Miradas peligrosas

Llegué a la oficina con una mezcla de cansancio y nervios, pero también con la sensación de que hoy todo podía complicarse más que nunca. Adrián siempre encontraba la manera de hacer que incluso los días rutinarios parecieran un juego de riesgo, y yo estaba empezando a darme cuenta de que no podía predecir sus movimientos ni sus reacciones.

—Buenos días, señorita Ruiz —dijo su voz firme y profunda desde la puerta—. Veo que llegó temprano.

—Buenos días, señor Montenegro —respondí, intentando mantenerme calmada mientras mi corazón se aceleraba al escucharle. No era miedo, era esa tensión que él generaba con solo aparecer.

Se acercó al escritorio, revisando mis papeles con esa mirada intensa que parecía medir cada detalle de mi trabajo… y de mí.

—¿Ya revisó los informes de la última campaña? —preguntó, cruzando los brazos.

—Sí, he comprobado todos los datos —dije—. Los ajusté para que sean más claros y fáciles de presentar al cliente.

Asintió, sin dejar de observarme. Había algo en su manera de mirar que me hacía sentir… vulnerable y desafiada al mismo tiempo.

—Bien —dijo finalmente—. Pero quiero que me enseñe cómo planea presentar esto. Vamos a repasar los puntos clave.

Lo seguí a la sala de reuniones, donde desplegó el proyector y comenzó a organizar las diapositivas. Me incliné sobre la mesa para señalar un dato en la pantalla, y al mismo tiempo que me agachaba un poco para ajustar un cable, sentí su mirada sobre mí de manera inesperada. Era directa, evidente. Sentí cómo un calor subía a mis mejillas. No podía negar que me había dado cuenta de que me estaba mirando, y por un instante la tensión entre nosotros se volvió casi tangible.

—Esto debería quedar más claro —dijo, señalando un gráfico—. Muéstrame cómo planeas explicarlo al cliente.

—Claro —respondí, enderezándome lentamente, tratando de ignorar su mirada fija, aunque era imposible no sentir que estaba evaluando cada movimiento mío.

Mientras hablábamos, cada palabra se mezclaba con esa sensación extraña que me provocaba. Su cercanía y su intensidad hacían que me sintiera expuesta, pero también desafiada.

—Creo que si enfocas el inicio en los resultados positivos, luego podemos introducir los problemas como oportunidades —comenté, señalando los puntos clave en la pantalla.

—No está mal —replicó, su voz baja y medida—. Pero quiero que el cierre sea más impactante. Que el cliente recuerde nuestra presentación y no los problemas.

—Entonces… ¿prefiere que reorganice los gráficos? —pregunté, manteniendo la voz firme, aunque mi estómago daba vueltas.

—Exactamente —dijo, inclinándose hacia la mesa para mirar más de cerca, y esta vez, accidental o no, su brazo rozó el mío mientras señalaba algo en la pantalla. Sentí un escalofrío recorrerme.

—Señor Montenegro… —empecé a decir, pero él me interrumpió con un gesto de la mano.

—No me malinterprete —dijo, enderezándose y mirándome directamente a los ojos—. Solo estoy asegurándome de que comprenda lo que quiero.

—Lo entiendo —respondí, con una mezcla de irritación y curiosidad. No podía negar que sus palabras, su mirada y la forma en que se acercaba me mantenían en tensión constante.

Continuamos repasando la presentación, y en un momento tuve que inclinarme de nuevo para tomar unos documentos del suelo. La sensación de que su mirada estaba fija en mí no desapareció; de hecho, se intensificó. Sentí cómo mi corazón latía más rápido mientras él se mantenía en silencio, observándome.

—¿Todo en orden? —preguntó, con una voz tan neutra que parecía no delatar nada, aunque el brillo en sus ojos decía lo contrario.

—Sí, todo en orden —contesté, tratando de controlar mi rubor y enderezándome con cuidado.

—Bien —dijo finalmente, y por un segundo su expresión suavizó—. Me gusta que sea meticulosa.

—Gracias… supongo —murmuré, aún con la tensión de su mirada encima.

Después de unos minutos de repasar cada detalle, se acercó a mí para ajustar un gráfico en la pantalla. Nuestros hombros se rozaron, y sentí un instante eléctrico, como si cada contacto menor aumentara la tensión en la sala.

—Creo que esto funciona —dije, intentando sonar firme, pero consciente de que mi voz traicionaba un poco mi nerviosismo.

—Sí —respondió él, sin decir más, pero con un tono que dejaba entrever algo que no podía interpretar—. Muy bien.

Mientras caminábamos de regreso al escritorio, no pude evitar hablar:

—Señor Montenegro… esto de mirarme todo el tiempo… ¿siempre es así o solo conmigo?

Se detuvo en seco, arqueando una ceja, y me miró fijamente.

—¿Eso lo considera un problema? —preguntó, cruzando los brazos—. Porque yo lo considero parte de mi trabajo. Supervisión total.

—Claro, la supervisión… —dije, con un hilo de sarcasmo que no pude evitar—. Muy profesional.

Él sonrió apenas, un gesto mínimo, y luego se giró para marcharse.

—Tenga cuidado mañana —murmuró—. No quiero que tropecemos con nada.

—No lo haré —contesté, con un suspiro que mezclaba resignación y una extraña excitación por lo que acababa de pasar.

Cuando me senté en mi escritorio, me di cuenta de algo que me asustaba y emocionaba al mismo tiempo: cada roce, cada mirada, cada comentario suyo hacía que me sintiera más viva y más confusa. Era irritante, peligroso y totalmente imposible de ignorar.

El resto del día pasó en un suspiro de tensión contenida. Cada vez que cruzábamos miradas, cada vez que él aparecía detrás de mí para revisar un detalle, sentía que el aire se cargaba, que algo estaba cambiando entre nosotros.

Al salir de la oficina, me detuve un momento para mirar el cielo gris de Málaga. Sabía que mañana sería otro día lleno de retos, roces, miradas y tensiones. Y aunque lo odiaba con cada fibra de mi ser, no podía negar que algo en su presencia me estaba atrapando de una manera que nunca había experimentado.

El peligro no estaba solo en su autoridad ni en su implacabilidad; estaba en la atracción que crecía entre nosotros con cada roce, cada mirada y cada palabra no dicha.

Y mientras caminaba hacia la puerta, sentí que este juego estaba apenas comenzando, y que pronto sería imposible separarlo del todo de mi mente y mi corazón.

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