De forma tortuosa, las horas habían pasado para Zora, la última hembra que quedaba. Pero claro, ella esto no lo sabía. Nadie les había dicho el orden que iban a tomar, siendo que este solo era dispuesto por los caprichos del rey.
Aun así, ella esperaba con paciencia, observando de reojo la cama que pronto los tendría a ambos, conforme iban a consumar su unión. No sabía cómo sería y prefería no pensarlo, siendo que le aterraba el sufrir en su primera noche. Su deseo, toda su vida, había sido el conseguir un solo macho con quien compartir momentos dulces y cotidianos, que no le molestase el hecho de que no tenía voz, sino que la apreciara por como era en verdad.
Trayéndola de vuelta a ese momento tiempo—espacial, alguien llamó a la puerta. Y era obviado quién era ese alguien. No podía ser nadie más, por lo que se irguió en su sitio y espero con los brazos a cada costado, con su pecho siendo cubierto por las escamas negras brillosas que había obtenido en su última mudación de piel y cruz