Mundo ficciónIniciar sesiónEl martes por la mañana, la oficina ya no se sentía igual. La semana pasada habíamos dejado los primeros gestos sutiles, pero hoy algo había cambiado: él y yo estábamos más relajados, más seguros, y eso se reflejaba en cada movimiento, en cada mirada. Los compañeros empezaban a notar algo, aunque aún no podían ponerle nombre, y nosotros jugábamos con esa línea entre lo natural y lo evidente.
Mientras caminaba hacia mi escritorio, él me tomó suavemente del brazo, no como antes, de manera sutil, sino con un toque que ya no podía parecer casual. Mi corazón se aceleró, pero también hubo una sensación cálida: estábamos juntos, y no necesitábamos ocultarlo tanto como antes. —Buenos días —dijo en voz baja, apoyando su mano sobre la mía antes de soltarme—. Preparada para otra jornada juntos. Asentí, sonriendo mientras nuestros dedos se rozaban un instante más de lo habitual. Era un gesto simple, pero suficiente para que nuestros compañeros notaran la cercanía: ya no había dudas sobre nuestra relación. Durante la primera reunión, nos sentamos uno al lado del otro, y mientras él explicaba un punto a los demás, se inclinó para mostrarme algo en la pantalla. La cercanía era evidente, y yo sentí cómo mi barriga se movía ligeramente bajo la presión de sus manos, lo que él percibió sin decir nada, pero con una sonrisa cálida que solo yo entendía. Entre correos y llamadas, no podíamos evitar los gestos: un toque en la espalda al guiarme por el pasillo, un susurro al oído mientras revisábamos un informe, una risa compartida por un comentario privado que nadie más escuchó. Todo se sentía natural, pero ya no necesitábamos escondernos: nuestra relación se estaba mostrando claramente, aunque sin exageración. Los mensajes de nuestras familias siguieron apareciendo: su hermana preguntando cómo estaba el cachorro y enviando fotos de él jugando, mi hermano recordándome que quería cenar juntos el jueves y enviando un gif gracioso de un bebé con un biberón. Todo eso nos hacía sonreír, nos conectaba con la vida fuera de la oficina y nos recordaba que no estábamos solos en esta nueva etapa. Durante la pausa del café, caminamos juntos hacia la cocina. Él puso su brazo alrededor de mi cintura mientras yo apoyaba mi mano en su pecho, como si nada extraordinario estuviera pasando, pero la verdad era que todo nuestro mundo había cambiado. Los compañeros que nos vieron sonreían, notando la complicidad, pero no podían decir nada; la naturalidad con la que nos comportábamos hacía que nadie sospechara de nuestra estrategia: mostrar que estábamos juntos antes de que el embarazo fuera evidente. —Todo va bien —susurró mientras me pasaba el café—. Ya nadie puede negar lo que hay entre nosotros. Sonreí, sintiendo cómo su seguridad se convertía en mi seguridad también. Cada gesto suyo me hacía sentir protegida y cuidada, y me daba fuerzas para afrontar la semana. Durante la tarde, la cercanía siguió creciendo. Él se inclinó para mostrarme un informe y nuestras cabezas estuvieron tan cerca que pude sentir su aliento en mi cabello. Fue un momento breve, pero cargado de intimidad. Nadie más notó nada, pero yo sabía que estábamos marcando nuestra presencia como pareja sin necesidad de palabras. Antes de salir, mientras recogíamos nuestros papeles, él puso su brazo sobre mis hombros y me atrajo ligeramente hacia él, como un abrazo ligero pero significativo. Los compañeros que pasaban por el pasillo nos miraron, y susurraron entre ellos, pero no dijeron nada más. Era evidente: estábamos juntos. Mientras caminábamos hacia el coche, tomados de la mano, recibimos un mensaje de su hermano proponiendo que pasáramos por su casa el fin de semana para jugar con el cachorro, y otro de mi hermano recordándonos la cena del jueves. Sonreímos, conscientes de que nuestras familias cada vez estaban más presentes en nuestra vida cotidiana, reforzando nuestro vínculo y dándonos apoyo en esta etapa tan importante. En el coche, él me miró mientras conducía y me pasó la mano por la barriga con suavidad. —Lo haremos bien —dijo, sonriendo—. Juntos. Nadie ni nada podrá cambiar esto. Asentí, apoyando mi cabeza levemente en su hombro. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que el mundo exterior podía esperar. Estábamos juntos, claros, visibles y protegidos. Y mientras el sol empezaba a ponerse, iluminando nuestras siluetas, supe que ya nada podía romper lo que habíamos construido: nuestra relación, nuestra familia, nuestro futuro.






