48. Trato hecho
Indra.
La luna llena iluminaba perfectamente el interior desde la ventana de la oficina de Fausto.
Terminé de sellar la última carta que había escrito y finalmente solté un profundo suspiro, sintiendo que ya no tenía más espacio donde desahogarme.
La madrugada era muy tranquila... si ignoraba las decenas de personas armadas de pies a cabeza que custodiaban esta casa.
Metí las cartas en el portafolios de piel café de Fausto y, al cerrarlo, sentí cómo mis emociones quedaban atrapadas ahí dentro.