Llegué temprano a la oficina, como siempre. El café todavía humeaba en la taza mientras organizaba mis documentos para la reunión de la mañana. Pensé que hoy sería un día tranquilo, pero sabía que con Adrián Montenegro, lo “tranquilo” no existía.
—Buenos días, señorita Ruiz —su voz me cortó antes de que pudiera encender el ordenador.
—Buenos días, señor Montenegro —contesté, tratando de sonar firme y profesional, aunque mi corazón se aceleraba.
Se acercó a mi escritorio, revisando los papeles q