Llegué a la oficina con el café todavía caliente en la mano, tratando de calmar el nudo que tenía en el estómago. Hoy era uno de esos días en que todo parecía más difícil: reuniones, llamadas, presentaciones… y, por supuesto, él. Adrián Montenegro.Al poner los pies en el pasillo, lo vi aparecer desde el final, caminando con la seguridad que siempre parecía aplastarme. No había saludo, ni cortesía, solo esa mirada que quemaba y evaluaba al mismo tiempo.—Buenos días, señorita Ruiz —dijo, su voz firme y grave—. Espero que hoy llegue a tiempo.—Buenos días —respondí, intentando sonar tranquila mientras mi corazón latía rápido—. Sí, llegué cinco minutos antes.Él arqueó una ceja, como si no creyera ni una palabra.—Cinco minutos, ¿eh? Veremos si es suficiente. —Se detuvo justo frente a mí, lo suficientemente cerca como para que percibiera su aroma, amaderado y frío—. Hoy tenemos mucho que hacer.—Lo sé —dije, sin apartar la mirada—. Todo estará listo como usted quiere.—Espero que sí —re
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