Ana se sobó la mejilla, incrédula de lo que estaba viendo. Una serpiente negra la había golpeado, como si se creyera mejor que ella o ocupara una posición importante, cuando, en su mente, solo era la esposa de título del monarca.
Conociendo la personalidad de su rey, estaba segura de que terminaría matándolas o deshaciéndose de ellas una vez se aburriese. Pensar en esto hizo que se le marcara una sonrisa en el rostro, una que nadie de allí noto. A pesar de que solo había servido a su señora por una semana, ya estaba deseando verla muerta. A final de cuentas, era lo que alguien de su calaña merecía.
Una vez todos los sirvientes se retiraron, quedaron, por segunda vez desde que había comenzado su particular unión, reunidos los cinco, en un silencio que nadie quería romper. Solo Aisha fue lo suficientemente audaz como para cortarlo, tomando una pose digna y severa.
—Estaba hablando en serio cuando dije que todo cambiaría. A partir de ahora, quiero que podamos pasar tiempo juntas con m