Las elegidas del rey serpiente
Las elegidas del rey serpiente
Por: Camila Iriart
Capítulo 1: La subasta

La neblina era espesa en aquel día, donde centenares de almas parecían romperse en pedazos para tener que levantar la cabeza y seguir el camino de las penurias.

Había sido inevitable, rápido como un centello audaz y violento, el que ahora causaba que caminaran como esclavos, con las pesadas cadenas que les recordaban el fin de su libertad y el inicio de lo que sería una vida pesada.

Entre los que volvían como botín de guerra se encontraban cuatro hermanas, las que eran conocidas por cuatro diminutivos despectivos: la ciega, la alta, la fea y la bella. Sus pieles estaban cubiertas de escamas negras, las que habían sido otro motivo de humillación desde su nacimiento. Nadie quería acercarse a un ser rechazado por el rey divino, quien había sido un dragón blanco como la nieve. Ser su contraparte solo significaba ser enemigo de los dioses.

Todos caminaban sintiéndose rendidos, vencidos por demás, dudosos de si siquiera podrían volver a conocer la vida como la que poseían hasta el momento, siendo que el rey era conocido por su fuerza brutal, sus arranques de furia y su firmeza peliaguda. Solo era cuestión de tiempo para que ordenaran la muerte de cada uno de los esclavos de guerra.

Sin embargo, aunque todos se sentían pesimistas por lo que estaba ocurriendo, no era así con las cuatro hermanas, quienes ya estaban acostumbradas al dolor constante, al tener la vida lindando entre los bordes de la existencia y el abandono. Ahora, solo era otro trago duro que pasar.

Como era esperado, fueron divididos en varios grupos, donde eran repartidos en diferentes ciudades para ser vendidos. Quienes eran más preciadas eran las mujeres orco, quienes podían dar a luz hijos a los hombres bestia, preservando la especie y aumentando el poderío de la nación.

Así, con cada división que se hacía, cada vez quedaban menos para dirigirse a la ciudad principal, donde vivían los hombres orco más poderosos y deseados por cualquier fémina. El ser llevados allí solo significaba la posibilidad de tener un nuevo comienzo, de renacer de alguna forma.

A pesar de que muchas mujeres tendrían que romper el contrato con sus anteriores machos, solo sería un sacrificio digno de hacer si de aquella forma pudieran recomponer sus vidas. O, incluso, tener una mucho mejor de la que se hubieran podido haber imaginado.

Las únicas que no tenían ninguna expectativa, que iban como seres muertos caminando hacia su segundo matadero, eran las cuatro hermanas. La vida las había destruido de distintas formas, de manera en que no tenían ninguna esperanza.

Ninguna tenía un macho, siendo que habían sido criticadas y señaladas como brujas por su piel negra. Eran muy unidas, pero siempre reinaba un silencio que parecía un crimen de cortar. El tiempo solo había hecho que se erosionasen sus sentimientos al punto de que tan solo vivían por una promesa nunca dicha, por ser un sostén entre sí y no hacerse falta ni siquiera por un momento. Porque sabían que, lo único que podía mantenerlas con vida, era el contar la una con la otra.

Una vez los hombres orco vieron a todas las hembras entrar a la ciudad, se comenzó a sentir el ajetreo y las miradas profundas a todas las féminas, quienes, algunas comenzaban a coquetear, saludar y hacer movimientos que resaltaran sus encantos, lo que enloquecía aún más a los hormonales machos.

De inmediato, un hombre que salió de la nada se puso frente a toda la caravana, sosteniendo un largo palo que daba un porte de poderío. Y con voz fuerte, habló:

—Comienza la subasta de las hembras del reino de Idonia. Empezamos con los mejores especímenes encontrados.

Enseguida, unos soldados tomaron del brazo a varias del grupo, siendo algunas zorras orco, pavos reales y una pantera. El resto permaneció en su sitio, comprendiendo que eran de más baja calidad que las otras, por lo que serían compradas por mucho menos y ante un compañero orco más débil, lo que resultaba en una humillación.

Las cuatro hermanas ni siquiera se inmutaron. Sabían muy bien su valor.

Todos los hombres babeaban ante las bellas mujeres recién presentadas, comenzando a ofrecer cristales con tal de conseguir alguna de ellas. Aquella era la moneda de cambio para cualquier producto. Y en este caso, las mujeres no eran más que un objeto a subastar, del que esperaban poder conseguir un buen dinero.

Una vez se vendieron, comenzaron a subastar a un segundo grupo, donde había hembras lobo, tigre, jaguar y demás. Todas con una figura envidiable, que hacía que todos los hombres se sintieran comenzar su época de apareo, aunque faltara para esto. Pero ya se imaginaban tomando a su hembra en esa misma noche.

Todas se vendieron, por lo que llegó el turno de las del último grupo. Eran mujeres orco cerdo, simio, serpiente y araña, las que menos querían debido a sus características. Además, las que estaban allí tenían diferentes figuras, contrarias a las que cualquier hombre buscaría. Los espectadores estaban confusos sobre por qué habían permitido traer un grupo de tan baja calidad a la ciudad principal, siendo que eran los más poderosos.

Lo que no sabían, era que aquello era una orden directa del rey, quien estaba visualizando la subasta con aburrimiento desde un palco a la distancia.

Claro, hasta que las vio.

Sus ojos se volvieron una línea de lo más delgada al reparar en aquellas cuatro mujeres serpiente, de piel y escamas negras como la más oscura y brillante de las noches, con un semblante decaído y expulsado de toda vida.

Eran lo que siempre había imaginado. Y entonces, cuando comenzaron a pujar, no lo dudó ni por un instante y, por primera vez en toda su vida, levantó la mano, haciendo que todo el mundo se callase.

—Doy cien mil cristales por las cuatro orcos serpiente —sentenció con una sonrisa torcida, la que, al las cuatro hermanas subir la mirada por primera vez desde que estaban allí, sintieron como la llegada de un nuevo infierno.

Ser del interés del rey solo significaba problemas, y todo el mundo allí sintió algo de lástima por las cuatro hembras. Pero, por sobre todo, sintieron curiosidad. Y. Ahora no solo había pujado en una subasta donde no había competencia, sino que había ofertado por cuatro mujeres y una cantidad ridícula para todos ellos.

Un gran “¿por qué?” se instauró en todos los presentes, conforme las cuatro hermanas se vieron entre sí con una promesa silenciosa. Una vez más, todo aparentaba que tendrían que saber cómo luchar para sobrevivir al ser el nuevo juguete del rey.

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