De forma tortuosa, las horas habían pasado para Zora, la última hembra que quedaba. Pero claro, ella esto no lo sabía. Nadie les había dicho el orden que iban a tomar, siendo que este solo era dispuesto por los caprichos del rey.
Aun así, ella esperaba con paciencia, observando de reojo la cama que pronto los tendría a ambos, conforme iban a consumar su unión. No sabía cómo sería y prefería no pensarlo, siendo que le aterraba el sufrir en su primera noche. Su deseo, toda su vida, había sido el