Ana se sobó la mejilla, incrédula de lo que estaba viendo. Una serpiente negra la había golpeado, como si se creyera mejor que ella o ocupara una posición importante, cuando, en su mente, solo era la esposa de título del monarca.
Conociendo la personalidad de su rey, estaba segura de que terminaría matándolas o deshaciéndose de ellas una vez se aburriese. Pensar en esto hizo que se le marcara una sonrisa en el rostro, una que nadie de allí noto. A pesar de que solo había servido a su señora po