Mundo ficciónIniciar sesiónLas cuatro hermanas siempre habían sido consideradas de menos debido a sus características, siendo que eran mujeres orco de piel negra. Sus escamas eran su castigo divino de nacimiento, lo que solo había resultado en que se tuvieran la una a la otra, sin que ninguna pudiera conseguir un macho, a pesar de que las hembras escaseaban. Todo cambiaría cuando terminase la guerra, siendo el reinado de Aramet el triunfante y quien se llevaría cautivos a todos los sobrevivientes. Así, en una subasta en la ciudad principal, por vez primera, el rey haría aparición ante varios especímenes que llamaron su atención: las cuatro hermanas. ¿Sería la continuación del infierno o por fin habría una esperanza, al convertirse en las hembras del rey?
Leer másLa neblina era espesa en aquel día, donde centenares de almas parecían romperse en pedazos para tener que levantar la cabeza y seguir el camino de las penurias.
Había sido inevitable, rápido como un centello audaz y violento, el que ahora causaba que caminaran como esclavos, con las pesadas cadenas que les recordaban el fin de su libertad y el inicio de lo que sería una vida pesada. Entre los que volvían como botín de guerra se encontraban cuatro hermanas, las que eran conocidas por cuatro diminutivos despectivos: la ciega, la alta, la fea y la bella. Sus pieles estaban cubiertas de escamas negras, las que habían sido otro motivo de humillación desde su nacimiento. Nadie quería acercarse a un ser rechazado por el rey divino, quien había sido un dragón blanco como la nieve. Ser su contraparte solo significaba ser enemigo de los dioses. Todos caminaban sintiéndose rendidos, vencidos por demás, dudosos de si siquiera podrían volver a conocer la vida como la que poseían hasta el momento, siendo que el rey era conocido por su fuerza brutal, sus arranques de furia y su firmeza peliaguda. Solo era cuestión de tiempo para que ordenaran la muerte de cada uno de los esclavos de guerra. Sin embargo, aunque todos se sentían pesimistas por lo que estaba ocurriendo, no era así con las cuatro hermanas, quienes ya estaban acostumbradas al dolor constante, al tener la vida lindando entre los bordes de la existencia y el abandono. Ahora, solo era otro trago duro que pasar. Como era esperado, fueron divididos en varios grupos, donde eran repartidos en diferentes ciudades para ser vendidos. Quienes eran más preciadas eran las mujeres orco, quienes podían dar a luz hijos a los hombres bestia, preservando la especie y aumentando el poderío de la nación. Así, con cada división que se hacía, cada vez quedaban menos para dirigirse a la ciudad principal, donde vivían los hombres orco más poderosos y deseados por cualquier fémina. El ser llevados allí solo significaba la posibilidad de tener un nuevo comienzo, de renacer de alguna forma. A pesar de que muchas mujeres tendrían que romper el contrato con sus anteriores machos, solo sería un sacrificio digno de hacer si de aquella forma pudieran recomponer sus vidas. O, incluso, tener una mucho mejor de la que se hubieran podido haber imaginado. Las únicas que no tenían ninguna expectativa, que iban como seres muertos caminando hacia su segundo matadero, eran las cuatro hermanas. La vida las había destruido de distintas formas, de manera en que no tenían ninguna esperanza. Ninguna tenía un macho, siendo que habían sido criticadas y señaladas como brujas por su piel negra. Eran muy unidas, pero siempre reinaba un silencio que parecía un crimen de cortar. El tiempo solo había hecho que se erosionasen sus sentimientos al punto de que tan solo vivían por una promesa nunca dicha, por ser un sostén entre sí y no hacerse falta ni siquiera por un momento. Porque sabían que, lo único que podía mantenerlas con vida, era el contar la una con la otra. Una vez los hombres orco vieron a todas las hembras entrar a la ciudad, se comenzó a sentir el ajetreo y las miradas profundas a todas las féminas, quienes, algunas comenzaban a coquetear, saludar y hacer movimientos que resaltaran sus encantos, lo que enloquecía aún más a los hormonales machos. De inmediato, un hombre que salió de la nada se puso frente a toda la caravana, sosteniendo un largo palo que daba un porte de poderío. Y con voz fuerte, habló: —Comienza la subasta de las hembras del reino de Idonia. Empezamos con los mejores especímenes encontrados. Enseguida, unos soldados tomaron del brazo a varias del grupo, siendo algunas zorras orco, pavos reales y una pantera. El resto permaneció en su sitio, comprendiendo que eran de más baja calidad que las otras, por lo que serían compradas por mucho menos y ante un compañero orco más débil, lo que resultaba en una humillación. Las cuatro hermanas ni siquiera se inmutaron. Sabían muy bien su valor. Todos los hombres babeaban ante las bellas mujeres recién presentadas, comenzando a ofrecer cristales con tal de conseguir alguna de ellas. Aquella era la moneda de cambio para cualquier producto. Y en este caso, las mujeres no eran más que un objeto a subastar, del que esperaban poder conseguir un buen dinero. Una vez se vendieron, comenzaron a subastar a un segundo grupo, donde había hembras lobo, tigre, jaguar y demás. Todas con una figura envidiable, que hacía que todos los hombres se sintieran comenzar su época de apareo, aunque faltara para esto. Pero ya se imaginaban tomando a su hembra en esa misma noche. Todas se vendieron, por lo que llegó el turno de las del último grupo. Eran mujeres orco cerdo, simio, serpiente y araña, las que menos querían debido a sus características. Además, las que estaban allí tenían diferentes figuras, contrarias a las que cualquier hombre buscaría. Los espectadores estaban confusos sobre por qué habían permitido traer un grupo de tan baja calidad a la ciudad principal, siendo que eran los más poderosos. Lo que no sabían, era que aquello era una orden directa del rey, quien estaba visualizando la subasta con aburrimiento desde un palco a la distancia. Claro, hasta que las vio. Sus ojos se volvieron una línea de lo más delgada al reparar en aquellas cuatro mujeres serpiente, de piel y escamas negras como la más oscura y brillante de las noches, con un semblante decaído y expulsado de toda vida. Eran lo que siempre había imaginado. Y entonces, cuando comenzaron a pujar, no lo dudó ni por un instante y, por primera vez en toda su vida, levantó la mano, haciendo que todo el mundo se callase. —Doy cien mil cristales por las cuatro orcos serpiente —sentenció con una sonrisa torcida, la que, al las cuatro hermanas subir la mirada por primera vez desde que estaban allí, sintieron como la llegada de un nuevo infierno. Ser del interés del rey solo significaba problemas, y todo el mundo allí sintió algo de lástima por las cuatro hembras. Pero, por sobre todo, sintieron curiosidad. Y. Ahora no solo había pujado en una subasta donde no había competencia, sino que había ofertado por cuatro mujeres y una cantidad ridícula para todos ellos. Un gran “¿por qué?” se instauró en todos los presentes, conforme las cuatro hermanas se vieron entre sí con una promesa silenciosa. Una vez más, todo aparentaba que tendrían que saber cómo luchar para sobrevivir al ser el nuevo juguete del rey.Ninguna estaba segura de si su promesa había sido verdadera. De igual manera, debían de contentar al rey, o no sabían de lo que este sería capaz de hacer con ellas. Ya habían visto lo que sucedía con quienes lograban enfurecerlo. No querían sumarse a la lista de sus víctimas.Kia sintió cómo su gran barriga la traicionó rugiéndole en el profundo silencio, donde el monarca esperaba más respuestas de parte de las hermanas. Al verla, el color se fue de su rostro, temiendo haber sido una molestia de alguna forma.Sorprendiéndola, Orus se acercó hacia ella, zigzagueando con su larga cola haciendo resonar sus escamas contra los fríos cerámicos. Una vez estuvo frente Kia, la observó de arriba abajo reparando sobre todo en su abultado pecho, el que resaltaba por demás en su voluptuosa figura. Su rostro, pequeño y delicado, era enmarcado por rasgos finos y labios dulces, los que invitaban a besarlos como una fragante rosa en su punto más fresco en primavera.No pudo evitar desearla allí mismo,
Sus ojos dorados como el oro parecían lindar con el café, los que se hallaban completamente oscurecidos, siendo cortados por tan solo una línea negra que era su pupila, la que estaba dirigida únicamente hacia Olf. O, mejor dicho, a sus puntos vitales. No se hizo esperar. Con la rapidez que solo estaba dicha en las leyendas, lo tomó del cuello con el extremo de su cola y comenzó a estrujarlo con todas sus fuerzas hasta que se oyó el crujir de sus huesos. Entonces, dejó caer el cuerpo sin vida del lobo que había osado molestar a una de sus esposas, como si fuera un saco de patatas o un simple desperdicio del que no merece la pena ni ponerse a desechar. La impresión de las tres hermanas era tal que no podían sostenerse del miedo. ¡Habían acabado de presenciar una muerte! Era tal la sensación, que no podían dejar de temblar. Los nervios las traicionaban, a pesar de que intentaban apoyarse unas a otras. No podían creer que el hombre con el que habían compartido las noches había sido cap
