El ascensor

La mañana había empezado como cualquier otra, con informes, correos y esa sensación de que cada día con Adrián Montenegro sería un desafío. Caminaba hacia el ascensor después de entregar unos documentos, concentrada en no tropezar ni mostrarme nerviosa.

—Buenos días, señorita Ruiz —dijo detrás de mí.

—Buenos días, señor Montenegro —contesté, intentando sonar firme y profesional.

Él entró al ascensor justo detrás de mí, pulsando el botón del piso 12. Por un momento, todo parecía normal, hasta que escuchamos un zumbido extraño, seguido de un frenazo. El ascensor se detuvo de golpe.

—¿Qué…? —empecé, mirando los paneles de luces parpadeando.

—Parece que estamos atrapados —dijo él, su voz calmada y segura, como siempre, pero con un matiz que me hizo tensarme.

—Atrapados —repité, sintiendo un escalofrío recorrerme.

El espacio era pequeño, apenas lo suficiente para que pudiéramos mantener cierta distancia, pero no había escapatoria. Nos quedamos en silencio unos segundos, cada uno evaluando la situación. Su presencia cerca de mí me hacía sentir incómoda y, al mismo tiempo, algo intrigada.

—No entre en pánico —dijo, con esa voz firme y controladora—. Estoy seguro de que se resolverá pronto.

—Tranquilo no es la palabra que usaría —respondí, cruzando los brazos, intentando ocultar que mi corazón latía rápido.

Él arqueó una ceja, sin apartar la mirada de mí:

—Confío en que puede mantener la calma incluso en circunstancias complicadas —dijo, con un tono que me hizo estremecerme sin saber por qué.

—Eso depende de qué tan “complicadas” sean las circunstancias —murmuré, y no pude evitar que mi voz sonara un poco más provocativa de lo que pretendía.

Se acercó un paso más, aunque sin invadir mi espacio de manera inapropiada. El ascensor era pequeño, y la proximidad era inevitable. Sentí cómo su brazo rozaba el mío cada vez que movíamos un paso para ajustarnos al espacio.

—Sí, estas circunstancias requieren atención completa —dijo, mirándome con intensidad—. No podemos permitir distracciones.

—Entendido —contesté, tratando de no sonrojarme—. Pero si el ascensor decide fallar, me temo que tendremos que esperar un buen rato.

—Entonces será cuestión de paciencia y estrategia —replicó, cruzando los brazos, observándome con esa mirada que era autoritaria, ruda y sorprendentemente provocativa al mismo tiempo.

Intenté centrarme en la situación, respirando hondo, pero era imposible ignorar que cada roce accidental, cada mirada fija suya, aumentaba la tensión. Era consciente de que él me provocaba sin decir una palabra de más, manteniendo todo profesional, pero con un efecto inesperado: yo no podía dejar de sentir la electricidad en el aire.

—¿Suele suceder esto con frecuencia? —pregunté, tratando de sonar casual, aunque cada fibra de mi cuerpo estaba alerta.

—No —contestó, encogiéndose de hombros ligeramente—. Pero siempre hay que estar preparados para lo inesperado.

—Entonces supongo que hoy es uno de esos días —dije, intentando mantener la compostura.

Él se apoyó contra la pared del ascensor, lo suficiente para estar cerca pero sin invadirme, y dijo con un tono casi en broma:

—Parece que sí. Pero confío en que sabe mantener el control.

—Sí, señor —dije, mordiendo mi labio, consciente de que mi corazón latía con fuerza.

Hubo un silencio tenso, solo interrumpido por el zumbido constante del ascensor atrapado. Podía sentir que su presencia me envolvía, que cada gesto suyo estaba calculado para mantenerme alerta y consciente de cada movimiento. No era solo supervisión; era provocación contenida, profesional, imposible de malinterpretar, pero totalmente efectiva en mantenerme al borde de mis emociones.

—Señor Montenegro —murmuré, con un hilo de voz—. Espero que esto se resuelva pronto. No soy fanática de los espacios cerrados.

—No se preocupe —replicó, con esa frialdad ruda que siempre me desconcertaba—. Estoy seguro de que no le molestará demasiado si se mantiene ocupada y concentrada.

—Ocúpada… claro —contesté, tratando de no mostrar que su cercanía me tenía más que ocupada—. No es fácil concentrarse con alguien tan… preciso a tu lado.

Él arqueó una ceja, sin sonreír, pero su mirada se intensificó. No dijo nada, pero la tensión que emanaba era palpable. Me obligaba a mantenerme alerta, a reaccionar con rapidez, y a la vez… me hacía consciente de mi propia atracción hacia él.

—Mantenga la calma —dijo finalmente, mirando el panel del ascensor—. Esto se resolverá pronto.

—Espero que sí —respondí, y por un momento, nuestras miradas se cruzaron, y sentí que el tiempo se detenía.

Cada segundo que pasaba, la cercanía, los roces sutiles y sus gestos provocativos, mantenían la tensión elevada. Era imposible relajarse, imposible ignorarlo, imposible no notar cómo su ruda profesionalidad servía también para mantenerme en vilo, consciente de cada fibra de mi cuerpo y de mi mente.

—Señorita Ruiz —dijo de repente, su voz grave rompiendo el silencio—. Mantenga la postura correcta mientras revisa los documentos que llevaba. No quiero que algo se caiga si logramos que el ascensor funcione de nuevo.

—Sí, señor —contesté, enderezándome y asegurando los papeles—. Siempre trato de mantener todo en orden.

—Eso me gusta —murmuró, y por un instante, sentí que su mirada no solo evaluaba mi trabajo—. Es útil ser meticulosa.

El zumbido del ascensor continuaba, y la sensación de estar atrapados, con él tan cerca, me hacía consciente de lo que estaba sucediendo entre nosotros: una tensión cargada, provocada de manera profesional, imposible de malinterpretar, pero innegablemente intensa.

—Parece que tendremos que esperar un poco más —dijo, cruzando los brazos—. Aprovechemos el tiempo para revisar cada detalle mentalmente.

—Claro —dije, tratando de concentrarme en otra cosa que no fuera la cercanía, sus miradas y su provocación sutil—. Será mejor que no me distraiga.

Mientras esperábamos, me di cuenta de que él no tenía que decir nada de sus intenciones para provocarme, y que incluso en su rudeza y frialdad, estaba jugando conmigo de manera consciente. Y yo, por primera vez, entendí que esta tensión era peligrosa, emocionante y totalmente irresistible.

El ascensor permaneció detenido, y mientras nuestros ojos se cruzaban por última vez antes de escuchar un golpe metálico que anunciaba que la cabina podría moverse de nuevo, su mirada dejó claro que aunque rudo y profesional, podía provocarme sin romper la formalidad.

—Parece que estamos a punto de movernos —dijo, sin apartar los ojos de mí.

—Eso espero —susurré, consciente de que nada volvería a ser igual después de este momento.

Y mientras la cabina empezaba a moverse lentamente, su proximidad, su control y su provocación silenciosa me dejaron con un pensamiento que no podía ignorar: cada interacción con él era un juego que no podía ganar, y yo no quería hacerlo.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP