Primer choque

El ascensor me dejó justo frente a la puerta de la oficina, y por un instante pensé que respirar sería suficiente para calmar los nervios. Pero no lo fue. Cada paso hacia mi escritorio era un recordatorio de que él estaba allí, observando. No me había olvidado de su mirada de ayer, de la manera en que me evaluaba sin piedad, como si midiera cada latido de mi corazón.

Al llegar, me encontré con la secretaria sonriendo amablemente, aunque sus ojos parecían decir: “Buena suerte”. Gracias, pensé, sin devolver la sonrisa. No necesitaba compasión; necesitaba armas para defenderme. Mi escritorio estaba ordenado, con una computadora nueva y un pequeño bloque de notas. Todo parecía impecable, casi demasiado perfecto. Como si cada detalle estuviera pensado para intimidarme.

No pasó ni un minuto cuando Adrián apareció. Entró sin llamar, la puerta se cerró tras él con un clic firme. Su presencia llenó la habitación como una ola de hielo. Vestía el mismo traje oscuro que ayer, impecable, y caminaba como si cada paso marcara territorio. Mi corazón se aceleró, pero esta vez no era miedo: era alerta, tensión pura.

—Buenos días, señorita Ruiz —dijo, sin mirarme, colocando un portafolios sobre mi escritorio.

—Buenos días —respondí, manteniendo la calma que en realidad no sentía.

Se inclinó ligeramente sobre el escritorio y me miró directo a los ojos. No era un gesto de cercanía, sino de control. Sabía exactamente cómo provocarme sin tocarme.

—Hoy tendrás que organizar la presentación para la junta de clientes. Quiero que todo esté listo para las nueve de la mañana. —Su voz era fría, pero firme, cargada de autoridad.

Asentí, aunque por dentro mi mente gritaba. Nueve de la mañana. Apenas había llegado, y ya tenía una montaña de trabajo que él podía comprobar al instante. Si cometía un error, no habría excusa. No podía permitir que mi odio se notara, no aún.

—¿Alguna pregunta? —añadió, apoyando las manos sobre el escritorio.

Negué con la cabeza. Sabía que cualquier intento de discutir su orden sería interpretado como incompetencia o insolencia. Sin embargo, sentí un impulso de desafiarlo. Solo un instante, pero lo suficiente para recordar por qué lo odiaba.

—Bien —dijo, enderezándose—. Empecemos.

Se dio la vuelta y salió de la oficina, dejándome sola. Mi respiración se aceleró, y tuve que sentarme un momento antes de abrir la computadora. Cada pensamiento volvía a Adrián Montenegro, al hombre que había destruido la estabilidad de mi familia, al hombre que ahora era mi jefe. Mi odio no había disminuido; había evolucionado en alerta constante.

Comencé a organizar los archivos para la presentación. Cada diapositiva debía ser perfecta, cada número exacto. El riesgo de fallar era demasiado alto. Mientras trabajaba, escuché pasos en el pasillo y miré por el cristal de mi oficina. Era él, caminando con paso seguro, sin dirección aparente, pero con la intención clara de revisar lo que hacía. Mi corazón se tensó; no podía permitir que me atrapara desprevenida.

—Señorita Ruiz —dijo, apareciendo detrás de mí antes de que pudiera reaccionar—. Necesito que el primer gráfico se vea más profesional. Esta barra parece un error.

Me giré lentamente, controlando mi reacción para no mostrar irritación.

—Claro, lo ajusto de inmediato —dije, mientras mi mente buscaba cómo no dejarme intimidar.

Él se inclinó sobre el escritorio, señalando el gráfico con precisión quirúrgica. Cada palabra suya era un recordatorio de que no estaba allí para aprender, sino para cumplir. Sin embargo, había algo más en su mirada, una especie de fascinación contenida que no podía descifrar. Me observaba como si esperara que fallara, pero también como si disfrutara del desafío.

—No está mal —murmuró—. Pero puede hacerlo mejor. —Se enderezó y dio un paso atrás, dejándome temblando de tensión.

