El martes por la mañana, la oficina ya no se sentía igual. La semana pasada habíamos dejado los primeros gestos sutiles, pero hoy algo había cambiado: él y yo estábamos más relajados, más seguros, y eso se reflejaba en cada movimiento, en cada mirada. Los compañeros empezaban a notar algo, aunque aún no podían ponerle nombre, y nosotros jugábamos con esa línea entre lo natural y lo evidente.
Mientras caminaba hacia mi escritorio, él me tomó suavemente del brazo, no como antes, de manera sutil,