Mundo ficciónIniciar sesiónEl día empezó antes de que el sol siquiera tocara las calles de Málaga. Llegué a la oficina con el corazón latiendo rápido, sabiendo que hoy no sería un día cualquiera. Tenía que preparar un informe que él revisaría primero, y cualquier error podía costarme caro. Aún no entendía cómo alguien podía ser tan frío y exacto al mismo tiempo, pero lo intuía: Adrián Montenegro no toleraba imperfecciones, ni en el trabajo ni en las personas.
Mi escritorio estaba impecable, como siempre. Las diapositivas listas, los documentos organizados, cada cifra verificada tres veces. Pensé que estaba lista, que nada podía salir mal. Pero en cuanto abrí la puerta de la oficina, su presencia me lo recordó: él estaba allí, cruzado de brazos, como si el edificio entero girara a su alrededor. No había saludo, ni cortesía; solo esa mirada que te perfora y te obliga a estar alerta. —Señorita Ruiz —dijo, con voz firme—. ¿Por qué el gráfico de ventas está desplazado hacia la derecha? Parece que no tiene proporción. Tragué saliva. Había revisado todo con detalle, y aún así, un detalle mínimo estaba mal a sus ojos. —Lo ajusto inmediatamente —respondí, controlando la tensión que subía por mis hombros—. Debió ser un error de formato. Se inclinó hacia el escritorio, señalando la sección con un gesto preciso, y por un segundo sentí que podía leer cada pensamiento que tenía. Su proximidad era sofocante, intimidante, y aun así había algo en esa mirada que me hacía sentir viva, alerta. Detestaba admitirlo. —No está mal —dijo finalmente—, pero podría ser mejor. Siempre debe ser mejor. —Se enderezó y dio un paso atrás, mirándome con esa mezcla de rigor y expectativa que me volvía loca. Asentí sin decir nada. Cada interacción con él era un recordatorio de que no había margen de error. Y, sin embargo, un pequeño sentimiento de desafío comenzó a crecer dentro de mí. No iba a dejar que me intimidara. No iba a mostrar debilidad, aunque parte de mí temía lo que él podía hacer si percibía algún descuido. El resto de la mañana pasó entre gráficos, correcciones y revisiones constantes. Él aparecía de repente, observando desde la puerta o detrás de mi escritorio, y cada vez que lo hacía, sentía una mezcla de irritación y fascinación que no podía explicar. No era atracción —no todavía—, solo reconocimiento de la tensión que nos unía en un juego peligroso de poder. Hacia media mañana, se convocó una reunión improvisada con todo el equipo. Caminé con cuidado hacia la sala de juntas, intentando mantener la compostura, mientras escuchaba los murmullos de mis compañeros. Todos estaban tensos, conscientes de que Adrián Montenegro no perdonaba errores ni actitudes flojas. Yo no quería ser la primera víctima. —Señorita Ruiz, adelante —dijo, señalando la silla frente a él—. Presenta tu informe. Sentí cómo todas las miradas se clavaban en mí, pero mantuve la espalda recta y la voz firme. Comencé a explicar las cifras, señalando gráficos y comparaciones, controlando cada palabra para que nada sonara débil o inseguro. Sin embargo, no pasó mucho antes de que Adrián interrumpiera. —Este gráfico no refleja la realidad de los últimos tres meses —dijo, con voz grave, mirando a todos—. Señorita Ruiz, ¿puede explicarlo? Tragué saliva. Sabía que estaba correcta, que la fuente era fiable, pero la forma en que lo dijo hacía que sonara como una acusación. —Los datos provienen del departamento de ventas y han sido verificados —respondí, intentando mantener la calma—. Puede que el gráfico necesite ajustarse para mayor claridad, pero los números son exactos. Lo miró fijamente, y por un instante sentí que estaba juzgando no solo mi trabajo, sino mi competencia como persona. —Está bien —dijo finalmente—. Pero asegúrese de que la próxima presentación no dé lugar a dudas. Entendido. Asentí, conteniendo un suspiro. Mis compañeros guardaban silencio, pero podía sentir sus miradas evaluándome, preguntándose si sobreviviría a su temperamento. Yo me obligué a no demostrar la tensión que sentía; debía mantenerme firme. Cuando la reunión terminó, regresamos a nuestros escritorios. Yo estaba exhausta, pero Adrián no había terminado. Apareció detrás de mí antes de que pudiera abrir mi carpeta de trabajo. —Señorita Ruiz, un momento —dijo, su voz baja y firme—. Necesito hablar de su estrategia para la próxima campaña. Me giré lentamente, y por un segundo la cercanía de su cuerpo me hizo dudar. No era miedo, ni atracción; era tensión pura, adrenalina mezclada con desafío. Cada palabra suya estaba medida, cada gesto calculado, y yo debía responder con igual precisión. —Claro —dije, intentando sonar segura. —Quiero que reordene los objetivos y los priorice de manera más agresiva —continuó—. El equipo debe percibir que esto no es opcional. Esto no es un juego. Asentí, tomando notas mentalmente, y sentí que cada instrucción suya era una prueba. No solo de mi competencia, sino de mi capacidad para resistir su autoridad sin quebrarme. Durante la tarde, me enfrenté a cada revisión con cuidado extremo, mientras sentía que su mirada me seguía de cerca, evaluando cada movimiento. No era una presencia física, pero su control lo hacía sentir como un peso constante sobre mis hombros. Al final del día, cuando creí que podía respirar, escuché el clic de la puerta. Él estaba ahí, cruzado de brazos, con la mirada intensa que parecía traspasarme. —Buen trabajo hoy —dijo, con una voz que no era elogio ni crítica, solo reconocimiento. Mi pecho se tensó. No era suficiente para relajarme, pero era algo. Una señal de que podía sobrevivir a su juicio, aunque apenas empezábamos. Salí de la oficina, sintiendo que cada paso era un logro y un desafío a la vez. Sabía que mañana todo volvería a empezar, con nuevas pruebas y nuevas tensiones. Y aunque lo odiaba con todo mi ser, no podía negar que su presencia había cambiado algo dentro de mí: cada choque, cada palabra, cada mirada, me mantenía viva y alerta, lista para enfrentar lo que viniera. Sabía, sin lugar a dudas, que este no era un trabajo cualquiera. Era una guerra silenciosa, un juego de poder y emociones que apenas comenzaba. Y yo estaba atrapada en el epicentro, sin posibilidad de huir. El clic de la puerta cerrándose detrás de él fue el último sonido del día, y mientras me apoyaba en mi escritorio, respirando lentamente, entendí que había entrado en un territorio peligroso. Uno donde cada error podía costarme caro, y cada acercamiento podía confundirme más de lo que estaba dispuesta a admitir. Mañana sería otro día. Y yo ya sabía que no habría vuelta atrás.