Las tres hermanas lo observaron interesadas, siendo que era obviado que se trataba de un macho de lo más atractivo. Sus músculos estaban de lo más trabajados, como todos los hombres orcos, con la diferencia de que contaba con un estilo esbelto con su piel blanca de porcelana, la que no contaba ni siquiera una cicatriz en su bello cuerpo. Era una creación divina aprobada por el mismísimo dragón blanco de los cuentos.Sin embargo, esto le resulto de lo más repulsivo para Olf, el joven lobo, quien solo le interesaban las miradas cuando eran de parte de las hembras atractivas de buen semblante, no de parte de aquellas como estas de piel negra y de una especie tan baja y denigrante como la pitón negra. Por lo que, al sentirse observado, frunció el ceño al tiempo que quiso cubrirse el cuerpo de alguna forma, a pesar de que se encontraba expuesto de la cintura para arriba. —Hola —masculló para atraer su atención—. Seré su nuevo maestro de matemáticas. Me llamo Olf. —Hola, Olf —habló, denot
Al día siguiente, como había dicho el rey en la comida el día anterior, varios maestros orcos se alineaban en la sala, siendo que Orus había estipulado que tuvieran varios especialistas en las distintas materias. Sus esposas se merecían lo mejor. Pero primero, deberían de conocerlos y escogerlos por ellas mismas para saber si eran los mejores y si se sentirían cómodas con ellos. Así es que, ese día comenzarían las pruebas.El aroma a perfume recién colocado se impregnaba en el sitio, además de oler a libros viejos y a acetona. Muchos de ellos charlaban entre sí, no porque quisieran ser amables, sino para comprobar la competencia y la oportunidad que tenían de conseguir el empleo. Ya que, trabajar para el rey era algo de suma importancia. Aunque fuera para las reinas, era estar a un paso del monarca.El primero en pasar a la habitación donde esperaban las cuatro hermanas fue un maestro de cuerpo ancho de procedencia bestia oso pardo. Llevaba gafas doradas circulares y un rostro amable
Zora se atragantó con la comida, teniendo que escupir el pedazo de carne que estaba masticando, a pesar de que no era demasiado grande. Lo que el rey acababa de murmurar en su oído había sido demasiado para ella.Se inclinó hacia él, incrédula ante lo que había escuchado de su parte, pero él la observaba con una sonrisa de lado, como un niño que escapa de una travesura. Por su parte, Zora tenía una ingenuidad e inocencia en sus ojos puros que apenas si podía comprender lo que aquello implicaba.Sus hermanas, quienes permanecían distraídas con la comida, seguían en sus asuntos con la total normalidad, lo que parecía afectar aún más a la joven, quien, por un lado, necesitaba el apoyo de alguien o la confirmación de un tercero para verificar que había oído bien y que no había enloquecido. Pero sabía que sería de lo más inapropiado. Aquello era un secreto que compartiría solo con el rey y que no saldría de sus bocas.—Y bien, cuéntenme, qué fue lo que compraron hoy.Aisha, como la mayor,
Sus curvas eran deliciosas a sus ojos. Las justas. Ni muy prominentes ni muy pocas, lo que hacía que su esencia fuera una armonía clásica, rodeada de un exotismo que lograba hacerlo salivar. Era perfecta. Cada una lo era a su manera. Ella se hallaba de por más distraída con lo que estaba haciendo, ignorante de la presencia que se hallaba detrás suyo, desvistiéndola con la mirada, deseando volver a probar su negra y delicada piel. Se movía con precisión conforme cocinaba a sus anchas, como solía hacer en la casa que compartía con sus hermanas. A pesar de que las pitones suelen comer sus presas frías y crudas, habían aprendido a evolucionar con los nuevos métodos de cocción que aportaban nuevos sabores a la carne y una mejor digestión. Así es que, condimentaba, revolvía y mezclaba como los mejores chefs, teniendo a su comensal detrás.Por fin, cuando volteó, un grito salió de su garganta. Tuvo que sujetarse de sus rodillas para recuperar el aliento. —Oh, disculpa. No quise interrumpi
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