Familia

El sábado llegó con una mezcla de emoción y nervios que no había sentido en semanas. Hoy no había oficina, no había correos, no había teléfonos sonando de manera constante; solo había la casa de él, la nuestra por unas horas, y nuestras familias reunidas para escuchar algo que llevaba tiempo en nuestras mentes pero que hasta ahora no habíamos compartido: el embarazo.

Yo me desperté temprano, con el corazón latiendo fuerte, pensando en cómo iba a contarlo. La barriga ya se notaba más, aunque todavía era pequeña, y me obligaba a ajustar la forma en que me sentaba y caminaba. Él estaba a mi lado mientras desayunábamos, tranquilo y sereno, y su sola presencia me daba fuerzas.

—Hoy será perfecto —dijo, acariciando mi mano—. Todo saldrá bien.

Asentí, tratando de convencerme a mí misma tanto como a él. Mientras nos preparábamos, recibimos mensajes de sus padres preguntando si necesitábamos ayuda con algo y de mi madre recordándome que trajera la receta del bizcocho que quería hacer. Sonreí, sintiendo cómo nuestras familias, aunque nerviosas por la reunión, también formaban parte de este momento, apoyándonos sin saber todos los detalles.

Cuando llegaron, el ambiente era ligero pero cargado de expectativa. Sus padres y su hermana, mi madre y mi hermano, todos sentados alrededor de la mesa, charlaban sobre temas cotidianos, pero yo podía notar que sus miradas se cruzaban con cierta curiosidad, como si ya intuyeran que algo especial estaba por decirse.

—Bueno… —empezó él, mientras yo me acercaba a su lado—. Hay algo que queremos contarles.

El silencio se hizo de inmediato. Todos nos miraban, expectantes. Mi estómago se llenó de mariposas, y él me tomó la mano bajo la mesa, un gesto sutil pero lleno de seguridad.

—Estamos… —empezó él de nuevo, y yo respiré hondo—. Vamos a ser padres.

Hubo un instante de incredulidad, seguido de sonrisas y exclamaciones de sorpresa. Mi madre se cubrió la boca con las manos, mientras mi hermano soltó un “¡¿qué?!”, incrédulo y emocionado a la vez. La hermana de él saltó del asiento para abrazarnos, y sus padres se miraron entre sí antes de sonreír ampliamente.

—¡Esto es increíble! —exclamó su madre, abrazando a su hija—. Felicidades a los dos.

Yo no podía dejar de sonreír, mientras él me abrazaba con fuerza, como si quisiera transmitirme toda su felicidad y calma al mismo tiempo. La barriga, pequeña pero presente, nos recordaba que todo era real.

—Vamos a necesitar ayuda, ¿eh? —dije, intentando relajar la tensión—. Pero sobre todo amor y paciencia.

—Eso ya lo tienen —respondió su padre, sonriendo—. Solo disfruten de este momento.

Durante la comida, entre risas, anécdotas y mensajes sobre nombres, alimentación y futuros cuidados, la conversación fluyó de manera natural. Mi hermano no paraba de hacer preguntas curiosas, mientras la hermana de él insistía en darme consejos de embarazo con una mezcla de humor y ternura. Los padres de ambos se mostraban atentos, complacidos de vernos felices y unidos.

En un momento, mientras todos comentaban sobre la preparación de la casa para la llegada del bebé, él me tomó la mano debajo de la mesa y la apretó suavemente, recordándome que estábamos juntos en esto. Sentí una calidez recorrerme, y la barriga se movió ligeramente, recordándome que pronto habría otra vida dependiente de nosotros.

—Será un bebé con suerte —dijo él, en voz baja para mí—. Tendrá a toda esta familia increíble apoyándole.

Asentí, emocionada y aliviada al mismo tiempo. Todo estaba saliendo incluso mejor de lo que había imaginado: nuestras familias reaccionaban con cariño, con humor, con interés genuino, y nosotros podíamos sentirnos más unidos que nunca.

Al final de la tarde, mientras los adultos se acomodaban con café y dulces, mi madre me abrazó y susurró:

—Estoy tan feliz por vosotros… y por este bebé.

—Gracias, mamá —dije, con una sonrisa que no podía ocultar—. Todavía nos queda mucho por aprender, pero juntos lo haremos bien.

Y mientras miraba a él, viendo cómo sus padres y su hermana nos miraban con orgullo, supe que este era solo el principio de una nueva etapa. Una etapa llena de complicidad, apoyo familiar y, sobre todo, de amor.

El cachorro dormía plácidamente cerca, ajeno a la emoción que nos rodeaba, y de alguna manera su tranquilidad me hizo sonreír más. Todo estaba encajando: nuestra relación, nuestras familias, el bebé que estaba por llegar, y la certeza de que, pase lo que pase, lo enfrentaríamos juntos.

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