Miradas que hablan

Llegué temprano a la oficina, como siempre. El café todavía humeaba en la taza mientras organizaba mis documentos para la reunión de la mañana. Pensé que hoy sería un día tranquilo, pero sabía que con Adrián Montenegro, lo “tranquilo” no existía.

—Buenos días, señorita Ruiz —su voz me cortó antes de que pudiera encender el ordenador.

—Buenos días, señor Montenegro —contesté, tratando de sonar firme y profesional, aunque mi corazón se aceleraba.

Se acercó a mi escritorio, revisando los papeles que había dejado listos para él. Su mirada era intensa, como siempre, pero hoy sentí algo diferente: un fuego en sus ojos que no había visto antes. Una mezcla de autoridad, control… y algo más. Algo que me incomodaba y me intrigaba al mismo tiempo.

—¿Está lista para la reunión con el cliente? —preguntó, cruzando los brazos mientras se apoyaba contra la mesa.

—Sí —respondí, intentando no notar la forma en que me estudiaba con atención—. He revisado cada detalle. No habrá errores.

—Me alegra escucharlo —dijo, con un tono que parecía casual, pero que no lo era—. Porque necesito que todo salga perfecto.

Mientras hablaba, sentí su mirada recorrerme de manera lenta y calculadora. No era profesional, ni siquiera neutral. Era un análisis intenso, observador… y sentí cómo un calor subía por mi cuello. Intenté concentrarme en los informes, pero era imposible ignorar cómo sus ojos miraban fijamente mis movimientos…y mi escote.

—Señor Montenegro… —comencé, tratando de mantener la voz estable—. ¿Está seguro de que debemos revisar esto ahora? La reunión es en treinta minutos.

—No me diga lo que es seguro, señorita Ruiz —respondió, arqueando una ceja con esa expresión que podía ser amenaza y desafío al mismo tiempo—. Solo sígame.

Me levanté para acompañarlo hacia la sala de reuniones, y sentí su presencia a mi lado de manera casi física. Cada paso que daba a mi lado parecía calcularse para que nuestras miradas se cruzaran. Sabía que me estaba observando de arriba abajo, y no pude evitar darme cuenta de que había deseo en sus ojos. Era innegable, y eso me hizo sentir una mezcla de incomodidad y… algo más que no sabía cómo nombrar.

—Mire estos gráficos —dijo al colocar un par de documentos sobre la mesa de la sala de reuniones—. Quiero que me explique la estrategia de cada uno de ellos.

Me incliné ligeramente para señalar los detalles más pequeños, y sentí cómo su mirada seguía cada movimiento mío. No era solo profesional; sentí el peso de sus ojos recorriéndome, evaluando, midiendo, deseando… y mi corazón se aceleró de forma inesperada.

—Está todo claro —dijo, con la voz más baja de lo habitual, pero firme—. Pero quiero que me explique cómo captaremos la atención del cliente en los primeros cinco minutos.

—Podemos empezar con los resultados más impactantes —respondí, intentando que mi voz no traicionara mi nerviosismo.

Se acercó un poco más, hasta que nuestros hombros rozaron apenas. Sentí el calor de su cuerpo y, por un momento, la sala pareció encogerse a nuestro alrededor.

—Creo que eso funcionará —dijo, mirándome directamente a los ojos—. Pero necesito que usted esté completamente segura de cómo presentarlo.

—Lo estoy —contesté, mordiéndome el labio para no delatar lo que sentía.

Hubo un silencio tenso. Su mirada no se apartaba de mí, y por primera vez, sentí que no solo estaba evaluando mi trabajo. Sus ojos recorrían mi rostro, mis gestos, cada movimiento mío con algo que no podía ignorar: deseo.

—¿Está distraída? —preguntó de repente, rompiendo el silencio.

—No… no, señor —dije rápidamente, tratando de aparentar seguridad—. Solo concentrándome en los datos.

Se inclinó sobre la mesa, señalando algo en la pantalla, y su brazo rozó el mío otra vez, apenas un contacto, pero suficiente para que mi cuerpo reaccionara. No era miedo ni molestia. Era tensión, deseo contenido, algo que ambos sabíamos pero que ninguno mencionaba.

—Señorita Ruiz… —dijo, suavizando la voz un instante—. Necesito que esto quede impecable. No habrá segundas oportunidades con este cliente.

—Lo entiendo —contesté, sintiendo cómo mis mejillas ardían—. No habrá errores.

—Bien —replicó, enderezándose y mirándome por un largo instante—. Porque si no… —hizo una pausa calculada—. Bueno, usted sabe lo que puede suceder.

Sentí un escalofrío recorrerme mientras su mirada permanecía fija, intensa, y en ese momento entendí con claridad algo que me había negado antes: él me estaba mirando con deseo. No había duda. No era profesionalidad, ni curiosidad. Era atracción, control y desafío todo al mismo tiempo.

—Señor Montenegro —dije, tratando de sonar firme—. No necesitamos palabras ambiguas para trabajar.

Él sonrió apenas, un gesto que me desarmó a pesar de mi intento de mantenerme fuerte.

—Tienes razón —murmuró—. Pero admito que me distraigo fácilmente cuando trabaja tan cerca de mí.

—¿Distraído? —pregunté, levantando una ceja y cruzando los brazos—. No esperaba que un jefe fuera tan… honesto.

—Honesto o estratégico —respondió, sin apartar la mirada—. Depende de cómo lo vea.

La reunión terminó y mientras recogíamos los papeles, sentí que su mirada seguía cada movimiento mío. Caminé hacia mi escritorio, tratando de ignorarlo, pero no podía. Cada vez que nuestros ojos se cruzaban, sentía la tensión crecer, una electricidad que no podía controlar.

Me senté, respirando profundo, y me di cuenta de algo que me asustaba y emocionaba al mismo tiempo: cada interacción, cada roce, cada mirada de Adrián no solo estaba ahí para supervisarme, sino que llevaba intención, deseo y provocación.

—Señorita Ruiz —dijo, deteniéndose en la puerta de la sala—. Mañana quiero que llegue preparada para algo más difícil.

—Lo estaré —contesté, tratando de sonar tranquila, aunque mis manos temblaban ligeramente.

Salí de la oficina con el corazón latiendo con fuerza, consciente de que cada día se hacía más evidente lo que sentía por mí, y lo que yo empezaba a sentir por él. La línea entre odio y atracción estaba desapareciendo, y no había forma de detenerlo.

Mientras caminaba hacia la puerta, su figura se recortó en la luz del pasillo, y por un instante, nuestros ojos se cruzaron de nuevo. Sentí que me estaba leyendo, evaluando, deseando… y supe que este juego estaba apenas comenzando.

Nada volvería a ser igual.

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