Capítulo 2: La escogida

Cada hembra fue llevada con su comprador, estando la mayoría contentas por el desenlace que había tenido la subasta. Muy pocas se encontraban llorando por sus antiguos compañeros, quienes ahora serían abandonados y peligraría su vida. El resto era más egoísta. A final de cuentas, siempre la valía de una hembra era mayor que la de un macho.

Mientras tanto, las cuatro hermanas fueron guiadas por el mismísimo subastador, quien se trataba de un macho simio, conocido por su gran inteligencia. Era uno de los consejeros del rey, quien siempre lo había apoyado cuando lo había necesitado, como para crear estrategias de guerra o idear cómo sobrellevar una catástrofe. Y en este caso, observaba con curiosidad a las hembras que su monarca había escogido, pensando en que quizás esto era un fetiche extraño que debía de poseer. A final de cuentas, nadie en su sano juicio se sentiría atraído por alguna de estas mujeres.

Así era el pensar del consejero. Pero era muy distinto de lo que el rey sentía en esos momentos.

El verlas caminar con tal elegancia, moviendo sus caderas de un lado al otro, hacía que el deseo se marcara en su entrepierna, conforme se le hacía agua la boca al pensar en que esa misma noche las devoraría de un bocado.

Cada una tenía algo especial que le llamaba la atención. Por eso había estado dispuesto a pagar tanto dinero, sabiendo que sabría bien cómo disfrutar de lo que había acabado de comprar. Desde la mujer alta sin demasiadas curvas, hasta la pequeña de cuerpo regordete y curvas de sobra. Las dos restantes poseían una figura envidiable, solo que una era guiada por la otra en lo que resaltaba que tenía una dificultad en la visión. Todas eran bellas y exquisitas, especialmente creadas para su gusto, por lo que, intentando sentirlas, su lengua viperina salió de su boca sintiendo el aire y los sabores.

Era tal la distancia, que obviamente no pudo sentirlas. Pero rogaba que el trecho que los separaba no los privase de sentirse. Quería que cada una recibiera, por vez primera, su marca. Y lo haría con cada una de ellas esa misma noche, hasta que el cansancio lo obligara a detenerse. Esto vaticinaba varios días intensos para las cuatro hermanas. A final de cuentas, no era el mejor guerrero de la nación por nada.

Fueron guiadas hasta el castillo, donde fueron recibidas por una hilera de sirvientes que veían hacia el suelo con expresión neutra, como si no les interesase o les diera igual los orígenes de las nuevas integrantes del castillo. Aquello logró calmarlas un poco, siendo que era la primera vez que las trataban con indiferencia, lo que era mejor que a como era antes, con un desprecio latente y palpable.

Una vez ingresaron, las puertas fueron cerradas detrás de ellas. El consejero se dio la vuelta, consciente de que el rey ya estaba esperando impaciente desde su lugar, esperando a conocer a sus nuevas esposas. Las observó detallándolas, tratando de reprimir el disgusto ante sus formas, lo que fue inevitable, y volteó para dirigirse al monarca.

—Mi rey, aquí le he traído su compra.

—Ahora vete —exigió una voz fuerte y profunda, la misma que había hablado desde el palco en la subasta, la que lograba hacer que las hermanas se sintieran cohibidas de alguna forma.

El consejero les dio un último vistazo antes de salir de allí. No entendía los gustos de su monarca. Pero daba igual. A fin de cuentas, quien tendría que dormir con ellas y ver sus horribles cuerpos todos los días no sería él. El pensar en su bella esposa, una mujer zorro de piel blanca y ojos rasgados hizo que sonriera para sus adentros, contento de su propia suerte.

El silencio era de lo más incómodo. Aún así, las cuatro hermanas se mantenían unidas, calmadas. Solo Kia se retorcía en su sitio, temerosa ante lo que fuera a suceder y a la persona que estaban a punto de enfrentar. Ya que, como todos los demás, había logrado oír que se trataba de un rey cruel y despiadado, quien no le temblaba la mano para cortarle la cabeza a cualquiera que lo hiciera enfadar.

Tratando de que se calmara, Aisha la buscó entre sus hermanas, encontrando su cuerpo suave y relleno, el que conocía bien. La acarició con gran dulzura y sonrió, esperando que así pudiese calmarse lo suficiente. Y así fue, siendo que dejó de temblar. Aunque, aún la recorría una corriente eléctrica que le prevenía de un gran peligro que estaban a punto de enfrentar.

Terminando con el misterio, Orus, el rey, salió de entre las sombras dejando a la vista su trabajado cuerpo, el que descubría la mitad de este en forma humana y la mitad inferior en forma de serpiente de escamas verdosas y negras. Su cabello le caía hasta debajo de los hombros como una cascada verde. Y sus ojos eran de un peligroso color ámbar, donde su iris era una delgada línea que se movía entre una hermana y otra, como si quisiera devorarlas de inmediato.

— ¿Qué creen que están viendo? Inclínense —ordenó tajante, a lo que fue de inmediato obedecido—. Bien, así es como debe ser.

Zigzagueando en la habitación, se acercó hasta las jóvenes, quienes permanecían inmóviles en la posición que se les había ordenado. Reparó en los detalles de cada una, lo que las hacía especiales, deleitándose en sus cuerpos y en su sumisión. Era justo lo que toda su vida había anhelado.

Su lengua viperina no dejaba de extasiarse con la esencia de estas mujeres, a pesar de que sus cuerpos necesitaban de un baño para sacarse la pestilencia de haber caminado una gran distancia desde su nación. Pero aún así era delicioso para Orus.

Luego de recorrerlas a cada una, por fin se colocó frente a Aisha, quien podía sentir por sus afinados oídos que el mismísimo rey se había detenido delante suyo.

—Tú serás la primera con la que compartiré la noche —sentenció, haciendo que a la joven le recorriera una corriente eléctrica.

No esperaba ser la escogida del rey, siendo que por su discapacidad había sido aún más relegada que sus hermanas. Era la última opción para todos. Y ahora estaba siendo la primera para alguien, lo que, de alguna forma, hizo que su opinión del monarca se elevara, pasando de ser el orco más infame conocido a uno que comenzaba a llamar su curiosidad.

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