tranquilizarla.Apoyó la taza sobre la mesa y se quedó mirando los planos de arquitectura que habían quedado allí desde la noche an
Hay hombres cuya presencia cambia una habitación, y hay otros cuyo nombre basta para cambiar el destino de alguien.***El silencio que quedó en el departamento después de que los hombres se marcharan era pesado, incómodo, casi insoportable. Durante unos segundos Valentina permaneció de pie frente a la puerta cerrada, con la mano aún apoyada sobre el picaporte, como si esperara que los golpes volvieran a repetirse, pero el pasillo estaba en silencio.Solo quedaba el sonido constante de la lluvia cayendo afuera.Valentina respiró hondo antes de girarse lentamente hacia el interior del departamento. Su mirada encontró inmediatamente a su padre, que seguía sentado frente a la mesa, con la espalda ligeramente encorvada y la mirada fija en el papel que Marco había dejado.La dirección del casino.Valentina caminó hacia la mesa despacio, sintiendo cómo la tensión seguía creciendo en su pecho. Cada paso parecía arrastrar una pregunta que aún no tenía respuesta.Se detuvo frente a él.—Ahora
Algunas deudas pueden pagarse con dinero. Otras exigen algo mucho más caro.***La puerta del departamento quedó abierta entre Valentina y los tres hombres vestidos de negro. Durante unos segundos nadie se movió. La lluvia seguía cayendo afuera, y el sonido del agua golpeando el pasillo del edificio llegaba amortiguado hasta ellos, como si el mundo exterior hubiera quedado muy lejos de esa escena.El hombre que estaba al frente parecía el líder. No era particularmente viejo, quizá rondaba los cuarenta, pero había algo en su postura que transmitía una seguridad inquietante. Sus ojos grises observaban todo con una calma casi mecánica: el interior del departamento, los muebles sencillos, la mesa cubierta de planos, la expresión rígida de Valentina.Ella sintió que su presencia llenaba todo el pasillo.No gritaba.No amenazaba.No levantaba la voz.Y aun así, resultaba evidente que aquel hombre estaba acostumbrado a que nadie le dijera que no.—¿Podemos pasar? —repitió con la misma voz tr
Dicen que el peligro siempre da señales antes de llegar, pero aquella noche el peligro no llamó a la puerta. Simplemente entró.*** La lluvia caía con una constancia hipnótica sobre los ventanales del pequeño departamento de Valentina Rossi. No era una tormenta violenta, sino esa clase de lluvia persistente que parecía querer quedarse toda la noche. El sonido de las gotas golpeando el vidrio llenaba el silencio del lugar. Valentina estaba sentada frente a la mesa del comedor, rodeada de papeles, planos y lápices. Suspiró. Había pasado más de dos horas intentando concentrarse en el proyecto de arquitectura que debía entregar en la universidad. Las líneas del plano comenzaban a mezclarse ante sus ojos. Se pasó una mano por el cabello oscuro y lo recogió detrás de la oreja. —Vamos, Valentina… —murmuró para sí misma, pero nada funcionaba. Sentía una sensación incómoda que llevaba todo el día pegada al pecho. Algo estaba mal. No sabía exactamente qué, pero lo sentía. Desde hacía s
Último capítulo