49. Mi vida por la tuya
Indra.
Seguí a Dante hacia el interior de la casa, repleta de portarretratos extremadamente en las paredes.
La bella adolescente de coletas rubias me regresaba la sonrisa en cada papel que adornaba el frío pasillo.
En la sala compartida con el comedor, Sofía me miró aterrada, dejando de acomodar los manteles para la comida.
Su rostro bondadoso y simétrico se torció como si hubiese visto a la mismísima muerte.
Emiliano se metió a la cocina, ajeno a todo para poder dejar las cosas, y yo me llev