El reloj marcaba las cinco de la mañana, y la casa todavía estaba envuelta en la quietud que precede al amanecer. Me desperté con los rayos tenues de luz entrando por la ventana, y la primera sensación que me invadió fue su calor: él estaba a mi lado, respirando suavemente, con el brazo apoyado cerca mío. La barriga, aunque todavía pequeña, se notaba ligeramente más abultada, y yo no podía evitar tocarla de vez en cuando, como si el simple contacto me recordara que aquello era real, que había u