Mundo ficciónIniciar sesiónNunca imaginé que el hombre al que más odiaba en esta ciudad sería también mi jefe. Adrián Montenegro lo tiene todo: poder, dinero y control absoluto. Y yo… solo tengo rabia, orgullo y un pasado que él ayudó a destruir. Ahora debo trabajar bajo su mando, soportar su frialdad, sus reglas y sus miradas que parecen leerme el alma. Lo que comenzó como desprecio pronto se convierte en algo mucho más peligroso: atracción, tensión y secretos que podrían destruirnos a los dos. ¿Podrá el odio transformarse en algo que ninguno de los dos esperaba… o acabará con nosotros?
Leer másNunca imaginé que el hombre al que más odiaba en esta ciudad sería también el que firmaría mi contrato.
Lo supe en cuanto entré en la sala de juntas. No había presentación ni advertencia. Solo él, de pie junto a la cristalera, mirando la ciudad como si la controlara toda. La luz de la tarde se filtraba a través de los ventanales, iluminando su silueta perfectamente recortada, y me hizo sentir pequeña, casi invisible. Era como si la sala misma se inclinara a su favor, y los murmullos bajos de los presentes parecían temblar ante su presencia. —Llegas tarde —dijo, sin mirarme siquiera. Miré mi reloj. Faltaban tres minutos. Tres minutos que parecían una eternidad. Tres minutos que me hicieron recordar cada fracaso de mi familia, cada puerta cerrada, cada oportunidad que se había esfumado por decisiones que él había tomado. La rabia me subió por la garganta, pero la contuve. Sabía que cualquier reacción podría jugar en mi contra. —El ascensor se detuvo en todas las plantas —dije, conteniendo el enfado—. No volverá a ocurrir. Se giró lentamente. Alto. Demasiado. Traje oscuro que marcaba cada línea de su cuerpo. Ojos oscuros que te perforan y te leen por dentro. Mandíbula fuerte, mirada implacable. Cada movimiento suyo era medido, controlado, y parecía transmitir un mensaje: “Todo está bajo mi control. Y tú no perteneces aquí”. —Eso no es excusa —sentenció con voz firme, helada. Mi primer impulso fue salir, gritar, largarme. Pero no podía. No aquí. No ahora. Necesitaba ese trabajo más de lo que quería admitir. Cada oportunidad contaba, cada euro, cada decisión de mi vida estaba ligada a este momento, y no podía dejar que su arrogancia me hiciera perderlo. —Siéntate —ordenó. Obedecí. La sala estaba en silencio. Los otros candidatos me miraban con cautela, algunos con miedo, otros con curiosidad. Yo no apartaba la mirada de él. Quería mostrar que no me intimidaba, aunque por dentro mi corazón latía a mil y cada fibra de mi cuerpo estaba alerta. Cada músculo tenso, cada respiración contenida. Sabía que cualquier señal de debilidad sería interpretada y castigada. —Soy Adrián Montenegro —dijo al sentarse al frente—. CEO de Montenegro Group. El nombre cayó como un golpe seco. Montenegro. Mi padre había trabajado con él. O más bien, contra él. Su empresa arruinó la nuestra, destruyó todo lo que conocía. Cada factura pendiente, cada noche en vela, cada decisión equivocada que nos dejaron… todo había pasado por su firma. Y yo debía trabajar para él. Lo observé con atención, como si pudiera descubrir en su rostro algún indicio de culpa o arrepentimiento, pero no había nada. Ni una mueca, ni un gesto, ni una chispa de humanidad que pudiera traicionarlo. Solo el control absoluto, la seguridad de quien sabe que tiene el poder y lo ejerce sin dudar. —Este puesto requiere compromiso absoluto. No tolero errores, excusas ni dramas personales durante el horario laboral —continuó, con la mirada clavada en mí. Su voz era firme, precisa, cada palabra pesaba como una sentencia. —No los habrá —mentí. Él arqueó una ceja, y en ese simple gesto entendí que no se lo creía. Era una mirada que atravesaba cualquier fachada, que leía la verdad que intentaba ocultar. Sentí un escalofrío. No por miedo a él, sino porque sabía que alguien así podía destruirte sin esfuerzo. —Si alguien cree que no puede con eso, la puerta está abierta. Todos permanecimos quietos. Yo también, aunque mis manos temblaban apenas imperceptiblemente bajo la mesa. Observé las sillas de los demás candidatos, la manera en que se sentaban, cómo movían los pies nerviosamente, cómo bajaban la mirada. Cada gesto me recordaba que todos estábamos a merced de alguien que no mostraba piedad. —Bien. Empecemos —dijo, pasando a la entrevista. Cada pregunta era un golpe. Cada logro que mencionaba parecía insuficiente. Cada experiencia, cuestionable. Todo lo que decía él era una prueba de que no estaba a la altura, aunque no era cierto. Intenté mantener la calma, responder con precisión, no dar ni un paso en falso. Cada palabra estaba medida, cada movimiento controlado, porque sabía que Adrián Montenegro no dejaba espacio a errores. —¿Por qué quiere trabajar aquí? —preguntó al final, mirándome directamente. Podría haber dicho la verdad. Podría haberle gritado lo que sentía. Pero no podía. No aún. Cada sílaba que saliera de mi boca podía ser usada en mi contra. No podía arriesgarme a mostrar mi odio real, ni a dejar que descubriera mi conexión con lo que él había destruido. —Porque quiero aprender —respondí—. Y porque esta empresa ofrece oportunidades reales de crecimiento. Sus ojos no parpadeaban. Me estudió durante lo que parecieron siglos. Podía sentir cómo cada segundo se alargaba, cómo la tensión crecía en la sala. Cada respiración, cada movimiento de los demás, parecía estar sincronizado con el suyo. Era imposible ignorar su presencia. —Está bien —dijo finalmente, casi con un dejo de interés que no supe descifrar—. Empieza mañana a las ocho. No llegues tarde. Me levanté sin decir nada más. Afuera, en el pasillo, respiré profundo. Cada paso hacia la puerta parecía pesado, como si arrastrara no solo mis pies sino todo el pasado que él había arruinado. Había conseguido el trabajo. Había entrado en la boca del lobo. Y algo me decía que esta vez, el lobo no solo me observaría. Me esperaba para devorarme. Cada sombra del pasillo parecía alargarse hacia mí, cada reflejo en el cristal del ascensor me recordaba que ahora estaba atrapada en su mundo, un mundo donde cada error podía ser fatal y cada mirada podía herir más que un puñal.Adrián no durmió nada esa noche. Cada minuto que pasaba era un recordatorio de su silencio, de su torpeza, de la grieta que había abierto con su indecisión. Se levantó antes del amanecer, recorrió el salón en círculos, con las manos sobre la cabeza, respirando hondo, intentando ordenar sus pensamientos. Frente a la puerta cerrada de ella, todavía podía sentir la intensidad de su mirada, la manera firme en que había dicho “No éramos nada”. Esa frase se le había quedado grabada en la piel. No era mentira, era la verdad de los tiempos que había jugado mal.Se sentó en el sofá y apoyó los codos en las rodillas, enterrando la cabeza entre las manos. “Esto no puede volver a pasar”, se dijo a sí mismo. “No puedo permitir que se sienta así. No otra vez. No con ella. No con nuestra hija”. La culpa lo apretaba como un puño invisible, un nudo que no aflojaba. Sabía que cualquier palabra de consuelo ahora era insuficiente. Debía actuar. Debía moverse, y debía hacerlo bien.Primero, necesitaba cer
No sabía que seis meses y dos semanas podían pesar tanto.Siempre había contado el embarazo como quien cuenta una meta. Cinco meses. Seis. “Ya casi”. Pero ahora el tiempo no era ilusión, era responsabilidad. Cada semana era un latido más fuerte. Un movimiento más claro. Una vida que no entendía nada del caos de los adultos.Me senté en la cama y apoyé las manos sobre la barriga. Estaba dura. Tensa. No sé si por mí o por él.Seis meses y dos semanas.Mi hija ya escuchaba sonidos. Ya distinguía mi voz. Ya tenía horarios de sueño. Ya reaccionaba cuando algo me alteraba. Y yo acababa de llenarla de adrenalina, miedo y rabia.Cerré los ojos.No me dolía ella.Me dolía la versión de mí que estaba construyendo algo mientras él aún decidía.Intenté ser objetiva. Fría. Técnica.Antes de pedirme salir.Antes de formalizar.Antes de ponerle nombre.No éramos nada.Pero yo sí lo era.Yo ya estaba ilusionándome.Yo ya estaba apostando.Yo ya estaba dejando de mirar a otros.Y ahora estaba aquí. Co
La puerta terminó de cerrarse con un clic seco que resonó más de lo normal.Nadie habló.El aire se volvió espeso. El cachorro dejó de ladrar y se quedó quieto, pegado a su pierna. Ella seguía mirando la puerta como si esperara que volviera a abrirse y alguien dijera que todo era una broma de mal gusto.No ocurrió.—¿Alguien va a explicar qué demonios acaba de pasar? —dijo el hermano, rompiendo el silencio.Adrián se pasó una mano por la cara. No miraba a nadie. Tampoco a ella.—Es mentira —repitió, pero ya no sonaba firme. Sonaba agotado.Ella lo miró. No buscaba que negara lo del bebé. Buscaba algo más básico. Buscaba que la mirara y dijera “estoy contigo”. Pero él seguía atrapado en su propia defensa.El padre carraspeó.—¿La conocías?La pregunta quedó suspendida.Adrián tardó demasiado en responder.—Sí.Una palabra. Y fue peor que cualquier discurso.El estómago de ella se contrajo. Se apoyó con más peso en la mesa.—¿Cuándo? —preguntó la hermana, con cautela.Adrián apretó la m
El martes por la tarde había comenzado como cualquier otro. Ella estaba de seis meses y había pasado la mañana preparando un par de cosas para la casa, con el cachorro correteando a su alrededor y Adrián ocupado en sus llamadas. El sol caía suave por la ventana del salón, y por un momento todo parecía normal. Pero entonces sonó el timbre.Ella frunció el ceño, sorprendiéndose. Nadie más debería estar entrando, y no esperaba visitas. Se acercó a la puerta y abrió. Ahí estaba.Una mujer que conocía solo de historias, de ecos del pasado de Adrián, estaba parada en el umbral. Su barriga era evidente, casi al mismo punto que la de ella, y sus ojos brillaban con determinación. No sonrió, solo la miró con una mezcla de desafío y urgencia.—Hola, Adrián —dijo, con la voz firme—. Necesitamos hablar.El corazón de ella dio un vuelco. Supo al instante de quién hablaba. Se quedó inmóvil, sintiendo la barriga tensarse, el cachorro detrás suyo ladrando nervioso
Último capítulo