Mundo ficciónIniciar sesiónEl primer día de vuelta a la oficina después de todo lo que había pasado se sentía extraño. El aire parecía distinto, más denso y a la vez más ligero, como si mi mente estuviera dividida entre concentrarme en el trabajo y procesar lo que estaba cambiando en mi vida. La barriga todavía era apenas perceptible, pero yo sabía que él la había notado y que estaba consciente de que pronto todos empezarían a percibirla también.
Al entrar, sentí cómo su presencia se hacía notar antes de siquiera verlo. Había un peso cómodo en el aire, una certeza silenciosa de que estábamos juntos en esto, aunque nadie más lo supiera todavía. Él se acercó a mí mientras colocaba mi bolso y susurró: —Recuerda lo que hablamos. Solo naturalidad. No tenemos que exagerar nada. Asentí, ajustando mi chaqueta, intentando mantener la compostura y no dejar que los nervios me traicionaran. Caminamos hacia nuestros despachos, y ya en el trayecto, los pequeños gestos comenzaron a fluir de manera casi automática: un roce de manos al pasar, una mirada compartida que duraba un segundo más de lo habitual, una sonrisa cómplice cuando alguien más no estaba mirando. Mientras me sentaba en mi escritorio, noté que él se inclinaba hacia mí, susurrando palabras que solo yo podía escuchar, suaves y tranquilizadoras: —Está todo bien. Nadie va a sospechar. Solo nosotros sabemos la verdad. Mi corazón latía un poco más rápido, no por miedo, sino por la emoción de tener a alguien tan cerca, alguien que me sostenía en cada gesto, en cada mirada, en cada palabra. El simple hecho de estar juntos ya era un acto de complicidad. A lo largo de la mañana, fuimos dejando pequeñas señales sutiles: él se acercaba con un café y me pasaba el mío al mismo tiempo, como si fuera un gesto casual; yo me apoyaba ligeramente en su hombro al mostrarle documentos; nuestras manos se rozaban al intercambiar notas. Cada uno de estos gestos era natural, pero para nosotros cargado de significado. Era nuestro lenguaje secreto, nuestra forma de decir: estamos juntos, estamos preparados, esto es real. Durante la primera reunión del día, sentí su mirada sobre mí varias veces. No era solo una mirada profesional; había algo más, algo que me hacía sonreír por dentro y mantenerme concentrada al mismo tiempo. Intenté no sonrojarme mientras él pasaba junto a mí, apoyando la mano brevemente en mi espalda al levantar un archivo. Todo el mundo lo vio como un gesto casual, pero para nosotros tenía un significado claro: nos protegemos y nos apoyamos. En un momento, mientras revisábamos unos informes, él se inclinó para señalar algo en mi pantalla y nuestras cabezas estuvieron tan cerca que pude sentir su aliento, cálido y familiar. Un pequeño estremecimiento me recorrió, pero logré mantener la calma. Solo un instante, solo una proximidad que decía mucho sin palabras. —Todo va a estar bien —susurró apenas audible—. Nadie sospechará nada. Asentí, con la vista fija en la pantalla, mientras mi mente procesaba la mezcla de emociones: excitación, miedo, ternura y felicidad. Todo estaba cambiando, y la oficina que antes era solo trabajo se había transformado en un escenario donde nuestra relación tenía que aparecer de manera natural antes de que el embarazo se hiciera evidente. A media mañana, durante un descanso, caminamos juntos hacia la máquina de café. Él me rodeó el brazo suavemente, y yo apoyé mi mano sobre la suya, algo que podría parecer casual para cualquier otra persona, pero para nosotros era un recordatorio constante de que estábamos unidos, sincronizados, listos para enfrentar todo lo que viniera. —Vamos a sentarnos juntos durante la reunión de la tarde —susurró mientras me guiaba—. Será natural, pero suficiente para que la gente empiece a percibirlo. Sonreí por dentro, admirando cómo podía manejarlo todo con tanta calma y sentido práctico. Cada gesto suyo me daba seguridad y confianza. Sentí cómo mi barriga se movía ligeramente, recordándome la vida que crecía dentro de mí, y él notó el movimiento, depositando un beso ligero sobre mi hombro mientras pasábamos por el pasillo. El resto del día transcurrió con la misma mezcla de tensión y complicidad: cada pequeño gesto era calculado pero natural, cada mirada sostenida decía más que cualquier palabra. Los compañeros no sospechaban nada, y para nosotros era perfecto: estábamos construyendo nuestra historia de manera gradual, sin prisa, con cuidado, protegiendo lo que venía. Al final de la jornada, mientras caminábamos hacia el coche, me tomé un momento para mirarlo y agradecerle silenciosamente por ser tan consciente, tan protector y tan nuestro en medio de todo esto. Su mano se cerró sobre la mía, y yo respondí apretando suavemente, sintiendo que cualquier miedo se disipaba por completo cuando estaba junto a él. —Mañana seguiremos igual —dijo mientras nos subíamos al coche—. Poco a poco. Sin que nadie sospeche nada antes de tiempo. Asentí, dejando que sus palabras se asentaran en mí. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podíamos con esto: el trabajo, la vida, el embarazo… todo, siempre juntos. Mientras conducíamos hacia casa, la luz del atardecer empezaba a colarse por las ventanas, y yo me apoyé contra su hombro, permitiendo que todo lo que había vivido durante la mañana se filtrara en mi mente. El miedo seguía allí, pequeño pero presente, pero el amor y la certeza de que él estaba conmigo eran mucho más fuertes. Y en ese momento supe que, pase lo que pase, enfrentaríamos juntos cada desafío, cada mirada curiosa, cada comentario inesperado… porque ahora éramos más que compañeros, éramos equipo, éramos familia, y teníamos un futuro que construir desde ese mismo instante.