Me mordí el labio, conteniendo un suspiro de frustración. No era solo trabajo; era un juego de poder. Cada instrucción, cada mirada, cada comentario estaba diseñado para probarme, para ver cómo reaccionaba bajo presión. Y yo debía resistir.

Durante la mañana, Adrián apareció varias veces, supervisando cada detalle de la presentación. No tocaba nada, solo observaba, y cada aparición aumentaba mi ansiedad y mi determinación. Mi mente trabajaba a mil: cómo terminar todo a tiempo, cómo mantener la compostura y cómo no dejar que mi odio se notara ni un instante.

Al mediodía, tuve que entregar un borrador de la presentación. Él lo revisó rápidamente, sin comentar nada, pero su silencio pesaba más que cualquier crítica. Cada segundo que pasaba parecía un juicio, y sentí que cada fallo, por pequeño que fuera, sería observado y recordado.

Finalmente, tras horas de trabajo tenso, me permitió enviar la versión final. Apenas pude relajarme un poco cuando escuché su voz:

—Buen trabajo —dijo, sin mirarme, mientras se dirigía a la puerta—. Mañana veremos si mantienes este nivel.

No era un elogio; era una advertencia. Pero aun así, lo sentí como una victoria mínima. Un respiro en medio del campo de batalla que era esa oficina.

Al salir de la sala, mis piernas temblaban de cansancio y adrenalina. Caminé por el pasillo, intentando ordenar mis pensamientos. Cada interacción con él era un recordatorio de que estaba en territorio enemigo, que cada error podía costarme caro. Sin embargo, también había algo que me intrigaba: la manera en que parecía interesado en mis acciones, cómo no podía despegar los ojos de cada movimiento.

Esa sensación era peligrosa. Lo sabía. No podía permitirme caer en curiosidad o cualquier emoción que no fuera pura alerta. Adrián Montenegro no era un hombre para confiar; era un hombre para temer, respetar y, si acaso, desafiar con cuidado.

Cuando llegué a mi escritorio para organizar los documentos para la junta de mañana, sentí que algo había cambiado. No era simpatía, ni siquiera respeto; era un reconocimiento silencioso, una tensión nueva que se instalaba entre nosotros. Él era frío, calculador y dominante, y yo estaba empezando a notar que mi odio no era suficiente para mantenerme fuera de su influencia.

El resto de la tarde pasó entre gráficos, correcciones y miradas cruzadas por el pasillo. Cada vez que Adrián aparecía, sentía un escalofrío y una mezcla de irritación y fascinación que no podía explicar. Sabía que ese primer día no sería el último, y que cada interacción futura sería más intensa, más peligrosa, más personal.

Cuando finalmente sonó el reloj marcando el final de la jornada, me sentí agotada, pero también alerta. Sabía que mañana todo empezaría de nuevo, y que él ya había marcado territorio. Este no era un trabajo normal; era un campo de batalla emocional, y yo estaba decidida a no retroceder ni un paso.

Mientras guardaba mis cosas, escuché la puerta abrirse detrás de mí. Un leve ruido, apenas un clic, pero suficiente para que mi corazón se tensara otra vez. Adrián Montenegro estaba de vuelta, y su presencia llenaba la oficina como una sombra ineludible.

—Mañana, a primera hora —dijo, su voz baja y firme—. Quiero que todo esté perfecto. Sin errores, señorita Ruiz.

Me quedé paralizada un instante, controlando la respiración. Su mirada era intensa, y por un segundo sentí que podía leer cada pensamiento que intentaba ocultar.

—Lo estará —respondí, aunque mi mente sabía que no sería fácil.

Salió sin esperar respuesta, y el clic de la puerta cerrándose fue el único sonido que me acompañó mientras me apoyaba en mi escritorio.

Estaba exhausta. Temblando. Pero también consciente de algo que me aterraba y me intrigaba al mismo tiempo: esto apenas comenzaba.

Mañana sería otro día. Y yo sabía, con una claridad aterradora, que no habría vuelta atrás.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP