La mañana había empezado como cualquier otra, con informes, correos y esa sensación de que cada día con Adrián Montenegro sería un desafío. Caminaba hacia el ascensor después de entregar unos documentos, concentrada en no tropezar ni mostrarme nerviosa.
—Buenos días, señorita Ruiz —dijo detrás de mí.
—Buenos días, señor Montenegro —contesté, intentando sonar firme y profesional.
Él entró al ascensor justo detrás de mí, pulsando el botón del piso 12. Por un momento, todo parecía normal, hasta qu