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Capítulo 3: La primera hembra

Todas fueron llevadas a una habitación distinta a tomar un baño en una refinada tina llena de pétalos de flores, lo que aportaba un leve aroma a sus cuerpos, de forma que fuera delicioso a los gustos del rey y no extravagante, siendo que sus sentidos eran de por más agudos. Lo que no sabían, era que habían sido escogido cuidadosamente por el monarca.

Aisha se estaba perfumando con pétalos de jazmín del cabo; Kia, con azucenas; Zora con fragantes lirios; y Neoma con rosas rojas. Cada una con la esencia que Orus había podido percibir de ellas, de quienes encontraba de por más cautivador sus diferencias tan exquisitas.

Una vez estuvieron listas, todas las hermanas pasaron a recibir cuidados en la piel con cremas y aceites inoloros, para tratar lo que había dejado el largo camino hacia la ciudad. Solo eran algunos raspones y cuarteaduras por la resequedad, lo que de inmediato ayudó el colocar los diferentes productos especialmente solicitados para ellas. Nada estaba fuera de control.

Cuando terminaron, los sirvientes se retiraron de la habitación de Aisha, dejándola completamente sola, como casi nunca ocurría. Estaba acostumbrada a contar con sus hermanas, al menos una de ellas cuando las demás debían de salir a hacer sus tareas. Sin embargo, ahora debería de enfrentarse a Orus, el temible rey, sola, en lo que sería su primera noche de bodas.

Los casamientos para los hombres bestia eran así, tan solo llevarse la novia a la casa y tener relaciones, de forma que se forme la marca espiritual en el cuerpo de la joven. Nadie sabía cómo sería esta o dónde se marcaría, eso dependía del afecto que se tuviesen y del poderío del macho. En este caso, Orus era nada más ni nada menos que un orco de cuatro rayas, el único en toda nación, después solo había de tres rayas para abajo.

Los latidos de Aisha se encontraban acelerados. No sabía lo que estaba a punto de suceder. O mejor dicho, sí lo sabía, solo que no se sentía del todo preparada para perder su virginidad con el rey de la nación vencedora. Era casi como una irrealidad.

Volviéndola en sí, a lo que estaba por acontecer, el sonido de la puerta la alertó haciendo que llevara sus oídos hacia delante. Enseguida, pudo escuchar una lengua sisear a la lejanía, conforme un sonido reptante la hizo denotar que el monarca se estaba acercando.

Orus, viendo que parecía un cervatillo indefenso, se acercó disfrutando del momento, tratando de grabar cada instante en su mente en lo que sería una eternidad junto a esta fémina que acababa de comprar, y que no estaría dispuesto por nada del mundo a deshacerse.

Se colocó justo delante de ella, donde su larga y fría cola llegaba hasta los pies de la joven. Ambos estaban demasiado fríos, lo que hizo que el contacto fuera casi curativo. Como si el tocarse fuera parte de un instinto.

Al ver que no había reacción de su parte, siendo que solo mantenía sus ojos blancos bien abiertos, con un temple de hielo que la hacía lucir como toda una reina nocturna, siseó de manera que su lengua chocó contra su rostro. A pesar de que había esperado que retrocediera, Aisha, en cambio, se mantuvo firme en su lugar, como si pudiera resistirlo todo. Aquello provocó que el rey sonriera en aprobación.

— ¿No tienes miedo? —inquirió con voz ronca y embriagadora, lo que, en vez de causarle temor a Aisha, hizo que su centro se humedeciera.

—No.

—Pude notarlo desde la primera vez que te vi. Eres especial —susurró en su oído, erizándole la piel y provocando que sus escamas se torcieran.

No hubo más palabras, lo que hizo que Aisha siguiera en estado de alerta conforme mil emociones la sacudían. El silencio era sepulcral. Orus la repasaba de arriba abajo con un gran deseo de poseerla, pero no sin antes disfrutar de cada mínimo detalle. Quería hacerla gemir su nombre, verla caer por él y conocer cada pequeño lugar de su hermoso cuerpo, el que estaba de lo más definido y preparado para él.

La primera caricia no se hizo esperar, tocando solo sus hombros, bajando por sus brazos hasta sus manos, las que buscaban con desesperación la guía y el apoyo que siempre había recibido por parte de sus hermanas. Así, pudo sentirse aún más confiada y extrañada al mismo tiempo al sentir las manos del rey sobre las suyas.

La tomó con fuerza, la suficiente para no lastimarla, y llevó sus brazos hacia atrás dejando su pecho al descubierto, el que solo estaba cubierto por una pieza de escamas negras, revelando un abdomen plano y firme, de un tono negro que casi se perdía en la oscuridad.

—Eres hermosa —soltó el rey, sin esperárselo.

Agradecer aquel cumplido parecía de sobra, por lo que Aisha se quedó en silencio.

—Esto puede doler. Pero sé que serás fuerte.

—Descuide. Lo soy —pronunció con orgullo latente, uno que ni siquiera su discapacidad o las burlas de los demás habían podido apagar. Y el rey se sintió extasiado por ello.

Arrancó las prendas que cubrían el bello cuerpo de la joven, dejándola con su cuerpo expuesto y listo para ser tomado. Sus pechos eran redondos y sensuales, del tamaño perfecto, a lo que el monarca llevó allí su rostro para besarlos y lamerlos, y le supieron deliciosos.

Sus miembros ya latían desesperados esperando entrar en una cavidad, impaciente por demás conforme el rey se deleitaba en besar cada parte y extremidad de la joven.

Cuando llegó a su centro, este se humedeció aún más llenando de sus jugos toda aquella parte de la cama, a lo que Orus gimió de placer al verla disfrutar el contacto. Sus gemidos eran leves, casi tímidos, lo que hacía que el monarca lo sintiera como un desafío el hacerla gemir con más fuerza.

—Más —rogó Aisha, deseando algo que no sabía bien qué era.

—Sé clara y dime qué quieres —pronunció aguantando el deseo de poseerla de inmediato, lo que ya resultaba de por más doloroso.

—Te quiero… dentro.

Y de esa forma, sin esperarlo por más tiempo, Orus introdujo sus miembros en la cavidad de la joven, haciéndola estallar de placer conforme gemía con fuerza, así como había deseado el monarca en un principio. Sus movimientos eran certeros y poderosos, haciendo mover toda la cama debido a su impulso. Y los orgasmos no se hicieron esperar, viniendo uno detrás del otro en una oleada de gozo puro y carnal, conforme estaban envueltos en el halo de la pasión.

Una vez Aisha perdió todas sus fuerzas, el rey se detuvo, acostándose junto a ella conforme detallaba su bello rostro. Era pequeño y delicado, lo que le hacía extrañarse que no hubiera podido conseguir un macho durante toda su vida, incluso pasando por la fase de celo como todos los años las hembras hacían.

Pero estaba orgulloso de que fuera para él. Su primera hembra, y para ella, su primer macho.

Fue entonces que comenzó a aparecer la marca de su alianza como pareja. Se trataba de una cabeza de serpiente enseñando dos grandes colmillos, de un color verde con negro que brillaba sobre la piel de la joven. Se encontraba en su brazo derecho cerca del hombro, lo que indicaba lo obvio: no había habido sentimientos de por medio, de ser así, la marca habría sido en el pecho.

Sin embargo, se sintió orgulloso de su hembra, quien había sido lo suficientemente fuerte como para enfrentarlo como ninguna otra había hecho antes.

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