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Capítulo 5: La tercera hembra

A pesar de que el rey estuvo un momento con Kia en la habitación, este fue menos que el que había pasado con Aisha, siendo que ambos habían tenido relaciones y la había dejado de lo más agotada. En cambio, la joven junto a él no se encontraba cansada, solo algo perturbada por la marcación que había sido realizada de forma no convencional. Podía verse en su piel dos pequeños hilos de sangre que invitaban a lamerla. O por lo menos eso era lo que Orus pensaba.

Debía salir de allí de inmediato o terminaría por querer follarla allí mismo, sin esperar a más nada ni que ella se sintiera preparada. Sus impulsos más bajos y deseos más carnales comenzaban a enloquecerlo conforme observaba sus protuberantes curvas, lo que lo estaba enloqueciendo rápidamente.

Con lo último de su fuerza de voluntad, se puso de pie y se dirigió a la puerta.

—Me llamo Kia —habló desde detrás suyo, a lo que volteó el rostro lo suficiente para observarla—. ¿Tú cómo te llamas?

—Orus —respondió, con la vista yéndosele a sus pechos llenos y deleitables, los que deseaba volver a probar, pero con mucho más tiempo y placer.

—Es un gusto.

Y ya era demasiado. Cuando cruzó ambos brazos para cubrirse la barriga, la que ella pensaba que estaba resaltando en la escena, sus pechos resurgieron aún más, provocando que el rey tragara saliva con fuerza. ¡Ya no podía soportarlo por más tiempo! Sus miembros estaban a punto de estallar, por lo que salió de allí sin mediar palabra alguna, lo que hizo que Kia se sintiera decepcionada.

A sus ojos, no parecía el cruel monarca del que todos hablaban. Podía percibir bondad en él, siendo que no la había forzado, como había esperado que sucediera. Ahora podía dormir con calma sabiendo que tenía como esposo a una persona amable que la consideraba. Aún si no hablara mucho, se notaba que la respetaba lo suficiente, lo que la hizo sonreír con dulzura conforme conciliaba el sueño, teniendo a un compasivo Orus como acompañante en sus dulces fantasías.

Mientras tanto, el rey se dirigía a la siguiente habitación, sintiéndose de por más lleno por lo que Kia había provocado en él. No solo era hermosa, sino que había logrado hablar con él con valentía, a pesar de sus miedos e inseguridades. Había logrado presentarse, cosa que su anterior esposa no había hecho, a pesar de ser la más fuerte de todas. Era, sin duda, una sorpresa en carne viva.

Cuando llegó a la habitación de su siguiente hembra, se acomodó el peinado tratando de lucir más presentable. Quería dar una buena primera impresión, aunque dudaba de si la tendría siendo que habían sido recién compradas de una sucia subasta por la persona más temida y respetada de todo el reino. Aún así, quería que al menos no lo encontraran repulsivo. No ayudaría en su relación como familia.

Abrió la puerta, encontrándose de inmediato con Neoma, quien era alta y delgada, con muy pocas curvas en su cuerpo, las que estaban tratadas de lucir en el delgado camisón que traía puesto. Sin embargo, parecía destacar aún más la falta ellas.

A los ojos del rey, era una criatura exquisita, con su piel negra que se marcaba en la clavícula, las muñecas de por más finas y las costillas que eran reveladas por la falta de grasa. No lucía enferma, para nada, solo que era demasiado delgada para lo que se estaba acostumbrado entre los hombres bestia. Aquello podía significar que el macho a su lado no era lo suficientemente fuerte como para tener a su hembra bien alimentada. Pero esto no le importaba en lo más mínimo al poderoso monarca, ya que nadie en ninguna tribu o ciudad podía afirmar que él era débil. Al contrario, su fuerza era aclamada por todos.

Neoma, al sentirse estudiada, bajó la cabeza tratando de que la tierra la tragase. Quería desaparecer de allí, despertar en su antigua casa que mantenían con penurias y ahogarse en sus tristezas diarias de no poder encajar como todas las demás.

Lo que no esperaba, era que, mientras sus pensamientos se volvían cada vez más y más negativos, el rey se acercaba peligrosamente a ella, con ambos miembros erectos esperando por llenarla. Si llegaba a negarse, de seguro caería en la locura, ya que esto lo estaba consumiendo.

— ¿Cuál es tu nombre? —inquirió con voz baja y serena, lo que la sorprendió al verlo tan de cerca, reparando en su gran atractivo físico que lo hacía lucir imponente.

Su pecho era de por más trabajado y sus brazos lucían hinchados, de por más enormes, del tamaño que eran sus dos piernas juntas. Y su abdomen, era una serie de cuadrados que llamaban a tocarlos para jugar con ellos. Aquel pensamiento hizo que la joven agitara su rostro esperando despabilarse para volver en sí, recordando la pregunta que acababa de hacerle.

—Neoma.

—Muy bien, Neoma. Ahora haz lo que te digo y seré gentil —mintió con maestría, sabiendo que no podría retenerse demasiado.

—De acuerdo.

Así, de un solo tirón, rompió a la mitad el camisón que cubría de forma parcial su cuerpo, dejando a la luz un par de pechos pequeños, diminutos, que hicieron que el rey se encendiera al pensar en lo mucho que disfrutaría pellizcándolos. Y así lo hizo.

Antes de que Neoma pudiera procesar todo lo que estaba viviendo, el monarca tomó sus pezones y comenzó a tocarlos con lo que parecía una gran experiencia, haciéndola gemir del placer de su roce, deseando que fuera más duro.

Ella sola fue la que se tumbó en la cama, dando permiso a Orus para que se deleitara en ella, besando cada parte de su cuerpo y otorgándole ola tras ola de placer. Una vez la encontró lo suficientemente dispuesta a aceptarlo, colocó ambos miembros dentro de Neoma, entrando y saliendo con brusquedad, en un ritmo que solo ambos podían entender y seguir, en un punto donde solo deseaban ser poseídos por la excitante sensación de llegar al orgasmo.

Una y otra vez. Duro. Fuerte. Salvaje. Así fue tomada Neoma aquella noche, volviéndola mujer y tomando la marca de su macho, una serpiente mostrando los colmillos justo en el medio del abdomen.

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