Mundo ficciónIniciar sesiónEl día comenzó con un frío húmedo que parecía calar hasta los huesos. Llegué a la oficina con el corazón latiendo un poco más rápido de lo habitual. Sabía que hoy no sería un día fácil; Adrián Montenegro tenía esa habilidad de aparecer justo en el momento en que menos te lo esperas, y cada interacción con él era un campo minado de tensión y reglas no escritas.
Me senté en mi escritorio y abrí los correos pendientes, intentando concentrarme en la rutina. Pero no pasó ni cinco minutos cuando escuché pasos que se acercaban, firmes y precisos, y supe de inmediato quién era. No miré; simplemente sentí cómo el aire se cargaba a su alrededor. —Señorita Ruiz —dijo, justo detrás de mí—. Necesito que me acompañe a la sala de reuniones. Giré la cabeza y lo vi, alto, imponente, impecable como siempre. Su proximidad era abrumadora, y por un instante me sentí atrapada entre la necesidad de obedecer y la tentación de provocarlo, de desafiarlo como siempre hacía. —Claro —dije, intentando sonar neutral. Caminamos juntos por el pasillo, y noté algo que antes no había percibido: su perfume, amaderado y frío, mezclado con la seguridad que irradiaba, me provocaba una sensación extraña. Mi cuerpo estaba alerta, pero no era miedo; era algo diferente, algo que me hizo morderme el labio sin darme cuenta. Al entrar en la sala, me pidió que colocara unos documentos sobre la mesa. Mientras me inclinaba para ordenarlos, sentí su mano rozando la mía. Fue un toque accidental, breve, pero suficiente para que un escalofrío recorriera mi brazo. Mi corazón dio un salto, y tuve que concentrarme para no reaccionar de manera evidente. —Perfecto —dijo, sin mirarme directamente—. Asegúrese de que todo esté listo para la presentación del cliente. Asentí, tratando de ignorar el calor que todavía sentía en la piel por el roce accidental. Cada palabra suya era medida, fría, profesional, pero el contacto, por mínimo que fuera, había dejado una marca que no podía borrar. Durante la mañana, él apareció varias veces, siempre con excusas laborales, siempre para supervisar, pero cada vez que nos cruzábamos, el aire parecía cambiar. Pequeños roces al pasar por la puerta, miradas que se encontraban por un instante demasiado largo, gestos que no tenían intención romántica, pero que despertaban algo inesperado dentro de mí. Mi concentración empezó a tambalearse. Cada presentación, cada gráfico, cada palabra se mezclaba con la sensación de que su presencia me afectaba de manera que no podía controlar. Intentaba recordarme que lo odiaba, que era peligroso, que no podía permitir que su influencia me confundiera, pero era inútil. Al mediodía, tuvo lugar una reunión con algunos clientes importantes. Caminamos hacia la sala juntos, y esta vez, el contacto fue más evidente: él me pasó los documentos justo cuando yo extendía la mano, y nuestros dedos se tocaron con fuerza accidental, dejándonos ambos tensos. Noté que su mirada se fijó en mí por un instante más largo de lo normal, y algo en la forma en que frunció el ceño me hizo pensar que él también había sentido lo mismo. —Señorita Ruiz, presente la propuesta —dijo, con voz firme pero suave, algo que nunca antes había escuchado en él. Respiré profundo y comencé a hablar, señalando cada punto del informe. Cada vez que él asentía ligeramente o me corregía, sentía cómo mi cuerpo respondía sin permiso. Era irritante, confuso, y a la vez extraño y peligroso. No podía permitir que esa sensación creciera, pero tampoco podía ignorarla. La reunión terminó sin incidentes graves, pero al salir, me sentí diferente. Él me acompañó hasta la puerta, y por un momento, pareció que ambos éramos conscientes de algo que ninguno estaba dispuesto a nombrar. —Buen trabajo hoy —dijo, sin mirarme—. Mañana quiero que perfeccione los detalles de la presentación. Asentí, pero no pude evitar mirarlo mientras se alejaba. Cada paso suyo dejaba una estela de tensión, una mezcla de autoridad y presencia que me mantenía en vilo. Me di cuenta de algo que me aterraba: no era solo odio lo que sentía por él. Al volver a mi escritorio, intenté concentrarme, pero la sensación del roce de sus dedos, la forma en que su perfume aún parecía estar en el aire, me perseguía. Era irritante, confuso, y completamente inesperado. Cada vez que pensaba en él, mi mente quería rebobinar ese contacto mínimo, analizarlo, entenderlo. Pero no había nada que entender: solo la atracción que no debía existir. El resto de la tarde pasó en un silencio tenso. Nos cruzábamos de vez en cuando, y cada mirada era un recordatorio de que estábamos en un juego mucho más peligroso de lo que había imaginado. Sabía que si dejaba que esto creciera, podía complicar no solo mi trabajo, sino mi vida entera. Cuando sonó el final de la jornada, guardé mis cosas lentamente, consciente de que él aún estaba observando. Su figura apareció en la puerta por un instante, y en su mirada había algo que me hizo dudar: respeto, interés, tensión… no lo sabía. Salí del edificio, respirando profundamente, intentando dejar atrás la sensación de su cercanía. Pero no podía. Cada paso en la calle me recordaba el roce accidental, la tensión contenida, y la certeza de que este juego apenas comenzaba. Sabía que mañana sería otro día lleno de desafíos, de roces, de miradas que decían más que las palabras. Y aunque lo odiaba, una parte de mí empezaba a notar que odiarlo no sería suficiente para mantenerme a salvo. El peligro no estaba solo en su autoridad, sino en lo que comenzaba a sentir cada vez que él se acercaba demasiado. Y mientras caminaba hacia casa, no podía quitarme de la cabeza la certeza de que este enemigo estaba empezando a afectar algo más profundo dentro de mí: algo que ni él ni yo estábamos preparados para admitir.






