Zora se atragantó con la comida, teniendo que escupir el pedazo de carne que estaba masticando, a pesar de que no era demasiado grande. Lo que el rey acababa de murmurar en su oído había sido demasiado para ella.
Se inclinó hacia él, incrédula ante lo que había escuchado de su parte, pero él la observaba con una sonrisa de lado, como un niño que escapa de una travesura. Por su parte, Zora tenía una ingenuidad e inocencia en sus ojos puros que apenas si podía comprender lo que aquello implicaba.